COLUMNA INVITADA

Inteligencia artificial y privacidad

A cincuenta y cuatro años de distancia tiempo sigue latente una preocupación: qué hacer con la inteligencia artificial y el resguardo de la privacidad

OPINIÓN

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Juan Luis González Alcántara / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de MéxicoCréditos: Especial

El clásico norteamericano de ciencia ficción, Philip K. Dick, preguntaba en forma inquietante en uno de sus libros más conocidos si ¿los androides podían soñar con ovejas eléctricas? Así es, este autor se adelantaba –entre la ficción y la preocupación– qué hacer con la inteligencia artificial. La solución que encontramos en la narrativa de este cuento corto no es la más afortunada para estas entidades antropomorfas.

A cincuenta y cuatro años de distancia tiempo sigue latente una preocupación: qué hacer con la inteligencia artificial y el resguardo de la privacidad. Si Mark Twain estaba en lo correcto, la verdad es más extraña que la ficción, pues en la actualidad nos enfrentamos a una realidad emparejada con la virtualidad, donde nuestra privacidad se ve amedrentada por las nuevas tecnologías o disminuida por nuestra complicidad con las redes sociales.

La aparición de las llamadas nuevas tecnologías de la información y comunicación aportan nuevos y numerosos problemas relacionados con la privacidad. Y sobre todo, con la misión de resolverlos. Hemos pasado del expediente físico engorrosamente lleno de papel –como la causa penal imaginaria del joven Raskólnikov en Crimen y castigo– a los expedientes electrónicos del Big Brother de la distópica y orwelliana 1984.

Aún así, nos quedamos cortos. Temas como la Internet nos pone en serios aprietos: desde cómo lograr un efectivo control preventivo hasta cómo sancionar a los trasgresores de la privacidad, en resumen, tareas propias del juez imaginario que el filósofo Ronald Dworkin llamó Hércules.

El problema se vuelve más complejo si se introduce la variante relativa a la inteligencia artificial, suma de algoritmos implantados en máquinas en la misma tesitura de las capacidades humanas, incluso, por encima de ellas. Ideas vueltas realidad sobre el “superhombre” de Nietzsche y aterrizadas en un mundo contemporáneo altamente tecnologizado.

Dilemas éticos, como los que plantea Philip K. Dick, en relación con la inteligencia artificial; o religiosos, según Isaac Asimov. Pero sin fantasear en el mundo literario, los dilemas jurídicos nos ponen los pies sobre la tierra: ¿cuáles debe ser la relación de la inteligencia artificial y la privacidad? ¿qué sucede si la inteligencia artificial vulnera la privacidad de las personas? ¿quién es el responsable de salvaguardar la privacidad: las empresas robóticas, la fuente humana originaria o el autómata –como en La máquina de ajedrez, de Robert Lörh–?

Sin duda, esta realidad ofrece más preguntas y retos, a los que hay que responder y afrontar. Como nuevos Prometeos, diría Mary Shelley, habrá que confrontar como seres humanos a nuestras propias creaciones, incluso aquellas que resulten en monstruosidades.

Para muestra, recordemos la clasificación que sobre inteligencia artificial ha hecho el profesor Stuart J. Russell en sistemas: que piensan como humanos, que actúan como humanos, que piensan racionalmente y que actúan racionalmente.

Con lo anterior, dejo una pregunta: ¿sistemas que sientan como humanos? Tal vez, hasta es posible que sueñen con ovejas eléctricas.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA
MINISTRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN

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