Esos locos...

OPINIÓN

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Dicen que los que corremos no estamos bien de la cabeza. Que a veces es difícil entendernos. Entender por qué nos levantamos tan temprano con la sola idea de correr o por qué hay alguien que disfruta correr bajo el sol ardiente del medio día o por la noche, tras un arduo día de trabajo.
  No es que nuestras vidas giren en torno a correr, pero nos sentimos vivos cuando corremos; sentimos el latido del corazón que nos impulsa a cada paso, nos dejamos empujar por el viento y con el viento dejamos volar los pensamientos...
  ¡Cuántas cosas pensamos mientras corremos! Las ideas se precipitan e intentamos resolver nuestras vidas o sólo ponemos la mente en blanco y corremos al ritmo de la música, de los latidos del corazón o de nuestra respiración; miramos adelante, oímos a los pájaros, las olas del mar o el ruido de la ciudad, respiramos aromas de flores, de pasto recién cortado y en días de lluvia, ¡cuánto disfrutamos el olor a tierra mojada!   Muchos creen que los que corremos estamos algo locos. Porque nos inscribimos en mil carreras que nunca ganaremos, pero lo hacemos con la férrea misión de cruzar la meta, aunque no siempre nos reconzcan nuestro esfuerzo. El día de la carrera, nos ves temprano, estirando y calentando nerviosos. Días antes nos hidratamos, comemos proteínas, vegetales y descansamos. La noche anterior a la carrea dejamos lista nuestra ropa, número y tenis y nos acostamos temprano; pero como niños en su primer día de escuela, no podemos dormir de la emoción y los nervios.   Comenzamos la carrera contentos, eufóricos, pero a medida que avanzamos, la expresión del rostro se transforma, el sudor nos corre por el cuerpo, el dolor de caballo aparece, la rodilla comienza a molestar, los tenis incomodan y más corredores nos rebasan... y justo cuando nos preguntamos si podremos, vemos la meta, la cruzamos y alzamos los brazos de alegría y con llanto en los ojos; piernas cansadas y ampollas en los pies, celebramos porque lo logramos.   Confieso que hay algo de locura en lo que hacemos: pararse y ponerse los tenis cuando hay lluvia, hace frío, cuando quien está a tu lado duerme plácidamente o hasta cuando no tienes ganas de correr, requiere sí, de un poco de locura.   Los habemos más locos,“dementes”, a los que el cáncer, la diabetes, la osteoporisis o la depresión, dolores del cuerpo y del alma, no nos impiden sumar kilómetros a nuestras piernas. O los invidentes, los que no oyen o corren con una sola pierna o con prótesis, esos son locos imprescindibles, héroes que trascienden el significado de correr y confirman que para ser atleta no hay que ser Usain Bolt.   En realidad no estamos tan locos, somos más bien mentes idealistas: queremos creer —y nos convecemos cada día mientras corremos— que si se quiere, se puede estar mejor. Y que con cada zancada, avanzamos y dejamos atrás nuestros miedos para ser libres. Fuimos hechos para correr.
  Columna anterior: Pisando firme (II)