COLUMNA INVITADA

Leer, vivir

En nuestro país hay no sólo lectores activos en solitario, sino un ingente movimiento de lectura social

OPINIÓN

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Pedro Ángel Palou / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

¿Cómo leen los que escriben? Con esta pregunta me convocó hace tres años a Guadalajara un grupo enorme de lectores (mil lectores de decenas de Círculos de Lectura).

Lo primero que asombra es que esto contradice la idea de que en México no se lee. En nuestro país hay no sólo lectores activos en solitario, sino un ingente movimiento de lectura social que toca a distintos estratos sociales, que no es sólo urbano, y que hace de este hábito un modo de construir un contrato social que la violencia y la desconfianza política han roto.

Empecé a leer gracias a una lectora. Me refiero a leer ávidamente, pues ella me abrió a un mundo infinito gracias a Borges, a los Contemporáneos, a Othón, a Díaz Mirón. Era un niño de ocho años y caminaba por estos pasillos, entré a la Biblioteca Palafoxiana. Su directora de entonces, Estela Galicia, leía tras sus espejuelos frente a la enorme mesa de marquetería.

Me preguntó si sabía leer. Me tendió una hoja mecanografiada con un poema, después supe que, de Borges, La Rosa. Me estaba grabando. Al final puso la cinta y me dijo: “Ya ves cómo no sabes leer, si quieres ven todos los sábados y yo te enseño”. Allí empezó mi aventura con las letras, gracias a Estela y su sabiduría.

Vino todo Borges, y Contemporáneos, y Lascas, y el Idilio Salvaje, y mucha literatura. Soy más feliz gracias a Dickens. Me ha acompañado desde niño. Primero fue Oliver Twist. La tristeza del huérfano. Luego fue el cuento de navidad y la soledad austera de Scrooge.

Sus personajes sufren, pero conocen el placer de la curiosa venganza de quedarse con los brazos cruzados. Sus enemigos siempre pierden. El que no tiene otra cosa que su trabajo sufre, eso parece decirnos todo Dickens. Si me apuran diré que me quedo con el libro de Dickens que más he releído, Grandes esperanzas. Otro huérfano, Pip.

La vieja solterona, Havishman que quiere vicariamente existir manipulando las vidas de los otros. Estella —que ahora siempre tiene el rostro hermoso y a veces inexpresivo de Gwyneth Palthrow. A los 14, en cambio, que me supe escritor. Un lector escritor. Esa es otra fauna, pues lee buscando el truco. Lee intentando ver la costura. Lee para aprender de técnica, lee con otro tipo de asombro, digamos técnico. Un día se instaló el taller literario del INBA a cargo de Miguel Donoso Pareja y empezó mi verdadero aprendizaje del rigor. Ya no hubo espacio para el diletantismo.

El poeta Gilberto Castellanos me preguntó si tenía dinero una mañana, saliendo del taller. Me llevó a Sanborns. “Este es el libro que tienes que leer”, me dijo y me puso entre las manos el tomo de Joaquín Mortíz con la portada dibujada por el propio Fernando del Paso de su Palinuro de México.

No salí de casa lo que restó del fin de semana devorando las aventuras de la prima Estefanía y de Palinuro. ¿Sabía Castellanos lo que hacía con un adolescente de 14 años al invitarlo a leer a Del Paso? Yo creo que sí. Luego vino José Trigo y empezó mi locura, casi manía por Joyce que me llevó a traducir dos capítulos del Finnegans Wake y a hacer una especie de tesina sobre Nicolás de Cusa y Giordano Bruno.

¿Quién estaba más loco? Ya no lo sé ahora.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU
COLABORADOR
@PEDROPALOU

MAAZ