Tratados internacionales y bipolaridad

Hay lógica en la conducta bipolar de López Obrador. La lógica se anida en sus fantasías. Una fantasía es la lógica del paranoico: mis enemigos me quieren destruir

Tratados internacionales y bipolaridad
Ricardo Pascoe Pierce / Mirando al otro lado / Opinión El Heraldo de México

El actual gobierno de México enfrenta dos discusiones sobre sus tratados internacionales con Estados Unidos con criterios radicalmente diferentes. Me refiero al Tratado de Aguas de 1944 y al T-MEC signado apenas el año pasado, por este gobierno que ahora lo cuestiona.

La situación creada por el agua repartida entre Estados Unidos y México se ha regulado desde la firma del Tratado de Aguas en 1944 con un instrumento que, a través de los años, ha mostrado ser inteligente y útil para México. Es un tratado inteligente porque es flexible. La Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) ha servido durante más de 120 años como el instrumento de negociación y regulación de la aplicación de los compromisos adquiridos por ambos países bajo los criterios de los diferentes tratados y convenciones que han acordado ambos gobiernos y dando solución a los diferendos que han surgido a lo largo de los años.

Los conflictos por el reparto del agua entre México y Estados Unidos siempre han surgido debido a periodos de larga sequía en el norte del país. Y siempre ha habido la capacidad de negociación y resolución del conflicto, dentro del marco de la ley y con un espíritu de conciliación entre las naciones. De hecho, el último de estos conflictos ocurrió en 2001. Lo relató recientemente Enrique Berruga Filloy, quien fuera subsecretario para América del Norte en esa época, y encabezó el grupo de negociación, en un artículo en El Universal (17/09/20). Señaló Berruga, pensando en el conflicto reciente, que “se necesita actuar con base en un plan que siente a la mesa a los cuatro estados ribereños de México, a las autoridades estadounidenses y a la Comisión de Límites y Aguas”. Así de simple.

En vez de buscar una negociación con Estados Unidos y defender a los agricultores mexicanos, el gobierno de López Obrador la emprendió contra los agricultores nacionales, al grito de “debemos ser serios y cumplirle a Estados Unidos”. Mandó a la Guardia Nacional a controlar las presas y reprimir a los agricultores. Mataron a Jessica Silva en el acto. Usaron a la Unidad de Inteligencia Financiera de la SHCP para castigar con el congelamiento de cuentas bancarias, tanto a líderes del movimiento (algunos con un total de 26 mil pesos en sus cuentas), como a gobiernos municipales, como el de Delicias, impidiendo que cumplieran con sus compromisos ante la población en general.

Poco importándole al Presidente y la Guardia Nacional tener las manos manchadas de la sangre de una mujer inocente, siguieron adelante con su idea: reprimir a los mexicanos, y cumplirle a los americanos. Cuando por fin entendió el gobierno que se tenía que negociar el conflicto con Estados Unidos —como siempre se había hecho—, el presidente López Obrador le agradeció al presidente Trump su flexibilidad y “conmiseración” con México, para resolver el asunto a pesar de la terquedad de los agricultores mexicanos.

Mentira: Trump ni siquiera intervino, pues estaba, y está, en su COVID y campaña. No; se resolvió por las vías institucionales normales. Lo increíble es que el gobierno de México, lleno de resentimientos y fantasías ideológicas mal concebidas, prefirió atacar a sus “opositores” mexicanos y fingir una graciosa concesión estadounidense hacia nuestro país, sabiendo que es absolutamente falso. Una expresión más de la perversidad del populismo y su nacionalismo desubicado.

En el otro caso, un grupo de legisladores estadounidenses republicanos y demócratas enviaron una carta al presidente Trump pidiéndole presionar a López Obrador para cambiar su política energética que está afectando a inversiones estadounidenses en México. Esas inversiones se hicieron de conformidad a la legislación vigente, misma que se ratificó en la firma reciente del T-MEC que hizo este gobierno. Ahora el gobierno mexicano quiere modificar todos los acuerdos tomados previamente, para impulsar su idea central sobre la industria energética, cuya tesis afirma que debe pertenecer única y exclusivamente al sector público. La política energética del gobierno de López Obrador es excluir a la inversión privada del petróleo y la electricidad. El pequeño detalle es que este gobierno aceptó mantener todas las legislaciones aperturistas en el sector energético cuando firmó el T-MEC hace unos cuantos meses, firma otorgada incluso “con entusiasmo”.

El Presidente quería hacer los cambios a lo ladino, sin hacer ruido hasta que alguien lo descubriera. Pues ya se le descubrió. Tan es así que la barra de abogados de Estados Unidos, observando cómo el gobierno somete al Poder Judicial a su voluntad política, alega que el Estado de derecho en México está en peligro de desaparecer. Como respuesta, el presidente mexicano ahora sí agita la bandera del nacionalismo y arremete contra el intervencionismo estadounidense.

No defendió a los agricultores chihuahuenses, pero vaya que defiende su refinería en Tabasco. Y como defiende su modelo extractivista económico en el sector energético: carbón, combustóleo, gas. ¡Olvídense de energías renovables!

El gobierno anuncia que va a cambiar la Constitución en materia energética, recuperando la soberanía sobre el petróleo. Nos propone una vuelta al pasado, cuya lógica económica no tenía nada que ver con la situación actual, de una economía mexicana globalizada y dependiente de productos manufacturados, no de materias primas, como el petróleo. Impulsa un modelo económico basado en una política extractivista de materias primas, principalmente el petróleo, que es una concepción que viene del siglo 19, o antes. ¿De verdad nos va a llevar a un conflicto con Estados Unidos para defender ese modelo?

En este caso, lo que propone López Obrador es reabrir el T-MEC para cambiar todo lo que estipula sobre el sector energético mexicano. ¿Reabrir el T-MEC con Biden como Presidente?  ¿Con esos demócratas que promueven las energías limpias, la defensa de los derechos humanos, la libertad de prensa y los inspectores laborales en México, según lo pactado en el T-MEC? No lo creo.

Los demócratas ven con reservas a México y especialmente a López Obrador por su abierto apoyo a la candidatura de Trump. La apuesta mexicana parece destinada al fracaso. Vendrá un gobierno que no aprecia a los gobiernos populistas y autoritarios, y menos después de Trump. Así que cuidado Juan Trump.

Hay lógica en la conducta bipolar de López Obrador. La lógica se anida en sus fantasías. Una fantasía es la lógica del paranoico: mis enemigos me quieren destruir. Viene del sur-sur mexicano y cree que todo lo del norte lo quiere destruir. De ahí el odio a los chihuahuenses. La otra fantasía es el supuesto héroe encarnado en él, el que rescata el petróleo y enfrenta al enemigo externo, con la misma astucia del General Cárdenas. Por esto se compara a sí mismo alternativamente con Hidalgo, Juárez, Madero, Cárdenas y, ¿por qué no?, con Jesucristo.

¿Suena psiquiátrico el caso? No lo sé, pero la bipolaridad que muestra en la política exterior sí nos va a perjudicar, gravemente.

Por Ricardo Pascoe Pierce

ricardopascoe@hotmail.com

@rpascoep


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