CÚPULA

A 100 años de su partida, el gran Caruso

Su maravillosa voz y musicalidad natural y su enorme carisma, lo convirtieron en un cantante al que se le sigue rindiendo tributo

TENOR. Enrico Caruso en el papel de M. Caravadossi, en Tosca de G. Puccini. Foto: Aimpé Dupont. Wikimedia Commons
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La ópera, ese conglomerado de artes, talentos, leyendas y estímulos para todos los sentidos es, a sus más de 400 años de vida, un espectáculo que mueve y conmueve a un apasionado público (solamente comparable con el de la “fiesta brava”), que lo vive “sin límites” con enorme entrega y fidelidad, aún en pandemia. Efectivamente, los tiempos actuales, en los que ha tenido que manifestarse a través de la bidimensionalidad de las pantallas de todo tipo de medios, la ópera ha puesto a prueba este fervor, obteniendo resultados positivos con la ayuda de las redes sociales y todo tipo de recursos cibernéticos adecuados rápidamente y desarrollados para servir como extensión de los teatros del mundo.

Entre el gran cúmulo de elementos que componen la más compleja de las formas de arte conocida, está la voz humana en primerísimo lugar. Las posibilidades expresivas de la voz y sus diferentes formas y clasificaciones serían motivo de otro texto. Baste, por el momento, decir que la voz es como la huella dactilar: única e irrepetible en cada ser humano y sus capacidades sonoras están en constante desarrollo de la mano de la evolución de la música, de los teatros y su arquitectura, de los instrumentos y de la propia ópera.

El gran maestro y coach operístico Rodolfo Celletti (1917-2004) en su libro Il Canto (1989), decía que “los cantantes son seres extraños”. Dentro de esa calificación dedicó todo un libro al que probablemente sea, por diferentes razones, el más “extraño” entre los “extraños”: el tenor. A esa rara figura del mundo de la lírica se debe una buena cantidad de razones por las que resulta fascinante la voz humana, el canto y la ópera. Los tenores son artífices de algunas de las mayores proezas de que se tiene memoria, desde Gilbert Duprez (1806-1896), a quien se atribuye la creación del famoso Do de pecho, hasta los tenores de nuestros días, entre los que los mexicanos Ramón Vargas y Javier Camarena han estado en la cima del mundo.

Es conocida la crónica que Hector Berlioz describe en sus Memorias acerca del momento en que fue testigo, por primera vez, del “Olimpo de los tenores”, del Do sobreagudo:

“… en el teatro estupefacto reinó el silencio… la sorpresa y la admiración combinadas con una sensación casi de temor…”. 

Desde entonces —dice Helena Matheopoulos en su libro Bravo (1986)— se requirió de este nuevo tipo de voces, de sonido robusto, pleno en lo más agudo del registro, y se volvió un rigor que todas las notas agudas se cantaran de pecho y no en falsetto.

En este año, recordamos a grandes leyendas de la ópera, por sus aniversarios luctuosos y natalicios. Entre ellos cuatro grandes tenores: Franco Corelli (Ancona, 2021–Milán, 2003); Giuseppe Di Stefano (Sicilia, 1921–Lombardía, 2008), Mario Lanza (Pensilvania, 1921–Roma, 1958) y Enrico Caruso (Nápoles, 1873–1921), cuya vida y legado son tan ricos que no alcanza el espacio de esta entrega para recordarlos con mayor profundidad. Por ello, las siguientes líneas serán dedicadas sólo a Enrico Caruso, a casi un mes de conmemorar el centenario de su temprana partida.

ÍDOLO. “Tributo al gran Caruso”. Foto: Gran Enrico Caruso. Wikimedia Commons.

El primer hijo, sobreviviente entre 21 hermanos, nació en el seno de una familia humilde. El pequeño Enrico tuvo sus primeros encuentros con el canto en el coro de su iglesia, actividad que compartía con estudios nocturnos y el trabajo de mecánico de su padre, durante el día. 

Su registro vocal de tonos obscuros, casi baritonales, no le facilitaron encontrar la técnica que finalmente lo convertiría en el cantante más famoso de todos los tiempos. Su carrera es una de las más impresionantes de la historia de la lírica. Desde sus inicios en diferentes teatros de Italia, entre los que destacan su gran debut en el Teatro alla Scala de Milán, con el estreno de la ópera Fedora de Giordano y las malas notas que la crítica escribió sobre su presentación de El elíxir de amor, en su natal Nápoles; la primera sería el gran lanzamiento de su carrera y la segunda el exilio artístico de su tierra, en la que decidió no volver a cantar.

Fue uno de los primeros artistas en grabar su voz y sus más de 290 discos tuvieron éxitos rotundos —con todo lo que eso significaba en los albores del siglo XX— en la incipiente industria discográfica. Sumado a esto, sus logros en la que ya entonces fuera la casa de ópera más importante del mundo: la Metropolitan Opera House, de Nueva York, en donde realizó 860 presentaciones, lo catapultaron a un estrellato mediático sin precedentes en su época. Poco conocida es su incursión en el cine, en 1918, momento de máxima popularidad en su carrera. Aprovechando este auge, fue invitado a grabar en Hollywood My Cousin (disponible en internet) y The Splendid Romance. Lamentablemente, ninguna de las dos películas tuvo éxito, no obstante, el renombre del protagonista; seguramente algo tuvo qué ver que ambas obras fueron mudas y poco contó tener en el estudio a la voz más importante del mundo.

La maravillosa voz de Caruso y natural musicalidad, su enorme carisma, la imagen del italiano inmigrante, su canto hecho a la medida de la ópera verista, que le permitió debutar numerosas óperas y hasta sus dotes para dibujar y caricaturizarse a sí mismo, son algunos de los muchos factores que se conjuntaron para convertirlo en un cantante al que se le sigue rindiendo tributo. Desde The Great Caruso (1951), donde Mario Lanza tuvo la tarea de encarnar a su legendario colega, hasta la más reciente canción Caruso, compuesta por Lucio Dalla en su honor, y que fuera inmortalizada en la voz de Luciano Pavarotti —otro grande entre grandes—, se sigue recordando al que probablemente sea el más famoso cantante de la historia.

A propósito de la canción de Dalla, ésta hace un recuento de lo que el autor imagina —a partir de lo que se sabe oficial y extraoficialmente— que pudieron ser los últimos días de Enrico Caruso. Refugiado en el Hotel Vesubio, frente a la costa napolitana, pretendía recuperar la salud perdida a causa de una pleuresía, complicada y dolorosa enfermedad respiratoria. Sin embargo, no pudo ya recuperarse, por su avanzado estado de gravedad, y el 2 de agosto de 1921 partiría de este mundo físicamente para dejar en él la resonancia de su prodigioso canto.

Por Alonso Esacalante Mendiola

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