El arte de la diplomacia I

Me gusta pensar que los embajadores son portentosos, generalmente simpáticos, tienen misiones secretas permanentes y temple de acero para confundir con una buena cara de póker y palabras elocuentes, a los adversarios que los han descubierto

El arte de la diplomacia I
Julén Ladrón de Guevara/ Colaboradora/ Opinión El Heraldo de México

La diplomacia es una de las artes más emocionantes que el ser humano haya inventado jamás. Pensemos que un selecto grupo de personas inteligentes, doctos en el manejo de las relaciones públicas de alto nivel, conocedores de secretos inconfesables y artífices de arreglos internacionales difíciles de concebir, nos ha salvado el pellejo en momentos apocalípticos que ni siquiera logramos imaginar.

Además de las virtudes descritas, el diplomático ideal es encantador, bebe los mejores vinos del universo conocido y cautivan a sus semejantes con relatos de viajes y aventuras de mundos distantes. En lo personal, me gusta pensar que los embajadores son portentosos, generalmente simpáticos, tienen misiones secretas permanentes y temple de acero para confundir con una buena cara de póker y palabras elocuentes, a los adversarios que los han descubierto. Debo decir que esta es mi visión particular sobre el tema, un tanto idealizada tal vez, pero tampoco está fuera de la realidad. Es obvio que no todos encajan con este perfil, pero de ellos no hablaremos esta vez.

Desde que tengo memoria, la diplomacia, sus artífices y sus historias han estado presentes en mi vida. Al principio la conocí en forma de libro (“El arte de la diplomacia” de Maquiavelo, por ejemplo) o de invitado a nuestra mesa familiar, pero después desee su cercanía de manera voluntaria. Así fue que un buen día, estaba ya colaborando con la embajada de Francia a través del IFAL. El Instituto Francés para la América Latina (IFAL) era más que una escuela de idiomas para aprender francés, porque desde su fundación en 1944 fue un centro cultural donde se reunían intelectuales, escritores y demás interesados en la cultura francófona, para arreglar el mundo y hacer algunos planes a futuro. La primera vez que tuve noticia de este lugar fue por Jorge Ibargüengoitia, mi escritor mexicano favorito, porque en algunos de sus relatos lo mencionaba como algo importante para su formación y como una experiencia divertida. 

De esos tiempos aparece también su amigo y pintor zacatecano Manuel Felguérez, quien debutó como artista profesional exponiendo en la galería del IFAL por primera vez en 1950 y que comentó: “Era un centro cultural muy importante, tenía un cineclub, había debates, mucha gente iba ahí. En esa primera exposición tuve muy buena crítica, con la suerte de que los críticos vivían cerca del IFAL. Gracias a esa exposición me dieron una beca para irme de nuevo a París.”. Total que gracias a este muy francesa institución logré asomarme por primera vez al mundo de la diplomacia internacional.

Tuve la suerte de que en esa época Bruno Delaye fuera el embajador de Francia en México porque se dejaba conocer de cerca, era muy divertido, grandote, culto; todo un bon vivant que compartía las bendiciones que salían de su cocina y de su cava por
igual. A partir de ese momento comencé a observar de cerca el fenómeno que representaba la diplomacia real, cuyas plataformas principales eran las fiestas, la buena comida, los amigos fugaces y los planes secretos, que se fraguan en el salón fumador conceptual que existe en cada rincón posible, siempre y cuando esté en penumbra y se encuentre aislado de cualquier oído mundano.

POR JULÉN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG
BGM


Compartir