El rojo de Vicente

De extraordinaria sensibilidad, fiel a sus orígenes y como un tlacuilo mediterráneo definieron sus amigos al artista

El rojo de Vicente
PAULINA LAVISTA. Vicente Rojo en su estudio, 1974. Cortesía: Paulina Lavista

Los presentes textos fueron publicados en 80. Vicente Rojo, coedición Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; Ediciones Era; Fondo de Cultura Económica; Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco; y Universidad Autónoma de Nuevo León, en mayo de 2012, en el marco del 80 Aniversario de Vicente Rojo.

Siempre recuerdo al muchacho de 25 años
Por Carlos Fuentes

Estoy muy contento de que Vicente cumple 80 años, nunca lo pensé. Se ve tan joven, tan ágil… Vicente Rojo es un gran artista. En primer lugar, su obra de arte es enorme, incalculable, maravillosa en todos los sentidos. No ha dejado de pintar un solo día de su vida, son cuadros espléndidos. Pero además de ser un gran artista, es un gran ilustrador, un hombre de edición, un hombre que toma enorme cuidado porque los libros que están bajo su responsabilidad sean bellos, atractivos, verdaderos libros. Vicente Rojo lleva el nombre de un gran general de la República Española, era su tío; llegó niño a México y se incorporó totalmente a la vida mexicana. Yo lo conocí como ayudante de Fernando Benítez en el suplemento México en la Cultura, él y Miguel Prieto hacían el diseño del suplemento de Novedades, con una belleza que no se ha vuelto a repetir en la historia de México, un suplemento que duró 15 años, creo, en el que parte de su atractivo era el formato que le dieron primero Miguel Prieto y luego, al sucederlo, Vicente Rojo. Se trata pues de un gran artista, de un gran amigo, de un hombre de una extraordinaria sensibilidad, de un hombre de amor, de un hombre de cariño, de un hombre que para mi sorpresa ha llegado a los 80 años, porque yo siempre recuerdo a un muchacho de 25. 

PAULINA LAVISTA. Retrato de Vicente Rojo, 1974. Cortesía: Paulina Lavista.

Indispensable
Por Carlos Monsiváis

[…] Rojo es un pintor de enorme y obstinado rigor, alejado de las condenas y las premiaciones de la moda, indiferente en lo absoluto a la posibilidad de halagar a un público. Con la mezcla (en él típica) de paciencia e impaciencia, ha jugado con la seriedad del arte y ha acentuado la seriedad de la búsqueda estética, ha propuesto falsos y verdaderos enigmas y ha pintado con insistencia desde una misma perspectiva que cambia a diario. Lo fugitivo permanece y Rojo instala sus propias tradiciones, es de vanguardia y es profundamente fiel a sus orígenes, abandona sus logros en beneficio de la lealtad a sus propósitos, cree en que la solidaridad del espectador sólo se obtiene al cabo de una meditada renuncia a la apreciación fácil. Llueve en México, y en la pintura de Vicente, como en el verso de Pellicer: “el agua de los cántaros sabe a pájaros”.

PAULINA LAVISTA. Escultura-objeto de Vicente Rojo, 1970. Pieza expuesta en la Galería Juan Martín. Cortesía: Paulina Lavista.

Rojo
Por Felipe Garrido

Cada vez que veo un cuadro de Vicente Rojo vuelvo a tomar conciencia de que comenzamos a escribir dibujando, pintando, trazando a tientas signos en los que obstinada, trabajosa, tenazmente vamos acumulando sentidos que no sospechábamos, que no sabíamos que habíamos ido colocando allí, en esas líneas, esos colores, esas texturas, y recuerdo cómo unas cuántas veces he tenido el privilegio de verlo trabajar, de presenciar cómo anula o rectifica o completa lo que acaba de hacer pasando por encima de lo que parece a mis ojos terminado, aunque no a los suyos, que saben mirar más hondo y van buscando, explorando, construyendo siempre más allá eso que él ya intuyó, ya malició, ya vio y que yo ni siquiera sospecho, como uno no presagia a dónde nos llevarán las palabras de un poema que no está concluido, y de pronto, en uno de esos movimientos que lo apartan unos pasos de lo que está haciendo, sabe que ha llegado y cruza los brazos sobre el pecho, no satisfecho, porque Vicente nunca está satisfecho, pero sí persuadido de que ese camino hasta ahí llega, que ha completado ese objeto, esa pieza que se suma ahora a la Creación.

VICENTE ROJO. Estudio para escritura 2, 2007. Cortesía: Vicente Rojo Cama.

Vicente Rojo
Por Luis Ignacio Sáinz

Rehén gozoso de laberintos formales, Vicente Rojo se mueve sin pausa entre las estaciones del volumen, la textura y el color. Estos referentes harán de él un ente sígnico, a matacaballo entre la caligrafía y la fábrica de espacio. Pues sí, atropelladamente concilia los grafismos y las significaciones, guardando un equilibrio estético único, eludiendo sucumbir a las tentaciones del ornato. Lo suyo consiste en otear sus propias aguas del fondo, husmear en sus jorobas íntimas, para convidarnos en un par de convicciones a través de la piel de su discurso plástico: el deseo es la esencia misma del ser humano y la alegría es la transición del sujeto de una menor a una mayor perfección, de acuerdo al panteísmo de Baruch Spinoza. Ambas afecciones del ánimo forman un auténtico predicador de representaciones y hacedor de runas, tocado por el aguijón del asombro y nutrido con gajos de serenidad, empatía y generosidad. Tlacuilo mediterráneo que disfruta y se refocila en las secuencias geométricas, las cadencias cromáticas y las articulaciones de sentido: como los antiguos mexicanos “escribe pintando” o “pinta escribiendo”. Códices, matrículas y tiras de peregrinaciones varias; como los catalanes de la lejanía, traza rutas de navegación, deteniéndose en las costas y los litorales, desdeñando un poquitín los delirios de tierra adentro, sus portulanos censan las mareas y los vientos, fijan los escollos y las profundidades, atisban los confines interiores, siempre basados en un casi mágico tronco de lenguas; en ambas vertientes culturales y geográficas de su ser aprovecha los dejos expresivos de los abecedarios, los ideogramas y los jeroglíficos. Gracias a su discreción y elegancia lo miramos y percibimos ajeno a las estridencias, anclado amorosamente en la frecuencia más baja de la luz: el Rojo de Vicente. 

avh 


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