Me declaro hippie

En Chacahua es fácil aprender a disfrutar las noches, su silencio y su oscuridad

Me declaro hippie
Adriana Azuara/ Colaboradora/ Opinión El Heraldo de México

Igual que para casi todas las personas del mundo, 2020 resultó estresante. Así que, en mi búsqueda de un lugar para pasar Año Nuevo –alejada de las multitudes y en contacto con la naturaleza– me decidí por Chacahua, el pequeño poblado a la orilla de una laguna oaxaqueña, y me lancé a la aventura de conducir nueve horas desde la Ciudad de México. La primera sorpresa que me llevé fue que el coche no podía acceder hasta la playa en donde se encontraba mi cabaña, entonces, por una módica cuota diaria, me estacioné, tomé mi maleta y crucé en una lancha pequeña hasta mi destino.

El hospedaje es rústico: techos de palma, pisos de cemento, baños sin agua caliente, camas con mosquiteros, palapas para acampar junto al mar y muchas, pero muchas hamacas. Lo mejor de todo es que no hay señal de celular, sólo ciertos lugares tienen wifi y, después del año que había tenido, lo que menos quería era ver una pantalla más. Además, claro, están la playa kilométrica (que, en estos días, se encuentra casi vacía), la laguna y una diversidad natural digna del paraíso terrenal. Entre la flora, reconocí plantas de jamaica, árboles de neem, de nonis, almendros y papayos. Por la mañana y al atardecer, el espectáculo corre a cargo de las garzas, los pelícanos y todas las demás especies de aves que habitan la región; mientras que los campamentos de tortugas marinas dedican los días a involucrar a su comunidad en la conservación de la especie.

Tratándose de Oaxaca, ya esperaba una gran experiencia culinaria. Sin embargo, no estaba preparada para el irresistible matrimonio de las tortillas recién hechas en un comal de barro a la leña con el exuberante dote de la costa, que incluye pescado a las brasas, tamales de mejillón, y kilos y kilos de camarón fresco cocinado por las manos expertas de Bertha, quien me recibió, junto a sus hijas y su esposo, en una palapa sobre la playa. Esto, sin duda, es lo más especial de Chacahua: la gente de sonrisa fácil y cálida; anfitriones generosos y de gran corazón. 

Además de olvidarme de contar los días, durante el viaje también ignoré el cepillo, no me vi en un espejo (claro, porque no había), abandoné cualquier tipo de estilo en mi peinado y vestido, y convertí al bloqueador y el repelente en mis únicas preocupaciones. Un pareo que sirva de toalla, falda y cobija es todo lo que necesitas para salir a ver el amanecer y, por las noches, dejar que las algas fotoluminiscentes de la laguna sean tu única lentejuela. Nadar en estas aguas tan oscuras al tiempo que la luz emana de tu piel y tus movimientos, como si estuvieras en el planeta de Avatar, es indescriptible.

En Chacahua es fácil aprender a disfrutar las noches, su silencio y su oscuridad. Mi viaje estuvo acompañado por la luna llena más bella y brillante del año. Ahí, con la misma libertad de meterme en al agua para sentir el vaivén de las olas y el reflejo de la luna en mi piel, medité y, mientras flotaba, dejé ir ese año tan lleno de aprendizajes.

Para mí, también esto es bienestar: la elección integral de cuidar mi cuerpo, mi mente, mi espíritu, mi tierra y mi comunidad.  Porque uno no necesita más que un techo de palma, un cielo estrellado, una panza llena, una sonrisa cálida y una buena hamaca para calmar la mente, reconstruir su esencia y lograr un verdadero viaje de bienestar.

*Adriana es fundadora de All4Spas y la primera Latin America Wellness Leader. Acompáñala, cada mes, en un nuevo viaje de bienestar.

POR ADRIANA AZUARA
@ADRYAZUARA


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