Beethoven 2020, los fundamentos de su fama

Hay etiquetas que lo reconocen como uno de los mejores compositores de la historia y lo sitúan entre las mayores potencias creativas

Beethoven 2020,  los fundamentos  de su fama
La fama de Beethoven no se limita al ámbito musical ni se circunscribe al pasado. Foto: Especial

La obra de una figura titánica en el quehacer musical como Beethoven sería suficiente para explicar su trascendencia 250 años después de su nacimiento. Pero hay personajes, como el compositor, pianista y director de orquesta, nacido en Bonn, Alemania, el 17 de diciembre de 1770, que se configuran de forma aún más compleja y mitificada. Ludwig van Beethoven ostenta diversos créditos en las esferas de la fama.

Hay etiquetas que lo reconocen como uno de los mejores compositores de la historia y lo sitúan entre las mayores potencias creativas de la humanidad, y le ubican como uno de los primeros artistas no sólo freelance, sino independientes —dotado de irreverencia— al poder que acotó la voluntad de numerosos colegas en el pasado, y que aun así, logró ser financiado por su trabajo musical, como le ocurrió en Viena, a finales del siglo XVIII y en las primeras décadas del XIX. 

Beethoven también acarrea fama como un intérprete y compositor que, si bien era consumado exponente de las formas clásicas, fue lo suficientemente romántico —o revolucionario, si se piensa en términos más provocadores— para nutrirlas, remecerlas o redefinir los parámetros de todo un género o instrumento. Ello a través de su genio, capacidad técnica y un temperamento tempestuoso.

La inclusión de la voz cantada en una sinfonía, por ejemplo, es un aporte astronómico —en su momento impensable, insolente y descabellado incluso en términos financieros—; sin él, resultaría incompleto el rostro de compositores ulteriores tan disímbolos como Berlioz, Mahler, Shostakóvich o Górecky

A través de su incursión musical, retomada en páginas de la historia artística, libros, pantallas de cine y televisión, en una generosa disco y videografía que alienta su programación diaria en escenarios del mundo, Beethoven es reconocido como el famoso autor de piezas referenciales, en cada género que abordó.

La fama de Beethoven no se limita al ámbito musical ni se circunscribe al pasado. Aun en décadas recientes, el impacto de sus composiciones ha llegado a los primeros sitios de la revista Billboard, entre otras razones por el celebrado soundtrack de la película Immortal Beloved (1994) de Bernard Rose, protagonizada por Gary Oldman; o la cinta de Agnieszka Holland, con Ed Harris, Copying Beethoven (2006).

En rigor, Ludwig no fue un niño prodigio, como lo fue Mozart, pero su fuelle, creativo y caudaloso, se dispararía en el segundo y tercer periodo de su vida creativa. En el primero de ellos —en el que tuvo a diversos maestros: su padre, varios de sus amigos, y en especial Christian Gottlob Neefe, quien lo motivó para dar el salto de intérprete a compositor—, Beethoven pudo aprender y catar las fórmulas clásicas que habría de intervenir con su talento y determinación artística.

Ludwig no fue un niño prodigio, como lo fue Mozart. Foto: Cortesía

Además de oberturas, su ópera Fidelio y otras obras concebidas para la escena, el aquilatado catálogo beethoveniano incluye 16 cuartetos de cuerdas, nueve sinfonías, 32 sonatas para piano, cinco conciertos para piano, 10 sonatas para violín y piano, música sacra, canciones y coros. A partir de sus 30 años (de frente a problemas de audición que lo arrastrarían por la angustia de un destino trágico, incluida la incomprensión artística, los chubascos familiares, el desprecio amoroso y la enfermedad), la obra de Beethoven cobró relevancia de tintes heroicos. Constituyó una segunda etapa creativa preñada de romanticismo y epicidad indomable, con aportaciones precisas a las formas clásicas de las que partió y que allanarían el camino para autores futuros.

La madurez de su tercera época compositiva, cada vez más afectado como intérprete, huraño, solitario y con múltiples padecimientos, resplandecería hacia el final con un dominio técnico absoluto, que permitió una profunda transformación sonora y espiritual, una vez superadas las tormentas mundanas.

A partir de ello, la vida de Beethoven no sólo puede contarse con pasajes estrictamente biográficos, sino que, en cada etapa vital o de creación, pueden encontrarse aspectos de atractivo humano, artístico y social. 

Su mítica figura es tan narrable como sus procesos de creación, su labor en la capital musical austriaca, su inigualable independencia o su abismo trágico a la sordera; o como las insoportables dolencias de estómago y las cefaleas recurrentes que lo minaban, pero que sólo hasta el borde de la muerte pudieron acabar con una naturaleza creadora de su envergadura.

Sus admiraciones, secretos y dedicatorias, sus momentos depresivos que contemplaron la miseria de su destino e incluso el suicidio, como consta en el Testamento de Heiligenstadt, son sustantivas premisas para comprender su inspiración y aproximarse a un personaje fascinante y admirable.

Porque por más o menos que se le conoce, a Beethoven se le mira hacia arriba; está en lo profundo, se divisa en lo universal y en la enigmática genialidad; es decir, se le intuye como un personaje único e irrepetible. Es probable que mucho de lo que se supone de Ludwig van Beethoven pertenezca al terreno del mito; a ese umbral en el que lo estrictamente humano y comprobado se funde con el resplandor portentoso de la ficción, con lo que no hay forma de afirmar con certeza o desmentir con reservas.

Así son esa clase de figuras cúspides de la humanidad que se transforman en mesías, en dioses, en leyendas, que se nutren de la imaginación, de la fe, de la necesidad de creer que existen entre nosotros y nos iluminan como faros en la mundana existencia.

En el caso de Beethoven, con numerosas biografías más o menos aceptadas durante años, aunque con claras limitaciones de raíz, hay interrogantes abiertas que seguramente jamás se resolverán. 

¿De qué murió? ¿Un cabello de su frondosa y salvaje cabellera puede descifrarlo? ¿Recibía terapias médicas heterodoxas, bebía brebajes infortunadamente tóxicos con ansias de sanar sus males físicos? ¿Quedó completamente sordo? ¿Tiene algún sentido deconstruir su espíritu? ¿Quién fue su amada inmortal? 

Los secretos de Beethoven se encuentran en su expresividad sonora, en la inagotable riqueza de su obra musical. Y esa, por fortuna, sí quedó a nuestro alcance, es vigente y continúa brindando significado a un arte, a un mundo, a la humanidad, 250 años después del nacimiento de su autor. 

Ludwig falleció el 26 de marzo de 1827, a los 56 años de edad; un 26 de marzo, curiosamente, como el día que ofreció su primer concierto al público cuando era niño, en 1778.

Por José Noé Mercado


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