COLUMNA INVITADA

El vaivén democrático en América Latina

Vemos patrones compartidos: el descrédito de los partidos tradicionales y el ascenso de opciones extremas

OPINIÓN

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Claudia Ruiz Massieu / Colaboradora / Opinión El Heraldo de México

Después de una era de autoritarismo, juntas militares y golpes de Estado durante buena parte del siglo XX, América Latina empezó a avanzar en la ruta de la democracia liberal. En 1990, tras casi dos décadas de dictadura, Chile tuvo una transición democrática notable en la que, con el empuje del voto popular, las Fuerzas Armadas entregaron el poder a un gobierno civil. Brasil, Argentina, Uruguay y otras naciones tomaron caminos similares.

Estos procesos se cimentaron en bases comunes: la creación de instituciones que sustituyeran la voluntad personal de los caudillos; la construcción de un Estado de derecho en el que la ley, y no la fuerza, resolviera los conflictos —en especial, el relevo del poder—; así como los acuerdos entre fuerzas políticas para que, sin menoscabo de diferencias legítimas, coincidieran en agendas compartidas. Algo muy relevante fue la creciente adopción de los valores democráticos entre la ciudadanía; porque sin el respaldo popular y la disposición a defenderla, ninguna democracia puede ser legítima ni estable.

Pese a todo, a lo largo del siglo XXI han resurgido tendencias que cuestionan la democracia liberal —y por supuesto, liderazgos dispuestos a encabezar proyectos populistas que tomen ventaja de este desencanto—. Tendencias que se han visibilizado a la luz de las recientes elecciones en la región.

En casos extremos, la democracia ha sido remplazada por regímenes autoritarios, como en Venezuela o Nicaragua. Ahí sigue habiendo formalmente elecciones, pero sólo como un trámite controlado por el gobierno para darle un “barniz” de legitimidad. En los comicios venezolanos de hace unos días, incluso hubo observadores electorales de la Unión Europea, pero en realidad fue una elección de Estado, con los órganos electorales controlados por el chavismo y una abstención de casi 60%. En las elecciones nicaragüenses, semanas antes, ni siquiera se intentaron “guardar las formas”: el régimen arrestó a los principales candidatos opositores del presidente Daniel Ortega.

Pero incluso en los países de la región que aún son democracias, ésta se encuentra bajo amenaza. En Brasil, el actual Presidente ya ha anticipado que podría desconocer los resultados en la elección de 2022. En Perú, la sociedad se polarizó entre una alternativa encabezada por el fujimorismo (que gobernó autoritariamente durante años) y una opción de izquierda alineada con el eje bolivariano; Keiko Fujimori desconoció los resultados y, aunque al final Pedro Castillo asumió al cargo, queda un país dividido sin un eje de consenso. En Chile, tras una serie de protestas sociales que paralizaron al país, la sociedad quedó polarizada entre una alternativa de extrema derecha y un candidato de corte populista que también simpatiza con el bloque bolivariano.

Con sus respectivas diferencias, vemos patrones compartidos: el descrédito de los partidos tradicionales y el ascenso de opciones extremas; el cuestionamiento creciente a las autoridades electorales; la deslegitimación de la prensa crítica; y el anhelo por líderes fuertes que traigan orden o justicia por encima de las instituciones.

Si bien estas tendencias regionales podrían parecernos lejanas, especialmente para las generaciones que crecieron durante o después de la transición democrática, no podemos perderlas de vista.

En México, la estabilidad de nuestra democracia depende, en buena medida, de la solidez de nuestras instituciones electorales; mantener su fortaleza, autonomía e independencia es un deber de todos. Cuidar a las instituciones es cuidar a nuestra democracia.

Nota: aprovecho este espacio para expresar mi respaldo a la comunidad del CIDE, institución pública de excelencia, que conjuga el ánimo meritocrático con la promoción de la movilidad social y que ha formado a generaciones de profesionales comprometidos con México, entre quienes tengo el honor de contar amigos, colegas y colaboradores míos.

POR CLAUDIA RUÍZ MASSIEU

SENADORA DE LA REPÚBLICA

@RUIZZMASSIEU

MAAZ