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Juan De Prado: El hombre que terminó en el olvido, pero que influyó en la creación del pensamiento moderno

El escritor argentino Andrés Spokoiny novela la vida del médico sefardí en "El impío"; su historia es una defensa permanente de la libertad de pensamiento

CULTURA

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Más que escrita por una mente genial, la historia está hecha por hombres valientes. La de Juan de Prado es una historia de libertad, de inconformismo y de rebeldía que bien podría ser llevada al cine. Nacido en la segunda década del siglo XVII (1614), De Prado fue un médico sefardí que perteneció al grupo de librepensadores españoles y que se ganó el mote, nada más y nada menos, que del “corruptor de Spinoza”.

Contemporáneo del filósofo neerlandés, a De Prado se le atribuye ser la mayor influencia del que es considerado “maestro absoluto de la modernidad”. Judío, convertido al catolicismo por la Inquisición, excomulgado y considerado un hereje, terminó sus días “sin pertenecer a ningún mundo” y prácticamente en el olvido.

Ese personaje de película cautivó al activista judío argentino, afincado en Nueva York, Andrés Spokoiny para escribir “El impío” (Grijalbo, 2021), novela biográfica, basada en una profunda y rigurosa investigación, que puede leerse lo mismo como una historia de aventuras que como un pasaje de la historia filosófica. A propósito del libro, el autor charló con El Heraldo de México.

-¿Cómo llegas a Juan de Prado y qué te fascinó de él?

“Encuentro a Juan de Prado un poco de casualidad, en una nota al pie de una historia de las religiones donde lo mencionan como un reformista temprano y como la persona que corrompe a Spinoza, que es uno de los filósofos centrales al que se le menciona como padre del pensamiento moderno. En esta nota me entero que hay un personaje que lo lleva por ese camino, que lo ayuda y le planta en la cabeza las ideas que tiene. Ahí empezó la tarea de investigar, por una curiosidad, a este personaje que parece tan importante, pero que también es tan desconocido. Y después, el personaje me tomó de rehén: una vida fascinante, cinematográfica, pintoresca, que transita por las grandes transformaciones y las grandes crisis que dan origen al mundo moderno. Una vez que lo conocí no pude parar”.

-¿Cómo quisiste presentarlo muchos siglos después?

“La primera pregunta que me plantee fue si la historia de este hombre tenía que ser contada en una novela, un libro de historia o en un ensayo; de hecho mi primera intención era escribir un ensayo, pero después me di cuenta que la dimensión humana de su vida, las cosas que le pasan, los problemas, los desafíos que tiene y los conflictos, las historias románticas (porque es un personaje muy pulsional) son del terreno de la novela, de la narrativa y trate entonces de describir al personaje como alguien con el cual de alguna manera todos nos podemos sentir identificados. Los dilemas que tiene son un poco exagerados pero no son distintos a los que tenemos nosotros: todos estamos entre el pensamiento mágico y el racional, todos tratamos de controlar nuestros impulsos, todos tratamos de buscar nuestro lugar en el mundo y nos preguntamos sobre nuestra identidad, lo que pasa es que Juan de Prado lo hace 300 años antes de que todas estas cosas sean lugar común”.

-¿Su historia es también la del conocimiento como forma de rebeldía?

“Yo diría que del conocimiento como forma de libertad. Algo que reivindica justamente Juan de Prado -y de ahí su modernidad también- es la libertad de acceso al conocimiento. Hay toda una parte del libro en donde se habla de cómo los estudiantes en esta época trataban de procurarse libros prohibidos, por ejemplo de William Harvey, un médico del que tratan de comprar su libro sobre la circulación de la sangre: el conocimiento es una cosa práctica que ayuda a los médicos a entender mejor el cuerpo humano, pero prácticamente es una forma de rebeldía, una forma de manifestar la propia libertad, el derecho a cuestionar, a hacer preguntas, a la duda, y eso es lo que lo anima a Juan de Prado”.

-¿Qué implicó para él asumir esa libertad?

