¿Vendrá Trump a México?

Una cosa son las magníficas ofertas y promesas de campaña, otra la cruda realidad de gobernar a sociedades con múltiples y diversas visiones de lo bueno y lo malo. Este dilema para los gobernantes: el antes y después de ocupar la responsabilidad de ocupar el liderazgo de un país

¿Vendrá Trump a México?
Ricardo Pascoe Pierce / Mirando al otro lado / Opinión El Heraldo de México

En alguna medida sucede con todos los gobiernos. Para los que prometieron grandes cambios, es más duro que para aquellos que ofrecieron logros más modestos. Pero a todos los gobiernos electos por voto popular, el bono de inicio se evapora cuando las poblaciones se percatan de que no existirán las soluciones mágicas y rápidas a sus aflicciones reales o imaginadas que se les había ofrecido en campaña.

Una cosa son las magníficas ofertas y promesas de campaña, otra la cruda realidad de gobernar a sociedades con múltiples y diversas visiones de lo bueno y lo malo. Este dilema para los gobernantes: el antes y después de ocupar la responsabilidad de ocupar el liderazgo de un país.

Trump es un ejemplo típico de este síndrome, ni más ni menos. Lo que sí es peculiar de su caso ante la derrota es su vergüenza de haber sido vencido por un personaje de mayor edad de él, de quien se burló por débil y porque, como él mismo dice, “Trump nunca pierde”.

Sin embargo perdió. Y ahora se niega a abandonar el poder, creando un sinfín de obstáculos a la entrega del poder. Pero se puede entender el porque no quiere rendirse tan fácilmente. Tiene a alguaciles estadounidense en la puerta de su casa en Nueva York (esa ciudad que nunca votaría por él) con citatorios por casos de fraude fiscal para él y destacados miembros de su familia, notoriamente sus hijos y yerno, el afamado Jared Kushner.

Además, se aproximan los vencimientos de deudas adquiridas en el mercado internacional, especialmente en Alemania, por montos superiores a los 400 millones de dólares. Y, como se sabe, se ha declarado en bancarrota para evadir el pago de impuestos en Estados Unidos.

Es evidente que quería seguir siendo Presidente de Estados Unidos entre otras razones porque le ofrecía impunidad de estos citatorios legales y abría espacios para renegociar sus deudas impagables. Al perder la Presidencia, desaparecen automáticamente todas las barreras protectoras que tenían y lo obliga a enfrentar su realidad fiscal, legal y financiera sin atajos libres de policías a cada paso.

Pero sus problemas financieros no son las únicas razones por las que no quiere abandonar el poder. También está fascinado con la adoración de las masas que ha recibido en su tiempo en el poder. Se considera el autor y constructor de una nueva era en la historia de Estados Unidos. Por esa razón promovió la propuesta de que su rostro fuera grabado sobre la montaña Rushmore, junto con otros Presidentes reverenciados de Estados Unidos. Él decidió que es un Presidente que inaugura una nueva época y una etapa superior de vida en Estados Unidos y que, por tanto, merece todo el amor colectivo que es capaz de recibir. Se considera a sí mismo excepcional, increíble, fantástico. (Los adjetivos son los que él emplea con reiterada frecuencia, no una selección burlona del autor).

Al considerarse excepcional, no cabe en su cabeza que no haya sido reelecto Presidente. Le tiene sin cuidado las prácticas de la democracia electoral, por ejemplo. Le sirven esas prácticas cuando gana; cuando pierde, grita fraude y se niega a reconocer los resultados. Hace lo mismo con las leyes de su país: cuando le permiten hacer sus negocios las respeta. Cuando le impiden hacer y deshacer sus maniobras, se indigna, las ignora o, de plano, las viola.

En este momento, por ejemplo, está a un segundo de traspasar la raya entre una legítima petición de recuento de votos y un acto de sedición, al presionar a miembros de su partido a violar la ley para darle a él la victoria en el Colegio Electoral aunque no haya ganado la mayoría de votos en los estados. En su cabeza, un ser extraordinario como él no está normado por las leyes que rigen para el resto de la ciudadanía. Es el “excepcionalismo estadounidense” llevado a un extremo individual aberrante para un hombre trastocado en sus facultades. Por tanto, es un peligro para él mismo, para Estados Unidos y para el mundo entero.

Según informes periodísticos está contemplando ataques a las instalaciones nucleares de Irán, lo cual pudiera provocar una guerra generalizada en Medio Oriente, al igual que quiere retirar todas las tropas de la OTAN de Afganistán, lo cual seguramente provocará un baño de sangre en ese país. Es decir, quiere tomar acciones que crearán graves problemas futuros no solo para Biden, sino para el mundo entero.

Su irresponsabilidad política es asombrosa. Junto con todo ello, vino el desistimiento del gobierno estadounidense en el caso de las acusaciones al general mexicano Cienfuegos, ex secretario de la Defensa Nacional, en un acto calificado como “insólito, nunca visto antes” por toda la prensa estadounidense. ¿Cómo explicar semejante acto, aún inexplicado por unos y otros?

En México han corrido múltiples explicaciones, especulaciones y teorías. En atención a los graves problemas legales, financieros y criminales que Trump va a enfrentar después del 20 de enero próximo, es dable pensar en otra alternativa. Vi un meme donde aparece una foto de Trump con su hija Ivanka, donde ella le pregunta “¿Papá vas a ir a la cárcel? Él contesta: “No hija. Tú y tus hermanos van a la cárcel. Yo voy a Rusia”.

Trump probablemente está pensando en dónde refugiarse después de abandonar La Casa Blanca. Es creíble pensar que tiene tres opciones, por razones de cercanía con los líderes de esos países y por consideraciones de seguridad y resguardo de su persona. Esos tres países son, en orden descendente: Rusia, Israel y México.

¿Escogerá México?

POR RICARDO PASCOE PIERCE
RICARDOPASCOE@HOTMAIL.COM
@RPASCOEP


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