El infinito en un junco

El que guarda la memoria, transmite los conocimientos, las experiencias, las historias

El infinito en un junco
Daniel Francisco / Colaborador/ Opinión El Heraldo de México

Alejandro Magno dormía siempre con su ejemplar de La Ilíada y una daga debajo de la almohada; Leonora Carrington resistió la estancia en el psiquiátrico leyendo a Unamuno; a Víctor Frankl le arrebataron en Auschwitz sus investigaciones, el deseo de reescribirlas “le ató a la vida”; el filósofo Paul Ricoeur dio clases y organizó la biblioteca del centro de prisioneros a donde lo envió el gobierno de Vichy; Eulalio Ferrer cambió en el campo de concentración de Francia un libro por cigarros: era Don Quijote de la Mancha, lo releyó durante meses. 
 
El libro, siempre el libro. El que guarda la memoria, transmite los conocimientos, las experiencias, las historias. El que genera pasiones, disputas, censuras, confrontación. Irene Vallejo, filóloga y escritora desafió a la lógica editorial: las 430 páginas de su ensayo El Infinito en un junco han logrado que se impriman más de 100 mil ejemplares, tiene 26 contratos de traducción y ganó el Premio Nacional de Ensayo 2020 de España.
 
El infinito en un junco “nace también de esa reivindicación de la materialidad de los libros en un momento histórico en que los libros se están desmaterializando con el libro electrónico, con las nuevas formas”, contó Irene Vallejo en su participación en la Feria Internacional del Libro del Palacio Minería.
 
Quien decida adentrarse en sus páginas verá la pasión por encontrar manuscritos en tierras recónditas, por construir la gran biblioteca, por conservar la memoria, por acceder al conocimiento.
 
El tema central de su libro es “la fragilidad de nuestros relatos, la fragilidad de nuestros hallazgos, la fragilidad de nuestra memoria, la fragilidad de nuestras genealogías y de nuestros orígenes. Todo esto es valioso, pero necesitamos hacer un gran esfuerzo para que se mantenga en el tiempo, que atraviese por las aguas de los siglos y es por eso que nacen los libros”.
 
 Respecto a la situación de la mujer en la historia del libro Vallejo indicó que “las atmósferas femeninas de los gineceos donde las mujeres, al mismo tiempo que tejían porque era su labor en la casa, el producir las ropas y las cuerdas, posiblemente se contaban historias. Por ese motivo hay entre las historias que se cuentan y el textil que tuvieran entre las manos una relación etimológica clarísima y un origen común”.
 
Ha querido rastrear ese pasado para devolverle la voz y la importancia a toda esa tradición oral que “ha quedado en gran medida oculta y silenciada por la escritura que ha sido muchas veces una herramienta controlada por los hombres, como todas las herramientas que confieren poder y durante esa época, en la antigüedad, las mujeres se contaban sus historias, las tradiciones familiares, pero quedaban en una posición secundaria. No podían llegar al canon, a la tradición literaria, no eran admitidas en el mundo de la alta cultura. Y toda esta historia de los hilos y de las hebras, como la hebra de Ariadna nos llevan a un origen de mujeres narradoras de historias, de mujeres armadas con las hebras de sus hilos para conseguir encontrar el camino en los laberintos de una época que era muy difícil para ellas”. 
 
Con la diseminación del libro viene la censura. El infinito en un junco recupera la tragedia de las bibliotecas que ardieron. El poder y sus temores, el poder y sus controles. Borrar con una orden a un autor, silenciar sus palabras y en algunos casos perseguirlos y encarcelarlos. Usar los libros que no concuerdan con nuestra visión para encender las calderas de los baños públicos, esconder los libros de un autor que ha desafiado al poder, pilas de vivencias que arden en el olvido.
 
Vallejo recuerda al emperador chino Shi Huandi, quien ordenó quemar todos los libros de su reino. “Sólo perdonó los tratados de agricultura, medicina y profecía. Quería que la historia comenzase con él”. Y la tragedia de Sarajevo en la década de los 90 donde “los rescoldos ardieron durante días, humeantes, flotando sobre la ciudad como una nevada oscura. Mariposas negras, llamaron los habitantes de Sarajevo a esas cenizas de los libros destruidos que caían sobre los transeúntes, sobre los solares bombardeados, sobre las aceras, sobre los edificios semiderruidos, y al final se descompusieron y se mezclaron con los fantasmas de los muertos”. 

POR DANIEL FRANCISCO
EDITOR DE UNAM GLOBAL
@DFMARTINEZ74

avh


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