Anda, putilla del humor helado; anda, vámonos al baile

Las “Calaveras” de Posada son manifestaciones del relajo, de la ruptura de solemnidades y respetos

Anda, putilla del humor helado; anda, vámonos al baile
CALAVERAS DEL MONTÓN. 1910. Foto: Especial

Fragmento del texto  “Posada: En este carnaval se admiten estos rostros”.

La cumbre indiscutida de la obra de Posada son sus “Calaveras”, género gráfico y periodístico ya en boga desde los años 80 del siglo XIX, estimulado por las tradiciones y supersticiones católicas del Día de Muertos, y vigorizado por la moda del Don Juan Tenorio de José Zorrilla. Gracias a las “Calaveras” el humor popular conoce su gran zona de impunidad: si la muerte es la gran niveladora, su premonición dibujada y versificada facilita críticas devastadoras y panoramas corrosivos.

Y échese la culpa a la “fraternización en los panteones”. Posada aprovecha esta ganancia y la convierte en uno de los grandes paisajes alucinantes del arte mexicano. No le interesa en lo mínimo vislumbrar el más allá, ni diluir con figuras, sermones, y aleccionamientos, sino explayarse formalmente, ratificar la igualdad que la vida no admite, y sintetizar, entre otras cosas, la represión y la exaltación comunitarias, las invenciones de la calle y los sarcasmos políticos de los cafés, los juegos de la fantasía y las reminiscencias infantiles, las atmósferas, en suma, de una catarsis que es memoria histórica, acopio cultural, sueño dirigido y lucidez vivificadora.

Intromisión sarcástica

Las “Calaveras” de Posada participan típicamente en el nuevo paisaje urbano, en la orgía y en la amenaza, son manifestaciones del relajo, de la ruptura de solemnidades y respetos, o son la legión de las generaciones pasadas que se acumula tras cada uno de los vivos, o son la advertencia apocalíptica, el pregón publicitario del Juicio Final, o son la intromisión sarcástica del Más Allá en el (azorado) Más Acá, o son fandango y el bailongo en el valle de Josafat, o son la batalla en la que todos han perdido de antemano, o son la asamblea en donde nadie pide la palabra para no estorbar los huesos, o son la oportunidad del enorme perol que anticipa las dulzuras del infierno.

La calidad de cada una de las “Calaveras” es notable, y sin embargo, por razones comprensibles e incomprensibles, el gusto público eligió una que es ya uno de los cuatro o cinco grandes símbolos nacionales, al lado del águila y la serpiente, la figura de Zapata, el rostro de Juárez y el Zócalo. La Calavera Catrina es el engalanamiento en el paraíso de los ahogados y los fusilados, es el comportamiento adecuado en la más drástica de las circunstancias.

Posada multiplicó la actividad de las calacas, y ubicó en todos los órdenes de la actividad, sojuzgando cementerios y bailes de la sociedad, desplazando con su entusiasmo a los que todavía respiran, pero solo con la Calavera Catrina logró la personalización clásica de la muerte, una muerte con estilo, desfachatez y muchas ganas de aplauso. Con sus “Calaveras”, Posada conjunta indistinguiblemente el cielo y el infierno de las creencias. Ya no hay santos ni demonios, sólo Calaveras del Montón.


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