COLUMNA INVITADA

Traidores a la patria

Pero el significado que le da este gobierno al término “traición a la patria” tiene que ver con temas políticos, no con temas bélicos. He ahí la trampa

OPINIÓN

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Georgina Trujillo / Colaboradora / Opinión El Heraldo de México

La esencia de una democracia es disentir, en ello reside su ejercicio. Se trata de la capacidad de confrontar ideas, puntos de vista y proyectos de nación; bajo un marco de reglas que garanticen siempre un diálogo pacífico y civilizado.

El Diálogo representa desarrollo: enriquece, proporciona destino, contribuye a corregir errores o bien, se anticipa a ellos. Pero nuestro país se ha llenado de políticos y partidos nuevos que entienden la democracia como un sometimiento de la voluntad a un gobernante, incluso por encima de los ideales, y con ello naturalmente se ha dado un retroceso.

Estos políticos, confiados en un capital electoral que no quieren reconocer que ya no poseen, se han cansado de ningunear a sus opositores. Se esfuerzan por deslegitimar a quien no concuerde con ellos, cerrándose al diálogo y por ende, cancelan la democracia que dicen defender, mientras diluyen los significados de nuestros procesos históricos nacionales para imponer su narrativa ebria de poder.

Azuzados por el inquilino del Palacio Nacional, utilizan de manera demasiado ligera el término “traidor a la patria”; crimen tipificado en nuestra ley el cual se refiere, sobre todo, al apoyo que brinda un ciudadano mexicano a cualquier esfuerzo bélico de una nación extranjera en perjuicio de nuestro país.

Traicionar a la patria, legalmente hablando, no tiene que ver con votar contra una Iniciativa de Reforma; eso es un derecho enmarcado en la Constitución, el cual tiene un legislador sin importar su afiliación política. En una democracia las reformas a la ley se discuten, se aprueban o desaprueban. No hay nada malo en ello.

Pero el significado que le da este gobierno al término “traición a la patria” tiene que ver con temas políticos, no con temas bélicos. He ahí la trampa.

Nadie está votando por traer ejércitos extranjeros invasores al país. Lo que se busca es atraer inversión en un mercado globalizado, fomentar la competitividad y combatir los monopolios, así sean del Estado, pues éstos no están exentos de abusos perpetrados a los consumidores. Se vota a favor de la transparencia y la rendición de cuentas.

Ir contra los intereses de la sociedad y, en cambio, favorecer ideologías obsoletas, eso sí es traición. Fomentar el uso de combustibles fósiles y paralizar de facto la industria energética renovable, mientras se atropellan compromisos comerciales internacionales; eso sí es traición.

Privilegiar a familiares y amigos en contratos millonarios para la Comisión Federal de Electricidad, eso sí es traición. Encubrir a quienes realizan estos actos también lo es.

Traición es polarizar a la sociedad para beneficio propio. Traición es dinamitar con el discurso y ahorcar los presupuestos de las instituciones, especialmente la que se encarga de garantizar elecciones libres y confiables.

Traición es cancelar escuelas de tiempo completo, adelgazar el aparato de salud dejando sin medicinas a millones de pacientes que sufren enfermedades crónicas. Traición es cerrar los oídos al reclamo de miles y miles de mujeres que hoy sufren una de los peores episodios de violencia de género en México.

Y no escribo sobre traición a la patria, me refiero a una más grave, de la que sí son culpables quienes hoy se sienten responsables de la brújula moral de México: la traición a uno mismo, a los principios y a las causas que se dijo defender durante tanto tiempo.

Esa traición tiene el mismo significado histórico a través de los años, no cambia. Es una traición que ya les cobrará factura.

POR GINA TRUJILLO
COLABORADORA
@GINATRUJILLOZ

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