Recuerdos. Los ecos de la infancia

El libro "jardín de niños" fue un proyecto en el que rojo colaboró con José Emilio Pacheco

Recuerdos. Los ecos de la infancia
Jardín de Niños. Cortesía: El Colegio Nacional

Como en otras ocasiones, aquella mañana me di cita con mis compañeras de El Colegio Nacional; nos reunimos con Vicente Rojo en su estudio en Coyoacán para trabajar algunos proyectos y sabíamos que tendríamos como siempre un encuentro entrañable. Lo que nadie podía imaginar, ese viernes 12 de marzo, es que ésta sería la última conversación que sostendríamos, así, con el desparpajo con el que teníamos el inmerecido privilegio de platicar con él.

Algunos días antes, yo le había pedido a Vicente que me contara cómo había surgido una de las recientes publicaciones de El Colegio Nacional, Jardín de niños, proyecto en el que colaboró con otro miembro de la institución: José Emilio Pacheco.  

Publicado en 2019 para conmemorar el octogésimo aniversario del natalicio del poeta, el libro resultó una réplica maravillosa de una primera edición artesanal de 1978 a cargo de los talleres Multiarte de Imprenta Madero. 40 años después, esta nueva edición fue posible gracias al interés de la institución, casa de ambos artistas, así como a la iniciativa, talento y dedicación del director de publicaciones, Alejandro Cruz y, desde luego, gracias a la generosa intención no sólo de Vicente Rojo, sino también de Laura Emilia y Cristina Pacheco. Con esta suma de voluntades, revivió un hermoso libro objeto en el que ambos artistas evocan su niñez con imágenes poéticas y gráficas. Pero, ¿cómo surgió este proyecto?

OSWALDO RU IZ. Porta - da Jardín de niños. José Emilio Pa - checo y Vi - cente Rojo. Editado por El Colegio Nacio - nal, 2019. Cortesía: El Colegio Naciona

“En las cosas que yo he hecho con poetas, con escritores, en ediciones limitadas –comienza contando Vicente–, nunca he pensado que el poeta puede referirse a mi trabajo, ni que yo estoy ilustrando el poema. A lo largo de los años, he hecho 20 o 25 libros o carpetas. Ha dependido de que a veces un poeta me dice: 'mira, yo tengo estos poemas, me gustaría ver si podemos hacer un libro'. En otros casos, yo he dicho: 'tengo ciertos dibujos y me gustaría que me acompañes con un poema'. Así fue este caso en concreto. Estaba haciendo una serie que se llamaba Recuerdos, cosas de mi infancia de mis cuadernos escolares… Yo era zurdo y en aquel momento las plumas atómicas no existían. Tenía que escribir con tinta líquida y manchaba mis cuadernos. 

El caso es que estaba trabajando sobre ese tema de juegos y juguetes y le dije a José Emilio, al que yo conocía en ese momento hacía ya 10 o 12 años, que por qué no hacíamos un libro sobre nuestra infancia; me dijo que sí. 

Entonces yo le mandé algunos dibujos sencillos, un poco manchados, un poco sucios que es lo que yo hacía entonces, y le dije: 'Mira, esto es lo que tengo…tú haz un poema, lo que consideres'. 

Había pensado cuando le hablé que debía hacer algo con juegos, juguetes, infancia. Pero él hizo en efecto un poema hermosísimo, terrible, terrible…el poema es muy a su manera, muy duro, difícil. Entonces pensé que si esa era su infancia, la mía había sido peor. Porque, bueno, había pasado por una guerra, una posguerra terrible. Entonces, lo traté de enriquecer, si se puede decir así, acomodar un poco mis imágenes”. 

Cortesía: El Colegio Nacional.

En el interior de su pasta dura desfilan representaciones de objetos, de juegos y visiones que interactúan con los versos de José Emilio.

