FUERA DE TONO

La terrible historia de José Eduardo Ravelo

Al llevar el féretro de su hijo ante el Palacio de Gobierno en Yucatán, Dora María creó un nuevo repertorio de movilización

OPINIÓN

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Hernán Gómez Bruera / Fuera de Tono / Opinión El Heraldo de México

El 22 de julio, Dora María Echeverría, una mujer de escasos recursos en Veracruz, recibió desde Mérida una llamada alarmante de su hijo de 23 años, José Eduardo Ravelo, quien había marchado a esa ciudad cuatro meses atrás. 

En la capital de un estado supuestamente seguro, la policía municipal lo había detenido con el argumento de que parecía “sospechoso”. Las razones —hoy lo sabemos— no fueron otras que su apariencia física y su manera de andar… homofobia pura. 

El joven, que se dirigía a una entrevista de trabajo, se veía tan indefenso que seguramente a la tira le pareció fácil levantarlo. 

Primero un policía le bajó los pantalones y lo violó. Luego otro hizo lo mismo. Después otro y otro más. Como muchos otros hombres en este país, los elementos de la policía decidieron utilizar sus penes como armas para hacer daño.

Al conocer la historia, doña Dora se fue inmediatamente a Mérida con los pocos recursos que tenía y llevó a su hijo al médico. Cuando llegaron a urgencias del Hospital Agustín O´Horán, lo mejor que pudieron hacer los médicos fue cuestionar la veracidad de los hechos, burlarse, poner trabas e indagar por la orientación sexual del chico, cual si importara. 

Comenzó entonces una larga cadena de negligencias. Según el testimonio de la madre, que pude escuchar directamente, mientras se dirigían a rendir declaración, el joven comenzó a sentirse cada vez peor hasta que finalmente falleció. 

La necropsia reveló que José Eduardo presentaba daño cerebral, un pulmón perforado y los riñones en muy mal estado. 

Dora María pidió entonces hablar con el gobernador Mauricio Vila. “Quería que me diera la cara”, me contó. 

“Que cuando menos me diga ´aquí le traigo estas flores para su hijo´, que al menos diera una disculpa pública”, agregó incapaz de contener su llanto y el de quienes la escuchamos.  

Fue entonces cuando, en medio de la desesperación, la madre de José Eduardo decidió presentarse a las puertas del Palacio de Gobierno con el féretro de su hijo para exigirle al gobernador que saliera. Para pedirle justicia. 

Pero el gobernador prefirió esconderse. En ningún momento le dirigió siquiera un mensaje. Fue incapaz de mostrar la más elemental empatía frente a esa madre que acababa de perder un hijo. Lo único que llegó a recibir del gobierno fueron 25 mil pesos para enterrarlo. 

Esta historia, que habría que examinar con todo cuidado, condensa mucho de lo que está mal en este país: el abuso de poder, el machismo, la discriminación, la impunidad, la negligencia de las autoridades, la indiferencia ante el dolor ajeno… 

Pero la simbólica, admirable y valiente acción de Dora María quedará grabada en la memoria. Porque al llevar el féretro de su hijo ante la cara misma del poder creó un nuevo repertorio de movilización, una forma de lucha que llegó para quedarse. 

Justicia para José Eduardo Ravelo.

POR HERNÁN GÓMEZ BRUERA
HERNANFGB@GMAIL.COM 
@HERNANGOMEZB

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