MALOS MODOS

500 años: Nada que festejar

La chacota en torno a la maqueta del Templo Mayor es muy sana y muy disfrutable (yo mismo escribí sobre eso hace un par de días)

OPINIÓN

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Julio Patán / Malos Modos / Opinión El Heraldo de México

La chacota en torno a la maqueta del Templo Mayor es muy sana y muy disfrutable (yo mismo escribí sobre eso hace un par de días). Ya saben: que si es el nuevo tobogán para Temixco, que si en cualquier momento se aparece por ahí el Santo... Sin embargo, detrás de ese adefesio hay muchas, pero muchas cosas que están de veras mal.

 Está mal asimilar la caída de Tenochtitlán a los “500 años de resistencia indígena”. Lo de los 500 años es en sí muy discutible: nada tienen que ver las reivindicaciones del neozapatismo con las del zapatismo original, ni las de éste con las de los mayas sublevados el XVIII. Hay, pues, históricamente, una variedad enorme de causas y circunstancias que difícilmente caben bajo el paraguas de los 500 años. Pero concedamos que sí, que caben. ¿Qué, en el nombre de Huitzilopochtli, tiene que ver la caída del imperio azteca con los exigencias actuales de, digamos, Marichuy o las autodefensas de Chiapas?

 Ahora: no es solo que los festejos oficiales asimilen a la totalidad de las culturas indígenas a los aztecas, una sandez histórica. Es que esos festejos pretenden asimilarnos a todos con los aztecas. ¿De qué se trata? Como dice Fernando Escalante en una notable columna de hace un par de días (“La llamada de la sangre”), es una manifestación de nacionalismo. Y eso nunca es bueno: el nacionalismo es un veneno ideológico fincado en el odio al otro, como pegamento de la presunta unidad nacional. Encima, como dice también Escalante, no estamos ya frente al viejo nacionalismo mexicano, sino frente a un conato de nacionalismo etnicista que igual no es más que una ramplonada, pero que pisa terrenos inaceptables.

 Aunque no es solo una ramplonada: es una ramplonada en esteroides. Todos los nacionalismos son ramplones, porque fomentar el odio al otro exige relatos maniqueos, de buenos-buenos y malos-malos. Pero lo del Zócalo supera cualquier límite, igual que lo del “parque de atracciones Aztlán”. ¿Sorpresa? Noup. Este sexenio se inauguró con una ceremonia en la que el presidente, entre humos y tambores, rindió homenaje no a las poblaciones indígenas de México, sino al New Age. La 4T: nacida kitsch.

 Kitsch y violenta. Porque violentos son los dicursos antihispanistas del presidente, o la ocurrencia de hablar de la Noche Triste como “de la Victoria”. Alguien debería explicarle a las autoridades chilangas que lo de matar para vivir es un último recurso que puede entenderse, pero no celebrarse; que no es decente aplaudir las masacres, aunque sean de españoles.

 Por supuesto, el gobierno federal, como el chilango, se va a dar vuelo con las conmemoraciones de nuestro pasado. Y es que, aparte de todo, ayudan a olvidar por un rato que, 500 años después, no hay nada que festejar. No me refiero a la historia pasada, sino a la actual. La del día a día.

POR JULIO PATÁN
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@JULIOPATAN09

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