David y Goliat

El haber subestimado la pandemia nos tiene varados en una situación que parece insuperable. La inacción no hará que la pandemia desaparezca y que el virus se esfume por sí solo

David y Goliat
Alejandro Echegaray / Campus / Opinión El Heraldo de México

De acuerdo con la historia bíblica, Goliat, un soldado filisteo, asedió al ejército de Israel hasta que fue derrotado por David con una honda y una piedra (1 de Samuel 17:14-23; 21:9). Gladwell, en su libro sobre el arte de luchar contra gigantes narra la historia aportando nuevos elementos: Goliat era vulnerable, padecía de gigantismo, era lento y probablemente no veía bien. En un combate cuerpo a cuerpo hubiera ganado, pero a la distancia sus posibilidades de éxito eran nulas.

Los fuertes son sorprendentemente débiles, torpes, operan en el lindero de la estupidez. La miopía estatal hizo pensar a la burocracia lopezobradorista que la pandemia les vendría como anillo al dedo; que debilitarían aún más y pondrían en una situación de vulnerabilidad a las clases medias.

La doctora en ciencias por la Universidad de Harvard, Laurie Ann Ximénez, en su libro Un Daño Irreparable: La criminal Gestión de la Pandemia en México, documenta la concatenación de estupideces que la burocracia salubrista ha hilado para enfrentar la crisis sanitaria. Y que posiciona a México –según índices elaborados por Bloomberg y el Instituto Lowy– como el peor país para padecer la pandemia. La estrategia fallida del actual gobierno hace pensar que la inacción y la necedad de no promover el uso generalizado de mascarillas y cubrebocas, por ejemplo, obedece a la idea de que la diseminación de los contagios desembocaría en la inmunidad de rebaño. Ésta se obtendría con la inoculación y el 80% de la población infectada, lo que significaría la muerte de alrededor de 4 millones de mexicanos.

¿Qué nos hace pensar  que el gobierno puso en marcha una estrategia de brazos caídos frente a la pandemia? Con el afán de ahorrar recursos y complacer a su Jefe, el doctor López-Gatell desmanteló el programa Centinela de detección de casos y trazabilidad. No se establecieron controles migratorios o cuarentenas a personas que venían del extranjero como ocurrió en Australia, Nueva Zelanda y hasta Vietnam. No se controló el tránsito de personas dentro del país, lo que ocasionó la dispersión a cada rincón de México en contraste con lo vivido en Wuhan, ciudad del paciente cero. Se realizó un número pírrico de pruebas, en los primeros meses incluso se prohibió que los laboratorios privados pudieran hacerlas, permitiendo que las personas que no presentaban síntomas dispersaran el virus. Tampoco se establecieron albergues para aislar casos confirmados y evitar que se extendieran al seno familiar, como se hizo en Corea del Sur.

Privilegiar la disponibilidad de camas hospitalarias sobre la contención del contagio ha probado ser un despropósito de magnitudes épicas. Los contagios no han cesado y los hospitales privados y públicos están desbordados.  El haber subestimado la pandemia nos tiene varados en una situación que parece insuperable. La inacción no hará que la pandemia desaparezca y que el virus se esfume por sí solo. Al día de hoy, no hay un protocolo médico efectivo para tratar el padecimiento que causa SARS-CoV-2. Y frente al surgimiento de nuevas cepas que son más virulentas y mortíferas, el empecinamiento con la estrategia actual nos llevará a un escenario mucho más devastador.

Urge destinar los recursos necesarios para salir de este trance: iniciemos jornadas de vacunación masiva; escuchemos las iniciativas ciudadanas que, desde sus trincheras, luchan contra la corriente, no sólo para detener al virus sino para superar la cerrazón del poder estatal. David venció a Goliat con una honda y una piedra. La Doctora Ximénez-Fyve lo hace con su determinación, compromiso y valentía.

POR ALEJANDRO ECHEGARAY
POLITÓLOGO
@AECHEGARAY1


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