Nadie merece ir al ITAM

Los gobiernos populistas han usado la retórica del privilegio para desestimar el mérito y generar una narrativa maniquea de buenos y malos

Nadie merece ir al ITAM
Alejandro Echegaray / Campus / Opinión El Heraldo de México

Durante la larga noche neoliberal, el mérito, entendido como la igualdad de oportunidades tuvo una aceptación generalizada. El fin de la política pública era establecer un piso parejo para competir en equidad de condiciones. La idea de iniciar la regata desde el mismo punto y ver quién podía cruzar la meta en primer lugar —por su esfuerzo y talento— era una aspiración razonable.

Pero ahora, los gobiernos populistas han usado la retórica del privilegio para desestimar el mérito y generar una narrativa maniquea de buenos y malos. Trump, uno de los estadounidenses con más recursos financieros, ha convertido a los demócratas liberales en los culpables de los males que afligen a los estadounidenses de bajos ingresos y menos aventajados.

Un análisis del Instituto Brookings evidencia que los 500 condados que votaron por Biden representan el 70% del PIB de Estados Unidos, mientras que los 2,400 condados que votaron por Trump representan solo el 29% del PIB. Hillbilly America es tierra fértil donde puede prosperar una narrativa que desestime el mérito y encuentre en el supuesto privilegio liberal la fuente de todos sus males.

El más reciente embate en contra de la cultura del mérito lo hace Michael Sandel, desde su cubículo en la Universidad de Harvard. Escandalizado por la forma en la que 33 familias —entre ellas la de Felicity Huffman, protagonista de la serie televisiva Desperate Housewives— aseguraron que sus hijos ingresaran a universidades prestigiadas al pagar más de un millón de dólares por asesorías para ser admitido en Yale como prospecto para el equipo de soccer o más de 200 mil dólares por editar una fotografía y mejorar las posibilidades de ingreso al equipo de remo de la Universidad del Sur de California. Sandel asegura que el acceso a escuelas de élite perpetúa un sistema aristocrático hereditario y permite una simulación idónea de que los logros individuales son producto del esfuerzo y del trabajo.

Al sur de la frontera, Juan Trump ha iniciado su propia cruzada para denostar el mérito y vilificar lo mismo a empresarios que a profesionistas de clase media, al responsabilizarlos de la pobreza, la inequidad en la distribución del ingreso y la falta de oportunidades. La pobreza se concibe como un juego de suma cero, producto de la codicia y falta de solidaridad de una élite.

La estrategia de dividir con base en prejuicios de clase, con la intención de generar un enemigo que sirva de amalgama discursiva y herramienta de cohesión política, es una estrategia electoral exitosa. Pero la intención de sembrar odio y división entre ricos y pobres podría llevarnos a un punto sin retorno. Seamos responsables y alejémonos de esa política identitaria. Trump y el discurso polarizante de su Make America Great Again surgen del mismo agravio imaginario.

Por Alejandro Echegaray
Politólogo
@aechegaray1


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