Nueva normalidad: Retos ante la desconexión de las prácticas sociales y laborales

Estos meses de pandemia han impulsado a un hartazgo y una necesidad de distraerse de la vida digital

Nueva normalidad: Retos ante la desconexión de las prácticas sociales y laborales

“Las prácticas sociales y laborales a las que nos ha obligado la pandemia actual nos han depositado en la obligación de usar los medios digitales para básicamente todo, ya no sólo el entretenimiento se encuentra en la conexión digital, sino la vida entera. Ello ha impulsado a un hartazgo y una necesidad de distraerse de la vida digital; las implicaciones que ello ha tenido en las personas no sólo han llevado al consumo excesivo de contenidos, sino a una búsqueda más profunda en los actos humanos más esenciales de la vida en común.

¿De qué consta esa desconexión?

Es lo que tratamos de descubrir en esta nueva situación mundial, pues parece ser una vuelta práctica al terreno humano más fundamental y sencillo.

Es probable que nos encontremos en la situación más peligrosa y desafiante del siglo. Con apenas dos décadas en su haber, el siglo XXI nos ha puesto a prueba como humanidad, una prueba que sólo nosotros que la vivimos podemos comprender y solucionar, pues las consecuencias de esta catástrofe viral han mermado nuestras actividades cotidianas, hemos cambiado radicalmente nuestros hábitos y ello puede comprenderse como una transición o cambio universal es decir que a todos, sin excepción, nos ha afectado en mayor o menor medida este cambio.

El filósofo de la libertad Jean-Paul Sartre dedicó gran parte de su vida y obra a defender la idea de que el hombre es absolutamente libre y responsable de sus actos en un mundo y situación que él no escogió, pero de los cuales ha de hacerse cargo. Esa situación de la que tanto hablaba Sartre no sólo está compuesta por la vida particular de una sola persona, sino todo lo contrario, está hecha de los proyectos de vida, elecciones y acciones de toda las personas.

Los datos de las encuestas y sus estadísticas hoy sólo representan terror, estrés y ansiedad para nosotros que vivimos en carne propia lo que los números representan, un abandono de la vida que considerábamos “normal” y una llegada a una nueva forma de vida que pasó de ser temporal a alargarse indefinidamente. Hacemos las compras con aplicaciones, pedimos comida por aplicaciones, conocemos personas por aplicaciones… Hemos perdido el contacto humano, lo hemos sacrificado a cambio de salud, a cambio hemos ganado aislamiento, consumo y seguridad, todo ello en una vida que se lleva a cabo totalmente en lo digital, en la virtualidad y sus derivados; algo que al principio parecía prometedor e incluso mejor, pues no hay apretujones en el transporte, nos levantamos tarde, dejamos de ver a personas que nos caen mal o simplemente tenemos más tiempo para hacer cosas que antes no podíamos hacer, relegamos tareas a otros, como en el caso de los repartidores.

O antisocial parecía ser una medida que abrazaríamos gustosos, hasta que la situación digital nos hartó por no poder hacer más que saludar por videollamada o viajar a través de videos, ese hartazgo de no tener otra cosa que hacer más que las actividades digitales nos llevó a buscar una “desconexión”, una separación de los medios y contenidos digitales, pues han llevado a un cansancio colectivo de la propia medida de aislamiento que hemos decidido adoptar.

La desconexión que necesitamos es un grito de auxilio del cuerpo y la mente, del cuerpo por no tener a dónde ir y de la mente por soportar ese desgaste y limitante personal del cuerpo. Rogamos entonces por la interacción humana, por hacer el trayecto al trabajo o la escuela, por poder tener una reunión con amigos, ir a un bar, a un café, una biblioteca, a una tienda o al supermercado sin gel, sin cubrebocas. El diálogo, los abrazos, los apretones de manos, los besos, las caricias, incluso las peleas y las emociones no han podido transmitirse satisfactoriamente de manera virtual y ahora más que nunca una desconexión es una suplica por volver a todo ello en la realidad, al contacto y a la mirada del rostro del otro, a la vulnerabilidad más esencial de lo humano.

Este cambio de modo de vida al que nos enfrentamos por la pandemia es una situación colectiva, en la cual no sólo uno es libre y responsable de lo que hace, sino que todos lo somos y eso significa que para lograr “mejorar” la situación, para solucionar ese hartazgo de zoom, de meet, de classroom, de teams, del home office en general, bastaría con hacerse responsable de esa situación actual, las medidas las conocemos bien: si uno quiere salir a interactuar con los demás en una fiesta, en el trabajo, en la escuela, dar un abrazo, saludar de mano, basta con acatar las medidas sabiéndose responsable de la situación, es decir, que la situación adversa que hoy experimentamos se supera mediante la responsabilidad particular, con el uso del cubrebocas, del gel, con el aislamiento y el distanciamiento.

Sin embargo, lo anterior no hará un verdadero cambio ni superación de la situación si no nos volvemos todos conscientes de la situación misma, de su naturaleza colectiva y lo que ella significa: que los esfuerzos del personal de la salud de poco sirven si no respetamos su labor, pues aún en medio de la tormenta hay personas que deciden libremente faltar al respeto de dichas labores con reuniones, viajes o compras innecesarios.

mgm


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