COLUMNA INVITADA

¿Qué hacer con el avión presidencial?

Lo que debería hacerse es destinarlo para que se inaugure un monumento móvil a la ignominia

OPINIÓN

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Ernesto Villanueva / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

La adquisición del avión presidencial, el TP 01, un Boeing 787 dreamliner, es la nave aérea más grande de la aviación comercial y privada que ha volado desde México. Aeroméxico ha utilizado ese modelo para sus viajes a Beijing por su gran autonomía de vuelo de 14 mil 800 kilómetros sin recargar combustible, lo que permitiría técnicamente hacer un viaje de la Ciudad de México a esa icónica ciudad china o de Pekín, su capital, o de aquí al aeropuerto Internacional de Narita, en Japón. 

Es verdad que en las democracias en desarrollo y en buena parte de las desarrolladas ningún jefe de Estado tiene un avión de esa naturaleza, tanto por su costo (más de 210 millones de dólares americanos) como por su tamaño (que en el caso de Aeroméxico tiene espacio para 270 pasajeros sumando sus dos cabinas, la de pasajeros en clase turista y aquellos en clase premier). 

En el caso del 787 dreamliner que compró el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa para que el presidente Enrique Peña Nieto se trasladara con todos los lujos posibles, se personalizó, es decir, se diseñó en sus interiores al gusto del gobernante mexicano. 

Hubiese sido un despropósito que el presidente Andrés Manuel López Obrador simple y sencillamente se montara sobre los hechos consumados de que se había comprado y lo utilizara para trasladarse. 

Por el contrario, sus gestos de sencillez son los que explican buena parte de su empatía entre la mayoría de la población. 

Y es que traslados en semejante avión prácticamente para destinos locales hubiese sido una actitud oprobiosa a los ojos de la opinión pública, en una sociedad donde la gran mayoría no tiene los ingresos adecuados por las enormes distancias entre los que más tienen y los que menos poseen. 

La venta del TP 01 no ha sido una tarea fácil, antes bien, sinuosa y complicada porque quien pudiera comprar un avión de esas características, lo haría con las especificaciones a sus propios gustos y necesidades. 

No se sujetaría, por supuesto, a lo que quiso Calderón, desde su propia concepción personal, de lo que debía ser un avión presidencial. 

Ante ese escenario, lo que debería hacerse para que no se olvide nunca esa afrenta a los mexicanos, comprada con recursos de todos, es destinarlo para que se inaugure un monumento móvil a la ignominia y donde los mexicanos tengan acceso para que vean con sus propios ojos lo que están pagando para la frivolidad de un gobernante en otro momento, cuya narrativa era muy distinta al presente. 

Podría exhibirse, por ejemplo, en el hangar presidencial del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. 

Ello tendría más impacto, seguramente, en la formación de percepciones comunitarias sobre este acto. Se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. 

El régimen anterior había normalizado el oprobio y la asimetría como sello distintivo. 

Ese pasado no debe tener nunca más caminos de regreso

POR ERNESTO VILLANUEVA
COLABORADOR
@EVILLANUEVAX

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