La última vuelta

Decidimos gozar del momento, soltar el control y aprovechar cada instante...Escogimos este lugar para una última vuelta, la de mi madre

La última vuelta
Adriana Azuara/ Colaboradora/ Opinión El Heraldo de México

La vida involucra el cambio constante, el estar tanto tiempo en movimiento me enseñó a tomar las cosas con calma y a vivir celebrando lo único seguro que tenemos que es el presente. 

El destino de esta ocasión fue a dos horas de la Ciudad de México, un Pueblo Mágico llamado Tlayacapan, Morelos, parte de la magia de este lugar reside en su pasado prehispánico, ya que es uno de los pocos pueblos que conserva gran parte de su traza urbana original.  Su nombre significa “sobre la punta de la tierra” y está rodeado por cerros imponentes; además, fue un centro ceremonial importante porque ahí estaba la cueva de Tonantzin, madre de Dios.  Sus calles empedradas son adornadas por antiguas construcciones como el exconvento de San Juan Bautista, tiendas y puestos de artesanos que iluminan el pueblo de colores con hermosas creaciones de barro.

Escogimos este lugar para una última vuelta, la de mi madre.  

Durante años, en mis viajes y cursos sobre bienestar para el cáncer, preparé distintos destinos para recibir familias y pacientes en estado terminal que tomaban esa última oportunidad para disfrutar en un lugar hermoso a esa persona cercana a la que la vida le tenía el tiempo contado. Ningún entrenamiento es suficiente cuando eres tú quien tiene que realizar ese viaje junto a la persona que amas. 

Por eso, junto a mi familia y cobijados por la magia de los cerros y un clima cálido espectacular, decidimos gozar del momento, soltar el control y aprovechar cada instante. Sin pensar en la vulnerabilidad de la vida, sino todo lo contrario, fortaleciendo el alma con las experiencia y enseñanzas de quienes han vivido más.

Una alberca puede ser lugar de confesiones, de luchas encarnizadas donde tus hombros son el más fuerte sostén, inflables que se vuelven barcos o camastros, no importa la edad, siempre puedes jugar al salero y reírte. En el agua las horas son interminables hasta que los dedos se arrugan, las sonrisas se ensanchan y la piel se enrojece.

La mesa, además de ruido, se llenó de platillos típicos de la región: tamales de ceniza, que hacen honor a su nombre por el color que toman al estar rellenos de frijol, tacos de cecina, chorizo, fruta de temporada y un pan dulce delicioso que sólo un horno de barro puede dar. Sabores acompañados de risas, cantos e historias que sólo una gran familia puede gozar. 

Las tardes fueron para compartir entre partidas de ping-pong y futbolito, tratar de volar un papalote, anécdotas, juegos de mímica y de mesa. Las carcajadas no se hicieron esperar y por ende también algunas lágrimas brotaron, cada viaje abre las almas e interconecta a las personas profundamente de manera honesta y real. 

Sabíamos que era la última vuelta, una vuelta donde decidimos disfrutar hasta de lo más banal, de cada instante, de la música que emite la tierra, de las ocurrencias de los niños, de la luz de la Luna y de poder aún sostener la mano de nuestra madre mientras nuestros corazones latían.

POR ADRIANA AZUARA
@ADRYAZUARA

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