Ana Clavel leyó un ensayo del psicoanalista francés Didier Anzieu en el que teoriza sobre un concepto novedoso el “yo piel”, es decir, propone que la piel es la envoltura del cuerpo, de la misma forma que la conciencia tiende a envolver al aparato psíquico. De tal modo que, dice la escritora, “si esa piel psíquica se estructura bien puede tener la función de contener, proteger; entonces, tenemos a un ser humano más o menos equilibrado, pero cuando no se dan esas funciones tenemos un yo piel fracturado, lastimado, perforado”.
La idea de personificar a la piel, darle una singularidad, para hablar de la estructuración de una piel psíquica, se convirtió entonces en un tema de interés literario. “Quise convertir a la piel en un personaje por derecho propio, si hemos podido hacer hablar a una nariz, a través de los recursos literarios, como en el caso de Gógol, o si hemos podido, en el caso de Kafka, encarnar a un individuo que se convierte en insecto, ¿por qué no permitirnos jugar con la posibilidad de que la piel sea un personaje protagónico? A partir de ahí fue pensar en que la piel podía contar su historia, podía hablar de muchos temas, pero, sobre todo, podía reflexionar. Otra cosa que descubrí al investigar fue que tanto la piel, como el cerebro se conforman con la misma capa embrionaria, que es el ectodermo”, explica la escritora.

Las posibilidades narrativas del personaje dieron pie, además, a una suerte de autobiografía en el que también hablan las cicatrices, es decir, historias que, en su momento, fueron dolorosas. La escritora se diferencia de la figura protagónica solo a ratos, para hacer un comentario o traer a escena algunas obsesiones: los libros, la escritura y la relación con el arquetipo del padre. De ahí que haya referencias también a autores que han sido claves para la autora.
“Somos seres de metáforas, porque como el mundo nos centra por lo físico para llegar a su intelectualización, su reflexión, entonces las metáforas son justamente las maneras en que pensamos con nuestros cuerpos, nos permiten entender, asimilar el mundo a través de lo físico. Soltar la voz de esta piel pensante, que es capaz no solamente de reflexionar sobre el mundo, sino de reflexionar sobre las palabras, sobre la escritura y también sobre sí misma”, detalla.
La piel, además, no es sólo sensaciones o reflexiones, también es una hoja en la que quedan marcadas las heridas. “Mucho de lo que es la escritura en la piel, nuestro libro de vida, son las heridas, a veces son luminosas, a veces son oscuras. En este país de tanta locura y de tanto horror, en la condición de mujeres, la piel está lastimada tanto a nivel individual como colectivo”.
Por Alida Piñón
EEZ