El oro y la realeza

Castañeda crea un lenguaje artístico propio para introducirnos en un mundo profundamente poético

El oro y la realeza
El oro y la realeza. Foto: Cortesía Familia Castañeda

Quizá la obra más original y representativa de Alfredo Castañeda sea el Libro de horas, publicado en 2005 en la tradición de los manuscritos medievales. Se trata de 52 composiciones pictóricas, cada una de ellas acompañada de su correspondiente expresión verbal, es decir, de 52 poemas de aparente sencillez, traducidos en imágenes que el lector debe interpretar.

Pintor poeta en la estela de Blake, Castañeda crea un lenguaje artístico propio para introducirnos en un mundo pictórico profundamente poético, ya patente también en los sugerentes títulos de sus obras más conocidas. Títulos evocadores que dan vida a imágenes poderosísimas, imágenes que no son meras ilustraciones, sino la difícil concreción pictórica y formal de una idea, de un estado de ánimo, de una situación… Pintor de su propia visión poética, Castañeda no rechaza el calificativo de “ilustrador” con que lo tachó peyorativamente un crítico poco perspicaz al principio de su carrera; al contrario, lo reivindica. Ya en su momento respondió a ese comentario con una exposición individual en la Galería de Arte Mexicano, titulada precisamente Ilustraciones, para la cual realizó una serie de óleos y dibujos, cada uno de ellos concebido como ilustración de un libro ficticio, aún por escribir.

Nos hallamos sin duda ante un pintor que, además de escritor, es gran lector de textos místicos, de Ramon Llull y San Juan de la Cruz —ambos influidos por la mística sufí y la cábala, que los árabes aportaron a la cultura hispánica—, hasta Ibn Arabi y su inspiración en la antigua Persia, con sus visiones de la “tierra intermedia, donde los espíritus toman cuerpo y los cuerpos se espiritualizan…”. Conceptos que Castañeda recrea con títulos tan enigmáticos y evocadores como El lugar de los abrazos o Donde se cruzan todos los caminos, nombres en los que late un anhelo de comunicación, de salvación, en último término.

Ese afán de búsqueda a partir del vacío ha llevado a Castañeda a interesarse profundamente por sor Juana Inés de la Cruz, la primera gran poeta de América, que en el México colonial creó una obra de enorme riqueza y diversidad. De esa obra destaca Primero sueño, un poema metafísico de mil versos, en la tradición de Góngora, en el que relata la aventura del alma en busca de conocimiento, exaltando la riqueza de la vida interior. Castañeda discrepa de quienes consideran a ese poema demasiado intelectual, casi nihilista, y defiende que en él sor Juana Inés llegó a relacionar la belleza con la verdad, partiendo de la gnosis pura.

No se puede considerar a Castañeda un surrealista en el sentido ortodoxo. Los elementos de sus cuadros, que parecen ciertamente surgidos de un sueño, no se yuxtaponen al azar, ya que poseen una gran coherencia interna. La extrañeza y melancolía que producen no es de naturaleza onírica, porque lo que se representa no son auténticos sueños, sino los sueños de un hombre en estado de duermevela que se interroga y nos interroga desde el vacío, a veces con tres pares de ojos, a veces desdoblándose en varios personajes.

Por: Carmen Virgili

dza 


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