LA NUEVA ANORMALIDAD

¿Vale pito?

Ser feminista o estar comprometido con la diversidad difícilmente es cosa que se agote en un criterio anatomicista

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La nueva anormalidad / Opinión El Heraldo de México

En Gender Trouble, Judith Butler postula el género como algo cuyarelación con lo anatómico no es sino tangencial, que resulta en buena medida un constructo cultural –somos hombres o mujeres no sólo por tener pene o vagina sino por cómo fuimos educados, hablamos, nos vestimos, nos inscribimos en la sociedad– pero que, además, no es necesariamente absoluto ni fijo: los seres humanos nos sentimos más o menos masculinos y más o menos femeninos, y esa masculinidad y esa feminidad que coexisten en nuestra identidad y la conforman no son estáticas; hay temporadas en que nos experimentamos más masculinos y otras en que lo femenino tiende a privar en nosotros, con independencia de nuestro sexo anatómico –ése sí fijo, salvo intervención quirúrigica– o de nuestra orientación sexual –otra variable que puede sufrir modificaciones en el tiempo, aun si no por fuerza atadas a nuestra identificación de género.

Quien encuentre la teoría butleriana del género difícil de comprender no tiene más que voltear al entorno cultural contemporáneo para verla puesta en acto.Cada que alguien se identifica como de género no binario. Cada que nos enfrentamos a un formulario que en la casilla “género” ofrece además de “masculino” y “femenino” una opción como “otro” o “prefiero no decirlo”.Cuando vemos en las pasarelas de moda prendas unisex o gender fluid. O cuando Ezra Miller –quien se rehúsa a asumir una identidad de género, rechaza incluso la etiqueta queer por resultarle demasiado estrecha, y acepta ser nombrado con pronombres tanto masculinos como femeninos– aparece con tacones y rabo de conejita en la portada de Playboy. Todas esas instancias validan la idea de que el género es asunto cuando menos complejo pero también de que su problematización, necesaria para que toda persona pueda vivirse y vivir en libertad, deberá trascender la identificación del género con el mero sexopara ser eficaz.

Si todo esto me viene a la mente es a la luz de la queja recurrente en nuestros tiempos ante cualquier foro de discusión –no digamos ante cualquier órgano colegiado– que no presenta un número equitativo de personas con pene y personas con vagina: que el encuentro u organismo acusa discriminación de género.

Ser feminista o estar comprometido con la diversidad difícilmente es cosa que se agote en un criterio anatomicista, ése que reduce la equidad a penes y vaginas. El feminismo, idea de mundo vigente e importante, pasa por reconocer a las minorías, por pensar y defender lo femenino sin importar el sexo anatómico de quien lo enarbole. Discutir esa agenda y propugnar por esa cosmovisión es urgente en un mundo lastrado por la inequidad; limitarla al sexo de quienes lo hagan, sin embargo, no es sino reducir un asunto complejo y fascinante a los códigos reduccionistas de la cultura patriarcal.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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