COLUMNA INVITADA

Género y armas: todos salimos raspados

En el ideario de la mayoría de nosotros, las armas están asociadas a un tema de inseguridad en el espacio público

OPINIÓN

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Wilma Laura Gandoy Vázquez / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

En el ideario de la mayoría de nosotros, las armas están asociadas a un tema de inseguridad en el espacio público. No obstante, ¿podemos visualizar el papel de las armas en el espacio privado, es decir, en nuestras casas? 

Al dirigir la atención al espacio de lo privado, se vuelve relevante hablar de los roles de género. El género, como sabemos, se trata de una construcción social de lo que es masculino y lo que es femenino. Cuando entran las armas en la ecuación, observamos una manifestación del uso de la fuerza y la violencia en la relación entre lo masculino y lo femenino. Y la violencia golpea, con sus matices distintos, tanto a hombres como a mujeres.  

Los hombres son violentados tanto en lo público como en lo privado. La agresión en lo público es quizá más evidente. Es en nuestras calles donde nuestros hombres son víctimas de las balas cruzadas, de los enfrentamientos armados, de la muerte adelantada. Pero la agresión en lo privado, aunque sutil, también se presenta y es igualmente destructiva.  

Aunque no es común en México ver publicidad sobre las armas, sabemos que estas se asocian con un símbolo de fuerza, poder y hombría. Desafortunadamente, en Estados Unidos, con mensajes publicitarios como “Renueva tu membresía a la masculinidad”, apelan a los miedos e inseguridades de algunos hombres, quienes buscan reafirmarse por medio de las armas de fuego. Por supuesto, una persona que necesita probar su hombría o su valentía, que tenga un arma, tendrá incentivos para usarla, tanto en el espacio público como en el privado.  

También, los roles de género que sancionan la expresión de las emociones de los que se identifican como hombres tienen consecuencias violentas. Estos roles obligan a muchos a atragantarse de tristezas. La falta de mecanismos sanos para dejar fluir las aflicciones orilla a muchos hombres a quitarse la vida, frecuentemente, con un arma de fuego.  

Por lo que hace al género femenino, las violencias también ocurren en lo público y en lo privado. En la gran mayoría se da de manera desventajosa, pues ellas no tienen armas. En esta escena, el poseedor del arma se impone frente a quien no la tiene, aunque el desenlace no siempre termina con la muerte. Esto último hace que la violencia con armas en los hogares en contra de las mujeres no sea evidente para los demás y, por tanto, pareciera que no pasa, pero la realidad es que hay abuso, hay sometimiento, hay humillación. En el espacio público, las mujeres no son solo víctimas del crimen, sino que también sufren la pérdida de hijos, hijas, hermanos, hermanas, padres, madres y parejas. Estos dolores tampoco se contabilizan, estadísticamente pasan desapercibidos y pareciera que no existen. 

Se podría pensar que las realidades que aquí describo están totalmente desconectadas de las acciones que llevan a cabo empresarios millonarios que se dedican a la industria de las armas y que se encuentran a miles de kilómetros de nuestro país, pero no es así. En su escritorio, ese magnate que autoriza las campañas de marketing, que decide no poner cuidado en la manera en que se venden las armas, facilita el camino para que una persona criminal, o alguien con la masculinidad herida, se haga de sus armas, las traiga a nuestros espacios públicos y privados, y nos violente a ti y a mí.  

POR WILMA LAURA GANDOY VÁZQUEZ

DIRECTORA DE LITIGIOS III EN LA CONSULTORÍA JURÍDICA DE LA SECRETARÍA DE RELACIONES EXTERIORES

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