El repartidor

El viacrusis contemporáneo de un migrante nos muestra otra cara de la navidad

El repartidor
CALLE LARIOS. Málaga, España. Navidad 2019. Wikimedia Commons.

Jesús Cristo Reyes era otro mojado más. De cabellera densa y oscura, producía a los gringos una burla en vez de sonrisa en los labios. Era la mofa de un guardia de seguridad que lo vio caer, vistiendo los colores de la empresa y con su reparto color caja. El traje se le humedeció por completo y en la caja se esparció una mancha oscura de agua sobre cartón. Pinche pendejo, no estuviese chambeando te rompo la madre, pensó mientras avanzaba hacia el centro comercial.

Adentro, las luces y el trajín se le hicieron eternos. Por todas partes leía cosas para él impronunciables. Merry Christmas, America runs on dunkin, Santa’s elves offer. Algunas viejas iban y venían canturreando villancicos de ningún lugar. Filas se formaban en las escaleras eléctricas para subir los niveles. Intentaba abrirse paso entre el gentío a manera de un rompehielos en el Polo Norte. I’m lovin it, 50% off winter sale, think different. En medio del tumulto y los anuncios recordó a su patrón, un chicano que solía hablarle en inglés. La imagen de este tendiéndole la lista de repartos volvió a él. Trabajas doble turno, güey –le dijo al marcar tarjeta–. ¡A darle que es mole de olla!

Cuando regresó del recuerdo, notó que la etiqueta de la caja se había emborronado con el golpe a la entrada del centro comercial. Intentó buscando el destinatario en otra esquina del encargo, pero nada. Pasó sobre el código de barras el lector, sin lectura. ¿Quién chingados pide reparto en medio de un centro comercial? La gente alrededor tosía. Algunos se topaban por el hombro e insultaban con sus bolsas de compras al vaivén. ¡Fuck off, you piece of shit! Jesús Cristo Reyes buscó y buscó por todos lados, pero el arca ya no tenía nombre.

Una idea cruzó por su mente. Necesitaba salir de esta sin atrasarse más; una larga noche de reparto le esperaba. Buscó una banqueta y se abrió camino hasta pararse sobre ella. Desde la altura vio el mar de cabezas surcando los pasillos. De seguro ahí el destinatario lo vería. Abrió los brazos bien anchos, cada uno para su lado y con una mano en la caja, esperando que quien fuera lo viese como tenía que verlo.

El trajín pasó a murmullo y el murmullo a griterío. En la altura, la figura enhiesta del repartidor, obrero abnegado, causó alboroto. Los que estaban cerca se echaron todos a reír.

De entre los gritos un hombre apuntaba una taser gun hacia Jesús, que respiraba con témpanos en la garganta. ¡Pinches güeros desquiciados! Sir, I need you to slowly put your hands down. Algunos le escupían a la cara, algunas le golpeaban con la madeja de bolsas de compras. Sir, I’m not gonna repeat it, put-your-hands-down. Un disparo ensordecedor quebró definitivamente el hielo. De pronto, sintió como una lanza entrando por el pecho y todo oscurecerse alrededor.

Por Bastián Besnier Di Biase


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