“Por ejemplo –sigue explicando Vicente–, aquí hay un avión que parece de juguete, pero es un avión que en realidad bombardeaba Barcelona. Hay también una serie de manchas, manchas de edificios, pues los anarquistas y los republicanos se pusieron a incendiar iglesias y conventos. Luego hay una primera foto que yo recuerdo en la prensa de Barcelona, cuando yo no sabía todavía que me iba a dedicar a reproducir imágenes toda la vida, y esa imagen que está aquí es la primera imagen de un periódico que yo recuerdo; son nueve niños muertos en uno de los bombardeos en Barcelona. Luego lo incluí también en algo que está siempre en mi pintura en Recuerdos: los niños vuelven a estar debajo de una tela, de un lienzo con el que se pinta. Y el avioncito en realidad es un avión de juguete, pero es el avión que bombardeaba, de los alemanes o de los italianos, del franquismo…”.

Cortesía: El Colegio Nacional.

Dejo un poco de lado sus recuerdos sobre la guerra para preguntarle sobre otras ilustraciones que me recordaron las cartas del tarot. Vicente me explica: “Yo quería desde niño dibujar. Tenía la vocación de pintar, aprender. Había un ilustrador de cuentos para niños que se llamaba Freixas. Era buenísimo, me encantaba. Yo decía: ´De mayor quiero ser como éste´, que era un simple ilustrador de cuentos para niños. Entonces para mí eso era el arte, lo que yo quería hacer porque yo no tenía libros de arte. Simplemente tenía vocación de dibujar y de aprender. Entonces le hice un homenaje y puse aquí su dibujo… Ésta es otra cosa privada, porque yo creo que nadie se acuerda de este ilustrador”. 

Se refiere a Emilio Freixas Aranguren, un dibujante pionero de la historieta en España, autor de series como El murciélago humano y El Capitán Misterio, imágenes narrativas que para el niño Vicente se convirtieron en ensoñación y anhelo. 

Hablamos entonces de otros juguetes y juegos que ahí aparecen: la pelota, la maroma, el laberinto, la ficha… 

Vicente prosigue: “Me gustaban mucho los rehiletes y el trompo que nunca supe tirar, no me salía bien. Yo nunca pude tirar uno… Pero me gusta como objeto. Yo jugaba al timbiriche, me encantaba el timbiriche; éste que aparece en el libro es un juego real, uno que jugué con mis hijos”.

El libro, en tanto su gran diseño como objeto, es un juguete en sí mismo. Ofrece muchos recovecos para explorar: una separata con el poema completo de José Emilio, páginas que se desdoblan y crecen y, al final, en la tercera de forros, un par de sobres
adheridos, con algunas tarjetas encartadas que Vicente describe:  “Son cosas como privadas, estos son los castigos de José Emilio, es la letra de él, las planas de sus cuadernos… 'Debo guardar absoluto silencio en la clase'… Eso lo conservaba él, lo fotocopié y quedó en esta tarjeta, aquí guardada en el sobre, como recuerdo, como juguetito”.

El poema de José Emilio

Tomo otra tarjeta de formato alargado, doblada a manera de tríptico y veo la figura de un niño en pantalones cortos, de espaldas, dibujando algo: “Este niñito que hay aquí –me explica Vicente–, era un personaje de cuentos para niños, muy conocido en Europa, famosísimo, de una escritora inglesa, Richmal Crompton. Yo lo recordaba, yo lo había leído de niño, y cuando fui a la casa de José Emilio a buscar cuadernos antiguos, con sus castigos, curiosamente tenía un libro de este niño Guillermo Travieso. Se me hizo curioso que la única persona por lo menos de mi generación que sabía de Guillermo Brown era José Emilio y tenía un libro de Guillermo. Es una cosa privada, pero para mí tiene cierto valor. Lo encontré ahí, en la casa de José Emilio y dije: `¡No es posible!´.
Nadie en México, ninguno de mis amigos sabía quién era Guillermo el de las travesuras”.

