COLUMNA INVITADA

Que lindo es llorar de emoción

Me alisté y estuve puntual en el punto de reunión.  Al llegar, nos registramos en Paso de Cortés.  Después de ajustarnos la botas de montaña y ponernos bloqueador empezamos  a caminar a las 8:00 am

Laura Elena Gerdingh / Colaboradora / Opinión El Heraldo de México
Escrito en OPINIÓN el

Normalmente despertarme a las 4:30 para ir a la montaña es un suplicio, aunque después la pase súper.  Esta vez no fue así, despertarme no me costó trabajo.  Me alisté y estuve puntual en el punto de reunión.  Al llegar, nos registramos en Paso de Cortés.  Después de ajustarnos la botas de montaña y ponernos bloqueador empezamos  a caminar a las 8:00 am.   A mi siempre el inicio me cuesta trabajo.  Mi corazón palpita y me falta aliento.  Así que empiezo lento para no agotarme y voy dejando que mi cuerpo se acople…. Cuántas veces cuando iniciamos algo necesitamos eso… darnos un tiempo para tomar un ritmo, no es necesario empezar corriendo.   

Muchas veces en la montaña a medio camino, cuando me encuentro cansada y teniéndome que esforzar para continuar me he preguntado “¿Pero qué estaba pensando, cómo se me ocurrió venir.?  Aunque nuevamente,  después, al llegar lo disfrute inmensamente.  Esta vez tampoco fue así.  Me había entrenando bien y lo notaba en la fuerza de mis pierna.  Mis compañeros son muy fuertes y avanzaban con mucha agilidad.  Yo iba detrás, mas lenta, pero constante.  En ningún momento pensé “Ya no puedo mas, no lo voy a lograr” como suele sucederme.  En todo momento me sentí confiada… si el clima lo permite lo lograré…  esa confianza en mi misma no suele ser tan sólida… hoy algo era diferente.  Haberme preparado me permitía sentirme segura.  Sabía que había cuidado la parte que depende de mi y que ésta no me impediría avanzar.   Sabía también que hay otras que no dependen de mi, que pueden influenciar en el resultado.  En la montaña uno de esos aspectos es el clima.  No debes estar en la cumbre después de cierta hora.  El clima puede cambiar y resultar peligroso.  Cuando llegamos a la cruz de Guadalajara, un paso algo complejo por las piedras que hay que escalar,  que ya se encuentra cerca de la rodilla, observé que íbamos a buena hora y que yo me sentía con fuerza.  No había duda.   Este día después de mis dos intentos fallidos anteriores, por fin lograría llegar al glaciar y podría admirarlo.  

Como siempre la mujer dormida nos recibió hermosa. Esos contrastes del color de la piedra con los metales que se mezclan en ella, con el fondo de un cielo verdaderamente azul me enamoran.   Los paisajes donde las nubes parecen un colchón a nuestros pies, me hacen quererme aventar divertida.  Los escenarios donde se deja ver el Popo me impactan.  Pero nada como lo que me hace sentir la invitada de honor.  Primero se deja ver reservadamente, salpica su blancura por aquí, deja ver su rastro por allá.  Hasta que, si eres perseverante y sigues subiendo se hace presente con toda su elegancia y magia. 

La relación de cada quien con la montaña es muy personal.  Para algunos se trata del reto de superarse a uno mismo, de poder hacer cima.  En mi caso se trata de su belleza que me conquista.  No es que quiera hacer cima por el logro que esto implica, quiero hacer cima por la experiencia que esto me regala. 

Por fin llegamos a la parte que estaba totalmente nevada. Caminar sobre la invitada de honor  es una sensación única.  Su hermosura, su resplandor cuando se asoma el sol, la sensación al pisar, el sonido de nuestros pasos…   Llegamos al primer cráter desde donde se admira un lago de color verde turquesa.  Ese encuentro con la belleza de la vida me obligó a sentarme a admirarla y estremecida sentí caer lágrimas por mis mejillas.  Que lindo es llorar de emoción.  Finalmente llegué al querido y casi extinto glaciar.  Misterioso se deja ver y al segundo se oculta tras la neblina.  Me sentí feliz de haberme esforzado lo necesario para cumplir mi ilusión de ver una vez mas la cumbre de la mujer dormida.

POR LAURA ELENA GERDINGH
PSICOTERAPEUTA/SPEAKER
@LGERDINGH

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