PAULINA LAVISTA

Síntesis del barroco en una foto

Paulina Lavista. Captar en un instante la esencia de lo que se desarrolló en el tiempo

CULTURA

·
MOMENTOS. 1. Maternidad en Tepoztlán, 1973. Fotos: Paulina Lavista

Hay obras de arte que uno ve una vez y no olvida nunca; está, en este caso, la fotografía de Paulina Lavista que, hace años, con júbilo contemplé en una exposición colectiva en el Salón de la Plástica Mexicana. Olvidé lo que entonces dije, pero me acuerdo que advertí en esta foto una bella síntesis visual de lo que es el barroco.

Sín título, Ciudad de México, 1974

Desde luego no me interesa tanto la presencia en esta visión de los elementos sintácticos del barroco –la voluta, el cilindro de la base que gracias a la deformación óptica se ve elíptico, y esa maravillosa ambigüedad del espacio que uno no sabe si está para allá o para acá– sino el espíritu mismo de esa manera de expresar los grandes contrastes del alma humana que el Caravaggio supo dominar.

El último descenso, Guanajuato, 1974.

Al ver estos espacios que van hacia… o vienen desde... pienso en aquel loco (otro tipo ¡oh sacrilegio! De Quijote) que inventó los ejercicios espirituales para descubrir en la tiniebla del espíritu la gota de luz por la cual el hombre se salva… a pesar de las tinieblas o gracias a ella.

Gitanas, Roma, 1974

Gran artista tiene que ser quien, al ver el rincón aquí y allá iluminado del pasamanos descubrió en él una visión que era necesario perpetuar en la tilma plateada de la fotografía.

Al ver de nuevo esta foto soberbia pensé, tal vez con menos solemnidad, que por esa escalera habían bajado, sucesivamente, la mujer desnuda de Marcel Duchamp y la mujer vestida de Siqueiros: profana, la primera, hondamente religiosa, la de nuestro místico ateo.

Niñagirando, 1969

Para mí esa foto vale para pasaporte, sin necesidad de visa, para el Museo de Arte Moderno que Gamboa –con visión— abrió para este tan moderno arte. Naturalmente quien vio y supo perpetuar el drama –o la epopeya— que transcurre o se hace visible en este rincón iluminado de la escalera, sabe ver otras muchas cosas, por ejemplo: esa cúpula rota que en la imposibilidad de cobijar estalla en un grito o, ¿quién sabe?, se desgarra para dar nacimiento a lo que debe nacer.

La bella y la bestia, 1972

Fernando Gamboa subrayó sobre la fotógrafa: “El ojo de Paulina Lavista descubre mundos e inventa mundos. Su poética sensibilidad visual, constantemente movida por estímulos, capta la caligrafía trazada en el cielo por bandadas de pájaros, una serie de obras extraordinarias. Sabe mostrarnos figuras humanas y animales, aisladas, rodeadas de su atmósfera. Y sabe sorprender grupos de personas reunidas por el azar –estoy pensando en los patinadores— en el momento en que por su posición y postura forman una imagen de gran encanto estético. Muchas veces ordena sus imágenes en series, en ‘fototextos’, como los llama ella. En una de sus ‘Historias sin palabras’ (para citar el título que el grabador Frans Masereel puso a una de sus series xilográficas) la fotografía nos narra la historia de una madre y su hijo que pasan una mañana en el parque. Ella, una mujer pequeña de clase media, robusta y melancólica; él, un niño fino y sensible, de unos 10 años. Con notable intuición psicológica, Paulina nos cuenta cómo en el diálogo y el juego con el niño el rictus amargo en la boca de la mujer va cediendo poco a poco, y que cuando los dos se marchan, se ve en su andar que ha recuperado un poco de valor para seguir viviendo. Captación de lo observado, de acuerdo con una visión poética. No hay artificio en las imágenes de Paulina, siempre hay arte, hermosa plástica. Paulina Lavista: una fotógrafa artista”.

Escalera al mediodía, Ciudad de México, 1974

Salvador Elizondo, por su parte, señaló como característica sobresaliente del trabajo de Lavista la posibilidad de que la fotografía pura se articule con otras imágenes en un sistema gráfico más expresivo, más coherente y, sobre todo, más interesante.

Si duda, la secuencia que debemos a los reporteros gráficos significa un enriquecimiento de las posibilidades expresivas de la sensible fotógrafa. La serie de la mujer desnuda que corre salta o danza, lo comprueban. Más aún, el grupo de fino humor –y me parece que los retratistas mexicanos tienen esta veta, no muy común en fotógrafos de otras partes— del hombre que se hace bolas con su equipaje. Nos parece pues, excelente que la artista del tema barroco de la escalera –y el barroco es también movimiento— se aventure en este, igualmente, cautivador aspecto de la fotografía. Pero creo que el nuevo arte puede, por si mismo, condensar en una sola una situación vital compleja.

INSTANTES.  La elegancia, Chetumal, Quintana Roo, 1988.

Discurro, al afirmar esto, que la célebre foto de Capa resume en un instante, y en un gesto, el complejo proceso de la vida y de la lucha. Y pienso, aunque se trate de unidades cualitativamente distintas, en la foto de Paulina Lavista de los hombres patinando que el espectador virtualmente prolonga al imaginar lo que sucedió antes y lo que sucederá después de detenido el instante.

. El pensador viejo, Tepito, Ciudad de México, enero, 1974

¿Nos dio László Moholi-Nagi (uno de los más grandes artistas del siglo XX) una expresión visual del tiempo en la imagen de un hombre literalmente surcado de arrugas?

El excelente trabajo de Paulina Lavista explica, por ser parte de un fenómeno colectivo, el auge que la fotografía alcanzó en nuestro país y, por supuesto, en el mundo.

Guatemala, 1969. Fotos: cortesía Pauilna Lavista


Por Antonio Rodríguez 

avh