Ha muerto un torero

OPINIÓN

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La muerte del torero español Iván Fandiño el sábado anterior en la localidad francesa de Aire Sur L'Adour, entre las astas de Provechito, de Baltasar Ibán, refuerza mi idea de que el humanismo se ha ido pudriendo poco a poco para dar paso a una perversa y frívola corriente animalista. La respuesta de los antitaurinos en las redes sociales fue implacable. Las burlas, atroces, ruines, de una mezquindad que raya en lo inhumano, me dejaron congelado. La más absoluta abyección. Debo entender a aquellos que no gustan de la tauromaquia por considerarla cruel, pero de ahí a mofarse de la muerte de un ser humano, un par, un congénere, media un abismo. Priorizar la vida de un animal sobre la de un ser humano es algo que no alcanzo a comprender. Realidad descarnada sujeta a líneas de intención de un tercero (algún político advenedizo en muchos de los casos).
De repente olvidamos que en una plaza de toros la tragedia ronda constantemente. En menos de dos años, accidentes y cornadas en los ruedos han arrancado del planeta a Rodolfo Rodríguez El Pana, Víctor Barrio y apenas hace unos días a Iván Fandiño. Del toro de la muerte nadie se alivia. Pero hay de muertes a muertes. Y ese toro que te trinca en una plaza tiene resabios, no se escupe de la suerte ni mansea. Es certero y asesino. Luego, la sinrazón. El ataque sistemático, descerebrado y miope de los animalistas, que no han reparado un segundo en que su verdad no es la verdad del mundo. Quedan una viuda y una niña de dos años, terriblemente vulnerables ante los ataques demenciales de una horda de obtusos que, en muchos de los casos, ni siquiera poseen conciencia propia. No olvidemos que la fiesta de los toros es la puesta en escena más viva, porque es en la única representación en la que al artista le pasan cosas reales. Y se puede morir. ¡Y se MUERE! Que pena me dan aquellas personas que se alegran por la muerte de un torero. En esas almas ennegrecidas deben habitar demonios inexpugnables. Pueden o no gustarnos las corridas de toros; es lo de menos. Pero cebarnos en la muerte de un ser humano me parece, cuando menos, deleznable. Detengámonos a pensar por un instante. Y alegrémonos porque el toro (el de lidia y el de la vida) seguirá paseando su hermosa estampa por los confines del mundo. Hoy te lloro, Iván, pero te agradezco infinitamente que hayas despertado la conciencia de muchos. Con tu muerte, le has devuelto a la Fiesta un poco de la grandeza que había perdido. Descansa, torero. Viaja tranquilo...
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