“Implico una vida de mucha angustia, una vida de duda permanente y finalmente lo convirtió en una figura trágica. El ser humano se mueve como un péndulo, entre libertad y seguridad, en especial en aquella época, pero hoy en día también: mucha gente esta dispuesta a dejar su libertad para ganar seguridad, por eso vemos un resurgimiento del autoritarismo, del fundamentalismo religioso; la gente quiere la seguridad de las respuestas simples y fáciles. Juan de Prado no acepta eso, pero al tomar el camino de la libertad deja de lado la seguridad de pertenecer, la estabilidad, deja de lado la certeza y se embarca en una vida en donde se va hacer preguntas al final de su vida y no va encontrar certezas absolutas. Por otro lado, tampoco pide renunciar a su libertad, no se rinde al miedo a la libertad, pero paga el precio: es excomulgado, se le considera hereje, termina sus días sin pertenecer a ningún mundo”.

-¿Qué tanto influyó su condición de judío?

“Juan de Prado es parte de esos judíos secretos, de esos conversos que son forzados a convertirse al catolicismo por la Inquisición y que después practican el judaísmo en la clandestinidad. Pero obviamente no practican el judaísmo verdadero porque no se puede hacer en la clandestinidad; entonces, Juan de Prado se encuentra, mientras vive en España, en una situación en donde cree en una religión judía que no puede practicar y practica una religión que es la católica en la que no cree. Se siente plenamente judío, pero la idea que tiene esta tergiversada, por eso cuando llega a Amsterdam y puede finalmente practicar el judaísmo en forma abierta se da cuenta que tiene dudas y se hace preguntas, se da cuenta que no es lo que se había imaginado en la clandestinidad. En el judaísmo hay un constante preguntarse y reinterpretar la religión, no hay una autoridad central: Juan de Prado preanuncia la capacidad del judío moderno de reinterpretar su religión a la luz de los tiempos”.

-¿Cuál es la influencia más grande que tiene sobre Spinoza?

“Lo que hace es plantar ideas heréticas en la cabeza de Spinoza, quien era el joven judío modelo, estudiaba la universidad en la sinagoga, estudiaba para ser rabino, era una persona tímida, muy cautelosa, miedosa, que no le gustaba la controversia y Juan de Prado hace dos cosas: de alguna manera lo inicia en sus dudas filosóficas, las comparte con él y a Spinoza se le enciende algo con esas dudas. Por otro lado, también lo alienta a salir del clóset, a manifestar abiertamente sus ideas. Lo que pasa es que Spinoza es mucho más inteligente, más sofisticado y sobre todo, mucho más metódico y disciplinado. Juan de Pardo tiene ideas, pero son ideas un poco crudas, no muy desarrollas, Spinoza las desarrolla en un sistema filosófico entero, coherente, sólido, con una rigurosidad matemática, “La ética” de Spinosa es como un tratado matemático, muy estructurado, De Prado era incapaz de un pensamiento así, porque era pulsional, tiene las ideas, pero no las puede desarrollar hasta sus ultimas consecuencias y por eso Spinoza pasa a la historia y él no, pero en realidad no hubiera habido Spinoza sin De Prado”.

-¿Por qué queda olvidado y destinado a un pie de página?

“En parte es superado por sus propios discípulos, es una figura de transición, es como la conexión entre el mundo antiguo y el moderno, pero realmente los que pasan a la historia son los que cristalizan esas ideas. Cuando uno escribe historia se da cuenta que los grandes avances no suceden a partir de un gran hombre que tiene la iluminación genial, sino que surgen de todo un contexto en donde hay muchos Juanes de Prado detrás de cada revolución filosófico o científica. Rescatar a Juan de Prado es también rescatar a todas esas figuras sin las cuales la historia no puede avanzar, pero que son olvidados porque no pertenecen a la categoría de los grande hombres o de los grandes sintetizadores de las ideas. Las revoluciones terminan devorándose a quienes las causan”.

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