Tal como recordaba Vicente a este personaje, Just William, nombre original de la historieta en inglés, es un adolescente rebelde, pícaro, que protagoniza historias cotidianas y cuya primera publicación en español se registra precisamente en Barcelona, a principios de los años 30; se hicieron varias ediciones antes del estallido de la guerra.Después, en el franquismo, la obra fue censurada y muchos años tendrían que pasar para que reapareciera en los años 60 y 70.

Sigo hojeando el ejemplar que tengo en mis manos y me topo entonces con la imagen gráfica de una niña, rodeada de corazones:  “Esta niña es Alba, mi esposa, y al frente estamos José Emilio y yo. Él era un poquito más joven que yo. Ella era muy hermosa, la hice a partir de una foto de niña”. 

Ahora, él da vuelta a las hojas y se detiene en una página de lluvia, de lluvia de geometrías que acompañan el torrente, el agua de la tercera parte del poema de José Emilio. Entonces me dice: “Las formas geométricas siempre me atrajeron. Trabajaba con la mano izquierda, con compases. Parezco hábil, pero no soy excesivamente hábil. Mis dibujitos eran como una lluvia, cuadernos manchados. Los cubos, los círculos, las estrellas ... Iban saliendo cosas… o iba jugando. Pero todas son cosas como íntimas. No se que tanto se capte, yo creo que tú captas muy bien…”

“Vicente –le pregunto–, al paso de los años, cuando miras de nuevo esta publicación de recuerdos de infancia, ¿crees que te faltó incluir algún otro juego, algún objeto?”

Lo piensa un momento y me mira sonriendo: “Bueno, José Emilio tiene poemas de humor muy hermosos, dedicados a gatos. Me preguntas si faltó incluir algún juego, a lo mejor faltó un gato”.

Y el poema de José Emilio sigue: llanto, humedad, aguas que pasan, ríos… y el mar: “Este es el mar, el mío de Barcelona y el de Veracruz, que fue muy cercano a la infancia de José Emilio. El mar final de José Emilio y mío aquí se unen”.

Se nos fue el tiempo, yo no hubiera querido terminar esa conversación nunca. 

Antes de irnos, Vicente quiere formalizar un regalo más para El Colegio Nacional del que formaba parte desde 1994:  la donación de 30 obras que integran la exposición que produjo como reconstrucción imaginaria del viaje de su padre en el barco Ipanema que lo trajo a Veracruz desde puerto europeo. Nos dice mientras firma los documentos: “Si se habla por ejemplo de que yo he donado esa exposición, yo no le llamo donación. Yo le llamo devolución, porque imagínate todo lo que he recibido de México... Entonces son devoluciones, lo que yo hago. Para mí, México ha sido un país extraordinariamente generoso. Por ejemplo, yo nunca he pedido un trabajo a nadie; el primero me lo consiguió mi papá, yo no conocía a nadie, tenía 17 años. Pero a partir de ahí todo me lo han estado pidiendo. Qué más puedo decir de un país. Nunca he pedido absolutamente nada. Todo me ha sido ofrecido, regalado, otorgado”. 

Guardo un silencio de gran admiración y enorme gratitud. Nos detiene antes de llegar a la salida: “Bueno, ustedes me trajeron esos papeles y yo también les tengo algo…”.  Y a cada una entrega una bolsa llena de alcachofas y espárragos frescos. Cruzamos la puerta cargadas de vida, sin remotamente imaginar que cinco días después llegaría la tristísima noticia de su partida.

“Vicente –le digo ya desde la banqueta, sin quitarme el cubrebocas–,tú ya te quedaste como un regalo para todos nosotros”. 

Y no puedo abrazarlo en tiempos de pandemia, apenas rozo su hombro con mi codo. Me dedica entonces su mirada amable:

“Si eso fuera cierto, para mí sería la máxima alegría. Qué gusto, Tere”.

Por Teresa Vicencio Álvarez

avh 


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