LA NUEVA ANORMALIDAD

El show del presidente

Volodimir Zelenski, el presidente ucraniano, ha tenido que enfrentar una escalada de tensiones con Rusia; su conducción ha sido valerosa

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La Nueva Anormalidad / Opinión El Heraldo de México

Volodimir Zelenski tiene mi admiración. También es cierto, sin embargo, que ignoro –como acaso ignoran los ucranianos a los que gobierna– si es buen administrador público o, de otro modo, si fuera de un contexto de guerra podría ser buen presidente.

Investido en 2019, ya desde 2021 se veía obligado a enfrentar una escalada de tensiones con Rusia y, a partir de 2022, una ofensiva militar en toda forma. Poco pudo hacer en esos primeros años en que gobernó en relativa estabilidad: algunas leyes que limitan la injerencia de la oligarquía en asuntos públicos, una que buscaba incorporar la representación proporcional al sistema electoral pero que por desgracia no logró aprobación legislativa. No tuvo tiempo de más.

Sabido es que en la Presidencia se agota la experiencia política de Zelenski: no ostenta cargo previo alguno. Abogado de formación, ya a los 17 comenzaba una carrera como comediante que lo llevaría a fundar una compañía actoral, y a producir proyectos escénicos y audiovisuales desde ella. Entre estos se cuenta Servidor del Pueblo, serie televisiva transmitida entre 2015 y 2019 en la que encarna a un maestro de preparatoria que, tras devenir viral un video en que hace dura crítica de la clase política y reivindica la superior dignidad de los ciudadanos, termina por ser electo presidente de su país sin proponérselo. Su popularidad y la de su personaje habrían de ser tales que lo llevarían a fundar un partido político de mismo nombre, y a realizar desde él la exitosa campaña que lo tiene hoy al mando de Ucrania.

La invasión rusa, y la valerosa conducción de Zelenski ante ella, han tenido el efecto colateral de hacer de Servidor del pueblo éxito global: hoy puede verse incluso en México, por HBO Max. Sátira amable y lúcida, su éxito –mediático como político– pareciera estribar en la idea de un gobernante que admite no saberlo todo (pero que hay otros con conocimientos a los que puede consultar), que hace el esfuerzo de pensar por sí mismo, y que –esto es clave– rechaza los privilegios del poder pero sin ira y sin rencor, sencillamente porque le resultan absurdos. Ni histriónico ni dueño de una retórica incendiaria, ni encarnación de la venganza ni rehén de la popularidad, es apenas un hombre decente que, enfrentado a tarea titánica, hace su mejor esfuerzo con corazón, con dignidad, con discreción.

En el tercer capítulo, Goloborodko –tal es su apellido– toma posesión presidencial con un discurso en que abjura de toda promesa salvo una: no avergonzar a sus conciudadanos. Fuera ése el compromiso de otros presuntos servidores del pueblo, desdeñosos no de los privilegios sino apenas de sus aparejos, movidos más por la ira que por la decencia, para los que el show no se agota en la ficción televisiva sino que es modo de vida.

Dan ganas de cambiar de canal.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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