El avestruz

Como parte de la serie de creaciones de La tertulia del Convento, el autor realiza un viaje para admirar al ave más grande del planeta

El avestruz
EL AVESTRUZ. Como parte de La tertulia del Convento, el autor realiza un viaje para admirar al ave más grande del planeta. Foto: Especial

Prólogo

En mis laberintos hubo alguno que crucé en la mañana de cierta jornada laboriosa. Entonces me entregué al desierto australiano en procuración de las aves del género mayor. Encendida la imaginación, aguardé largas horas. Al cabo, mi espera tuvo el premio apetecido: un avestruz, orondo y legendario. Contemplé su andanza y registré su inminente correría. Ni encontré su huella ni supe su destino. He aquí mi relato.

Deseoso de saber las maravillas de la ornitología, acudí a la llanura donde prospera el avestruz, grave prodigio. Tomé el avión de las 5 para Londres, y a las 5:30 ya (eso será, cronista de mi juventud, cuando tu higuera reverdezca) apuraba el té rodeado por damas voluptuosas en un parador de turista acaudalado.

Sin sobremesa, compré vituallas para la excursión: lentes de largo alcance, tienda de campaña, redes extensas, lámpara de luz sorda, revólver de buen calibre y ultramarinos a granel. El equipaje humilló a los mozos de la estación. Al filo de las 8, en medio de insectos voraces y sobre la ruta de supuestos laberintos subterráneos, instalé mi campamento en una planicie espectral. ¡Oh dicha de la soledad nocturna, hermética y silenciosa! ¡Oh maravilla de mí, metropolitano de una ingrata encrucijada, transeúnte entre el insomnio inquieto y el probable avestruz del alba! ¡Oh!

Desperté con la madrugada, cursi y transpirante. Salí de la tienda. Agudo escarabajo en una llanura despojada, monté mi atalaya sobre una roca. Luego, como Robinson de ida y vuelta a la nave extenuada, en busca de provisiones para una larga permanencia, me tendí a observar. Los terceros o cuartos rayos del sol (porque los primeros cayeron entre el sueño y la vigilia) se concertaron sobre esta frente dórica que me ha salvado en el trance de la mediocridad.

Temprano sorprendí al primer avestruz. Una vez fotografiado en cuantas poses me quiso dedicar, recuperó el trote aventurero y se alejó. Quizás lo movían urgencias que yo sería el primer hombre en conocer. Después llegó un segundo visitante. Accedió a mis requerimientos con la misma complacencia de que hiciera gala su predecesor.

Luego se presentaron muchos otros, quizás centenares, que brindaron sus flancos redondos, sus alas escuetas, su cabeza breve, su cola sumaría al regocijo de mi cámara fotográfica. Y hasta hubo alguno que, obedeciendo a una extendida publicidad, fungió pánico ante amenazas imaginarias y ocultó la cabeza en la tierra.

Al llegar la noche pensaba en el título de mi futura comunicación a las academias: probablemente algo tan elocuente y esencial como “La vida del avestruz”. Sin duda —pensé, ahíto de fortuna—, media docena de universidades me honrarían con cátedras y doctorados. En esas estaba, antes de que el sueño me ganara, cuando llegó un avestruz rezagado. Grotesco, descomunal, no parecía reservar sorpresas inéditas. Dejé a un lado la cámara y me senté a examinarlo con aire de investigador satisfecho, mientras el ave buscaba la caravana de sus diligentes congéneres.

Supongo que halló la pista y calculó la distancia alarmante que le separaba de su comunidad. Indagó estelas remotas, a izquierda  y derecha. Erguía la cabeza minúscula, coronando con aspavientos el cuello largo y desplumado. La luz de la luna encendía su plumaje ralo. Echó a caminar con paso de plomo, pensativo y denso, en una marcha de carruaje acorazado. Luego su paso se hizo rápido y apresurado.

Ensayaba el principio de una carrera prolongada. Devoraría kilómetros, pensé, con zancadas inverosímiles. El avestruz agitó las alas de pollo apremiado. Y corrió, corrió más, en una fuga deslumbrante. Así surgió el milagro: volvió a agitar las alas, con increíble velocidad, y alzó el vuelo. Atónito, sentí escozor en los ojos, que froté sin compasión.

El avestruz ganó el rumbo ligero del cielo. El cuerpo inmenso, enfilado por la cabeza menuda y redonda, viajaba hacia el oriente. Las alas de un palmo condujeron la desaparición del espejismo. Entrado en un mar de nubes gigantescas, el avestruz se perdió al cruzar el disco de la luna. Un reflejo satinado lo colocó en el centro de la confabulación  de estrellas.

¡Oh dicha de la soledad nocturna, hermética y silenciosa!

Oklahoma es grande y prodigiosa. En un recodo de aquella inmensidad progresa mi Oklah Farm. Millares de aves —gansos, gallinas y pavos suntuosos— proclaman su disparatario jubiloso. Embargado todavía por el recuerdo del avestruz, volando contra lógica en el firmamento australiano, acecho a las más robustas gallinas de la hacienda.

Con secreta suspensión del alma, aguardo confiado el momento en que alguna emprenda un vuelo fantástico. Entonces me aferraré a sus patas y acabaré por confundirme con las nubes, asido a una solemne gallina voladora.

Epílogo

Criador de aves, dominado por el síndrome del avestruz, paso la vida en mi granja de Oklahoma, soñando parajes australianos. Ninguna gallina ha intentado levantar el vuelo. Consumen sus horas entre pequeños saltos y constante cacareo. Pero no desmayo. Las observo. Algo me dice que volverá a ocurrir. Estaré preparado para asirme a la gallina voladora que me lleve al paraje donde mora el avestruz.

Por Sergio García Ramírez

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