La conocí en el Club Harvard de Nueva York. Fue como saludar a mi Madonna, Taylor Swift o Messi, según los gustos de cada quien. Ahí estaba, al centro del panel “30 años de la Plataforma de Acción de Beijing: mirando hacia atrás y presionando hacia adelante”, convocado por Naciones Unidas en el marco de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW, por sus siglas en inglés). Fue un encuentro con veteranas de aquella sesión histórica que sentó la ruta crítica para medir los avances en materia de género.
Gertrude Mongella nació el 13 de septiembre de 1945 en una isla de Tanzania y dos días después de cumplir 50 años firmó el resultado de la Cuarta Conferencia Mundial de la ONU sobre la Mujer en Beijing; era 15 de septiembre de 1995, ¿puede ser esa una nueva matria por la cual dar el grito? Opino que sí.
La apodan “Mamá Beijing” porque su “tremenda energía personal” y “determinación de acero”, según la describió la revista The Courier en ese entonces, fueron clave para crear lo que se convertiría en un hito para los derechos de las niñas y mujeres a nivel global. Y es que ahí, desde su rol como Secretaria General, logró conciliar lo irreconciliable: países ubicados en extremos opuestos del espectro ideológico y moral se pusieron de acuerdo sobre un texto cuyo aniversario 30 fue el motivo de la CSW69, que concluyó el pasado viernes y en la cual Ola Violeta AC y Mente Mujer participaron por primera vez.
Cuando una joven coreana le preguntó qué podemos hacer mejor las feministas actualmente, ella respondió con esa sonrisa iluminadora de toda su cara: nos han dejado fuera, solo se habla de interculturalidad pero las adultas mayores, las abuelas, las veteranas de esta lucha hemos perdido espacios. En 2020, durante una entrevista, hizo un llamado a trabajar colectivamente para lograr avances. “Debemos asociarnos con los hombres y no dejarlos atrás”, un consejo reivindicado en esta ocasión; lleva muchos años teniendo razón.
Al final del evento, entre la turbulencia de selfies y peticiones de atención propias de una superestrella como ella, me acerqué a contarle en tres segundos sobre mi tesis doctoral de feminicidio emocional y pedirle una foto. No hubo empujones capaces de detener su generosidad, me miró a los ojos y después sonrió, otra vez, hacia mi cámara. La foto la tengo ahora en mi oficina porque si olvidamos a las veteranas nos desconectamos de nuestra genealogía feminista. ¡Y eso nunca!
POR MARÍA ELENA ESPARZA GUEVARA
@MAELENAESPARZA
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