Panegírico a Alfredo Castañeda

Su obra es el itinerario que se dirige hacia las fronteras del Ser; se desprende de él para conocerse a él

Panegírico a Alfredo Castañeda
Panegírico a Alfredo Castañeda. Foto: Cortesía Familia Castañeda

Hace poco más de 10 años que escribí sobre el maestro Alfredo Castañeda, amigo, artista, poeta, filósofo, místico y mortal temeroso de Dios. Alfredo fue un hombre vertical que navegó en un mundo horizontal, y encontró el camino a lo infinito, al cielo, a las estrellas, a un universo encantado.

 Cuando observo la Vía Láctea con la luz y el silencio de la noche, comulgo con su obra y su alma, con su esencia vital que me une al todo. Él es Ulises, reencarnado en un hombre moderno. Un hombre de este tiempo. Castañeda explora México y España. Busca la esencia del vivir que no es igual que la vida. Lo bello y lo mágico. Lo humano del mito. Su obra es el itinerario que se dirige hacia las fronteras del ser. Alfredo se desprende de él para conocerse a él. Alfredo se autocomprende. Toma posesión de él. Su viaje no sólo es hacia las fronteras o los límites... su viaje es la auto comprensión para su propio reconocimiento, que se refleja siempre en su obra. Él es un hombre libre, un hombre con una voluntad inquebrantable con la cual forja y crea mitos.

Su viaje le llevó al norte, a Estados Unidos y a España, para luego volver a su origen y regresar nuevamente a Europa. Aquí, tierra de sus ancestros, lo han definido como “Navegante” en su exposición retrospectiva Tratado Nave-Gante en el emblemático Museo de Santa Cruz, Toledo, en 2018. Su mascarón de proa fue una diosa y un dios –posiblemente Afrodita y Proteos abrazados en una metamorfosis circular sin fin– en un acto creativo contundente, final. Su barco ha dejado escrito el rastro de su vida y de su creatividad en la superficie del mar. Sigamos e interpretemos su derrota con la única esperanza de unirnos a él, a su mundo mágico y espiritual.

Foto: Cortesía Familia Castañeda

 Yo no soy el coleccionista en este relato; este no es mi derecho. Es Alfredo el único coleccionista del trazo, de los colores, de las formas, del alma, de lo bello y digno del hombre. Alfredo reúne en un cuadro los matices de cada color y cada sombra; los unifica, los ordena, los guarda para fijarlos en nuestra memoria colectiva. Es por esto que el águila y el cóndor se enamoraron de su esencia para llevarlo al cielo en un vuelo vertical, dejando atrás un mundo cambiante, donde el bien y el mal luchan incesantemente. Yo veo a Alfredo y toda su obra dibujada en el agua, el aire y en el cielo estrellado. Su arraigo es su centro, su corazón, de dónde nace su obra. Su obra es una constelación de mitos, ahí su complejidad; toda obra recorre universos incompresibles, pero con el único fin de SER, de existir...

Este texto es el final de mi panegírico a Alfredo Castañeda. Ustedes esperarán su regreso a su querida Ítaca, como Penélope y Telémaco esperaron a su héroe después de haber superado la frontera final –esa línea sutil que se define entre el mar, la tierra y el aire– ¡y que se pinta en el cielo con un trazo vertical! Sin muralla, sin degeneración, sólo el bien y el amor divino. La serpiente sublimada que regresa a su origen con conocimiento y sin pecado original.

Madrid, febrero, 2021.

Por: Jorge Virgili

dza


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