MISIÓN ESPECIAL

Los que se fueron

Se fueron, víctimas de la COVID-19, amigos y familiares entrañables. Todos hemos perdido a alguien que significó mucho en nuestras vidas. Les rindo homenaje. Porque si te recuerdan, nunca mueres

OPINIÓN

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Martha Bárcena Coqui / Misión Especial / Opinión El Heraldo de México

Esas pérdidas nos hacen conscientes de que lo verdaderamente importante en la vida es tener la oportunidad de compartir con aquellos a los que amamos, en una sociedad segura, justa.

Se han ido, víctimas de la COVID-19, familiares, amigos y colegas entrañables. Nos quedamos con una conversación a medias, una llamada telefónica no realizada, un reencuentro no concretado, un intercambio de vivencias que quedará siempre pendiente.

Se agolpan las memorias de momentos compartidos, de encuentros y desencuentros, de agradecimiento a su amistad, generosidad y cariño.

Si Coral Mesina Canet no hubiera existido, hubiera sido necesario inventarla. Una mujer apasionada por su familia, su música, México y sus trajes típicos, por las artesanas que iban a su casa a exponer y vender los huipiles que lucía soberbiamente a diario y que, gracias a ella, yo también mostré por el mundo con igual orgullo.

Coral era pianista y compositora. Tenía una gran disciplina para practicar por horas, en particular la música de su admirado Bach. Tuve el privilegio de que, durante mi gestión como embajadora ante el Reino de Dinamarca, diera un concierto y expusiera una muestra de su colección de trajes tradicionales y huipiles mexicanos.

Coral era un volcán de emociones, capaz de agotar a cualquiera. Extrema en sus opiniones, en sus sentimientos, pero de gran corazón. Vestida y peinada al estilo de Frida Kahlo, llamaba la atención donde quiera que fuese.

Rafael Canet era un ser familiar, cariñoso, simpático, amante de la cacería. Gozaba viajar, conocer, disfrutar la comida de todos los países. Lo recuerdo subiendo las pendientes de Estambul, a la vez que admiraba el azul del Bósforo. En los países nórdicos disfrutó el alce, el reno, el venado. Conocía la Ciudad de México y Coyoacán como la palma de su mano y el negocio de las refacciones textiles que heredó de su padre y abuelo. Compartir con él era sinónimo de historias, risas y buenos momentos.

Walter Astié Burgos era muy respetado en la Secretaría de Relaciones Exteriores cuando ingresé al Servicio Exterior. Especialista en relaciones bilaterales México-Estados Unidos, fue también director del Instituto Matías Romero y mi antecesor en la embajada de México en Dinamarca. Ahí fundó el Instituto Cultural de México y la Asociación dano-mexicana. Pintó las paredes de la casa de México con colores brillantes y alegres para compensar los meses de invierno grises y oscuros. Extrañaré sus conocimientos, su cultura, su conversación y sus artículos críticos.

Raphael Steger Cataño, otro diplomático de carrera serio y profesional. Controvertido en ocasiones por su fuerte carácter. Fue embajador en Arabia Saudita y uno de mis antecesores en Turquía. Conversamos largamente sobre ese maravilloso país y la poca atención que México prestaba a esa parte del mundo dónde hay tantas oportunidades.

Walter y Raphael compartían la vena académica. Quizás por eso siempre me identifiqué con ellos. A lo largo de su carrera continuaron estudiando, luego formaron nuevas generaciones de diplomáticos y fueron profesores en la UNAM y la Universidad de las Américas.

Conocí al Padre Rector de la Universidad Iberoamericana, Saúl Cuautle Quechol, durante los encuentros vía zoom de los egresados de la UIA dispersos por el mundo. Gracias al esfuerzo de su equipo y de exalumnos, se formaron núcleos de exUIA en diversas ciudades en Estados Unidos. El Rector nos animó a seguir fieles a los valores y la educación jesuitas. A pugnar por un México más justo, igualitario, comprometido con los derechos humanos.

Todos eran seres entrañables, con un profundo amor por México, por su familia y amigos. Ya los extrañamos.

POR MARTHA BÁRCENA COQUI
MARTHA.BARCENA@ELHERALDODEMEXICO.COM 
@MARTHA_BARCENA

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