Expedición selvática

Alrededor de 1949, Manuel Felguérez realiza un viaje, como scout, por la selva lacandona, en busca de los vestigios de la antigua civilización maya

Expedición selvática
AMIGOS. Manuel Felguérez (izq.) y Jorge Ibargüengoitia (der.) en medio de otro scout no identificado, años 40 del siglo anterior. Foto de Dos artistas en pantalón corto. Ibargüengoitia y Felguérez, scouts. Ed. La Rana. Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, 2020.

Para 1949, Manuel Felguérez abandona la Escuela de Medicina y la Academia de San Carlos, a las que asiste por entonces, para estudiar arqueología; también se “asocia” con uno de sus compañeros de clase, Jorge Wilmut, para dedicarse a la búsqueda de piezas prehispánicas y su posterior venta a coleccionistas particulares —lo cual entonces no era una actividad restringida—, al tiempo de aprovechar sus conocimientos adquiridos dentro de los scouts para realizar expediciones de mayor envergadura.

Los pormenores de una de ellas aparecen publicados a mediados de ese mismo año en sendos números de Escultismo, que publica la Asociación de Scouts de México, en una extensa crónica firmada por el artista, donde relata un viaje a las ruinas de Bonampak, descubiertas tres años atrás por el antropólogo norteamericano Carlos Frey y un fotógrafo de apellido Healy, en las profundidades de la Selva Lacandona.

—En realidad iba con Jorge [Wilmut] en calidad de acompañante de dos señoras europeas de mucho dinero que teníamos por clientas. Ellas tenían ganas de conocer las ruinas y se pusieron de acuerdo con Frey para que las recibiera allá— relataría el propio Felguérez en su estudio, décadas después.

Narra en su texto la llegada a San Cristóbal de las Casas, procedentes de la Ciudad de México, donde inician el recorrido. Les llevará una semana cubrir el primer tramo del trayecto, por los poblados de Tenejapa, Cancuc, Guaquitepec, Chilón, Yajalón y Salto del Agua. Felguérez registra sus impresiones del sincretismo religioso de la región, al contemplar el Cristo venerado en el ruinoso templo de Cancuc, ennegrecido por el humo de las velas mientras, a sus pies, varios fervorosos indígenas entonan monótonas letanías, tendidos boca abajo en el piso.

MANUEL FELGUÉREZ. Recostado en una rústica hamaca. Campamento Nacional Scout en 1941. Foto de Dos artistas en pantalón corto. Ibargüengoitia y Felguérez, scouts. Ed. La Rana. Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, 2020.

Poco a poco, el clima frío y la vegetación montañosa de las tierras altas chiapanecas se transforman en una sofocante exuberancia selvática. Recorren el tramo comprendido entre Salto del Agua y la población tabasqueña de Tenosique por vía férrea, a bordo de un armón. Un aeroplano les acortará el trayecto hasta Agua Azul, campamento maderero levantado en las márgenes del Alto Usumacinta, en la frontera guatemalteca, donde visitan las ruinas de Yaxchilán.

De vuelta a Agua Azul, el scout y sus acompañantes aguardan la llegada de otro aeroplano que los acercará a Bonampak, y que aterriza luego de varios días de espera: es un aparato de la Secretaría de Comunicaciones, donde viaja el propio Frey, inmerso en los preparativos para recibir a la expedición enviada por el Instituto de Bellas Artes para estudiar las ruinas y sus deslumbrantes murales, para lo que Felguérez lo ayudará a acondicionar la pista de aterrizaje en un descampado, donde aterrizan los funcionarios semanas después.

Terminada su labor, el grupo inicia tres días de caminata soportando el calor y asedio de los insectos, pescando, cazando y recolectando frutos.

La selva decide jugarle una mala pasada al artista zacatecano en esa parte del trayecto:

—Desayunamos ligeramente y a las cinco de la mañana emprendemos el camino hasta ya entrada la tarde sin comer nada, pues no encontramos agua y el arriero que lleva las provisiones se ha adelantado. A eso de las cinco de la tarde veo a un lado del camino unos mameyes tirados y los voy a recoger.

Regreso sobre el camino y sigo en busca de mis compañeros durante diez minutos y al no alcanzarlos me entra el temor de haberme perdido. Al llegar a un arroyo seco veo que no hay huellas de mula y sí en cambio una que puede ser de chango o de perro, pero que a mí, me parece de tigre.

Decido regresar corriendo y pensando con calma descubro un lugar en el que recuerdo haber ido con ellos. En este momento empieza a entrar la noche y con ella toda la sinfonía del crepúsculo de la selva, mientras yo estoy con el oído alerta para ver si oigo gritos de mis acompañantes. Alguien me grita y contesto repetidas veces, pero me convenzo que la voz es de algún ave de la selva. Al rato empieza el zumbido de las chicharras, pero por miles, y el zumbido que oigo, ya no sé si es en la selva o dentro de mis oídos.

Poco a poco empieza a cesar ese ruido a medida que entra la noche, ese ruido que tan hermoso me había parecido en otras ocasiones y tan infernal en ésta. Cuando estoy por dormirme oigo un grito gutural. Contesto y me contestan. Entonces apago mi fogata, me pongo la mochila y corro en esa dirección y al doblar un recodo de la selva encuentro dos extraños seres humanos alumbrados por unas antorchas que con voz cavernosa me llaman “Manuel”.

Ante su sorpresa y regocijo, se topa con dos “ídolos vivientes”, que parecen extraídos de los bajorrelieves mayas. Se trata de una pareja de lacandones seguidos del propio Frey, quienes salieron en su búsqueda.

Por fin el scout arriba al “caribal”, con sus chozas sin paredes donde sus habitantes cuelgan sus hamacas para dormir y cocinan las piezas cobradas en la selva con escopetas y flechas. Luego de convivir algunos días con ellos, recorre el trayecto final a su destino para admirar las numerosas figuras dibujadas un milenio atrás sobre las paredes de aquellos templos abandonados en la selva. Al final de su crónica hace mención de una noticia que, pocos días después de su retorno, conmocionara a la opinión pública mundial: la muerte de Frey ahogado en el cercano río Lacanjá, durante la expedición de Bellas Artes cuyos preparativos ayudará a ultimar el zacatecano.

Un detalle final llama la atención de la aventura: para observar los frescos en todo su esplendor se “avivaban” los colores con petróleo frotado sobre su superficie, lo que pasado el tiempo resquebrajó algunas secciones por la resequedad derivada. La Enciclopedia de México consigna el hecho, calificando a sus responsables como “visitantes imprudentes”.

Por Arturo Reyes Fragoso


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