Paul Leduc: un cine insurgente

El cineasta independiente más importante de nuestro cine deja el plano físico y nos queda su obra para seguir inspirando el espíritu de la insurgencia perpetua

Paul Leduc: un cine insurgente
LUTO. El cineasta falleció el 21 de octubre pasado. Foto: Cuartoscuro

En el mapa que agrupa los territorios del cine mexicano, la obra de Paul Leduc destaca por no ser visible a simple vista. El suyo es un cine que confrontó las convenciones del relato convencional, rechazó la clasificación genérica y hasta los lineamientos comerciales de una industria debatiéndose entre el arte y el entretenimiento. El de Paul Leduc fue un cine insurgente cuando la moneda común era la uniformidad;  comprometido política y socialmente cuando lo ideal era no hablar de los temas que nos atañen; apostó por el cine puro, por el maridaje entre la música y las imágenes en movimiento, rechazando el diálogo tradicional; también, cuando el relato lineal es lo mejor para no crear incertidumbre en el espectador, apostó por la viñeta y las rupturas temporales. Leduc fue el insurgente del cine mexicano contemporáneo.

Cine revolucionario

Algo esencial en su cine es la relación de los hombres con la historia. O de cómo la historia, bien entendida, lleva a un despertar de la conciencia. Leduc lo ejemplificó en su ópera prima, la extraordinaria Reed: México insurgente (1971). Dando la espalda a la visión folclórica de la Revolución Mexicana, que sirvió como base al proyecto de nación surgida de dicho conflicto armado, el cineasta se alinea con las visiones literarias acerca de ese fragmento de nuestra historia, que tuvieron Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela, Mauricio Magdaleno o Rafael F. Muñoz. De la mano de John Reed en el campo de batalla, el improvisado campamento o en la calma chicha anterior a la violencia, el filme presenta las visiones encontradas que de la Revolución tienen sus combatientes, entre el afán patriótico o el ideario político sublime, pasando por una entrevista pintoresca con un Pancho Villa seguro de tener la historia en sus manos. La cámara en mano y el tono sepia en la fotografía de Alexis Grivas hacen de esta experiencia algo vivencial, muy lejos de la estampita histórica.

VIDA. En 1985, el director fue fotografiado con su hija y su esposa. Foto: Cuartoscuro.

Crudas atmósferas

Leduc no reconocía en el cine un instrumento para el espectáculo; la cámara debía retratar las realidades difíciles de millones de latinoamericanos. Su documental Etnocidio: notas sobre El Mezquital (1976) recopila imágenes, testimonios y la asfixiante atmósfera que envuelve a los habitantes del Valle del Mezquital. Su tragedia se presenta a través de un abecedario que divide al filme en capítulos, de la A a la Z (pasando por la G de gobierno, la P de polución o la E de etnocidio). Para los otomíes protagonistas, entre los caciques abusivos, la contaminación de sus recursos, la desaparición de la cultura y la semi-esclavitud en la que vive, no hay futuro; de la misma forma, Leduc se asomó al sangriento conflicto en El Salvador con otro documental, Historias prohibidas de Pulgarcito (1980). Un fenómeno similar retrata en ¿Cómo ves? (1985), pero ahora el escenario es urbano: las colonias marginales de la CDMX, con sus chavos banda escuchando a figuras del rock mexicano dentro de los hoyos fonky. Aquí, tampoco hay futuro. La hábil cámara de Toni Kuhn registra cerradas atmósferas por donde deambulan estos seres invisibles, marginados para el progreso y los altos ejecutivos del FMI (a quien irónicamente Leduc dedica la cinta). 

Denuncia sin palabras

Barroco (1989), Latino Bar (1991) y Dollar Mambo (1993) constituyeron una importante trilogía en su obra. Acompañado de colaboradores fieles y dispuestos a la experimentación, entre quienes destacan el escritor José Joaquín Blanco, fotógrafos como Ángel Goded o Guillermo Navarro, el editor Rafael Castanedo, actores como Roberto Sosa, Ernesto Gómez Cruz, Dolores Pedro, Eduardo López Rojas y muchos más, Leduc renuncia al diálogo y a la narrativa convencional para reflexionar sobre la historia misma de Latinoamérica, desde su pasado precolombino y la violencia que irrumpe con la conquista española. El hilo conductor de Barroco, una película sin personajes, es la pregunta: “¿De dónde son los cantantes?”, misma que detona una avalancha musical en la cual todos los pueblos latinoamericanos encontramos nuestra identidad. Mientras que, en Latino Bar, Leduc se acerca al mito fundacional del cine mexicano, la prostituta Santa, surgida de las letras de Federico Gamboa, en una versión libérrima de la novela. Dollar Mambo es una denuncia sin palabras al imperialismo, ubicando las desventuras de sus protagonistas, parroquianos habituales de un centro nocturno panameño, antes de la invasión estadunidense. 

Pinturas en movimiento

Siento que el corazón de su obra es Frida, naturaleza viva (1984). Situándose en el lecho de muerte de Kahlo, el cineasta trasciende las convenciones de la biografía fílmica para jugar con los mecanismos de la memoria, permitiendo a la protagonista recordar momentos de su vida sin orden de relevancia. Mientras esto sucede, la fotografía de Goded y los escenarios de Alejandro Luna convierten la imagen en pinturas en movimiento, adoptando los tonos y texturas de la obra pictórica referida. 

Pionero de la animación tridimensional digital con fines didácticos  (La flauta de Bartolo o la invención de la música,1997), quiso el destino que su último trabajo fuese Cobrador: In God we trust (2005). Tres relatos de Rubem Fonseca orquestan un mosaico en el cual nadie es quien dice ser, la violencia es imparable y el imperialismo no está a salvo de sus demonios.

Este aciago 2020 se lleva a Paul Leduc y, con él, parte un visionario. El cineasta independiente más importante de nuestro cine deja el plano físico y nos queda su obra para seguir inspirando el espíritu de la insurgencia perpetua. Lo triste es que ya no habrá más películas como las de Paul Leduc. 

Por José Antonio Valdés Peña

 


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