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Teuchitlán: entre el horror y la indiferencia

Lo sucedido en Teuchitlán es una muestra brutal del deterioro institucional que vivimos en el país. Pero también es una muestra de cómo la sociedad, agotada o insensibilizada, comienza a tolerar lo intolerable

Teuchitlán: entre el horror y la indiferencia
Fernando Rodríguez Doval / Politeia / Opinión El Heraldo de México Foto: El Heraldo de México

El espeluznante descubrimiento de un centro de adiestramiento y exterminio del crimen organizado en Teuchitlán, Jalisco, ha puesto nuevamente de manifiesto el fracaso del Estado mexicano para combatir la violencia ocasionada por el crimen organizado. Es el caso más claro de que éste actúa de forma industrial, con una eficacia que recuerda las peores atrocidades de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Por desgracia, no se trata un hecho aislado, sino que las evidencias han mostrado la existencia de decenas de centros similares que operan con total impunidad en el país. Asimismo, abundan las fosas clandestinas. Según datos oficiales, en México hay más de 120 mil personas desaparecidas, una de las cifras más altas a nivel internacional.

Todo lo anterior no habría sido posible sin la anuencia, complicidad y colusión de las autoridades. Hay que decirlo con toda claridad: la política obradorista de los abrazos a los delincuentes implicó la sumisión hacia éstos del Estado mexicano y ha convertido a México en una fosa abierta, en un gigantesco cementerio en donde los ciudadanos viven con miedo y las víctimas no encuentran justicia.

Teuchitlán será a partir de ahora sinónimo de horror. Pero también será sinónimo de indiferencia. Cuesta creer que estos hallazgos no hayan generado la movilización social. Sí, han existido voces que han señalado los hechos. Sí, han existido colectivos de madres buscadoras que han denunciado el desinterés del gobierno por atender su drama. Pero lo cierto es que no han provocado una reacción multitudinaria que obligue a la clase gubernamental a rendir cuentas.

Tristemente, la sociedad ha normalizado estas atrocidades y esta deshumanización extrema. Hemos interiorizado una cultura de la muerte que nos hace contempladores pasivos de estos hechos terroríficos.

¿Cómo es posible que las historias de reclutamiento obligado del crimen organizado, las torturas y los asesinatos, así como la inacción y complicidad de la autoridad, no provoquen un verdadero terremoto nacional?

¿Dónde están los indignados? ¿Dónde están las universidades, los colectivos, los líderes de opinión? ¿Dónde están quienes hace unos años tomaban las calles exigiendo justicia? ¿Acaso hemos dejado que la violencia nos arrebate también la capacidad de sentir?

Lo sucedido en Teuchitlán es una muestra brutal del deterioro institucional que vivimos en el país. Pero también es una muestra de cómo la sociedad, agotada o insensibilizada, comienza a tolerar lo intolerable. La justicia se vuelve selectiva, la memoria frágil y el reclamo escaso. La empatía se diluye entre algoritmos, el horror se vuelve contenido, y la injusticia se transforma en una nota más que rápidamente es reemplazada por el siguiente escándalo viral.

POR FERNANDO RODRÍGUEZ DOVAL
POLITÓLOGO
@FERDOVAL

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