No basta la lógica. Es necesaria la retórica. Desde la antigüedad griega, la lógica – la ciencia del razonamiento riguroso – ha necesitado de la retórica – el arte de la persuasión –. De nada nos sirve hacer sesudos razonamientos que cumplan todas las reglas del silogismo si no incorporamos con prudencia los recursos necesarios para que nuestros interlocutores puedan acoger razonablemente lo que deseamos compartir.
Además, cuando los temas a tratar no son principios inmutables sino cuestiones de orden práctico, como las propias de la vida política, más vale acompañar a la lógica y a la retórica de una buena dosis de dialéctica. La dialéctica, en su sentido clásico, es el arte que nos permite descubrir lo verdadero posible a través de la confrontación de las ideas.
Recordar estas cosas es útil cuando vemos que en tiempos de apasionados procesos electorales (en Estados Unidos, México, Venezuela y Uruguay, entre otros) los debates aparecen como herramienta comunicativa para ganar votos y consolidar lealtades. El debate en el juego democrático pretende ser uno de los momentos en los que el pueblo puede verificar no sólo la diversidad de los proyectos sino cuáles de estos proyectos poseen mayor pertinencia práctica de cara al bien común.
Lamentablemente, todos sabemos que las bellas pretensiones democráticas se oscurecen con los usos y costumbres que gradualmente se han adueñado de la acción política. El arte del debate parece haber abandonado en gran medida a la lógica. Más aún, parece haber transformado la dialéctica en mero combate y la retórica en manipulación de emociones con fines electoreros. ¡Cuántas veces hemos encontrado por aquí y por allá supuestos expertos en asesoría para el debate, que hacen alarde de su capacidad para construir falacias “ad-hominem” y falacias de “hombre de paja”!
En efecto, las falacias “ad-hominem” no son verdaderos argumentos. Simplemente buscan atacar al otro con una agresión a la persona en lugar de refutar con racionalidad los argumentos. Imaginémonos una discusión en la que un candidato de derechas dice: “la izquierda debería dialogar con los pueblos indígenas”. A lo que el contrincante de izquierdas responde: “usted no puede opinar sobre el tema ya que no pertenece a ningún pueblo indígena”. De esta manera el tema central queda desplazado al margen. Si en el ataque se añade un poco de pirotecnia, parece que la derecha fue aplastada.
La falacia del “hombre de paja”, por su parte, consiste en atribuir al oponente tesis que no tiene, para que cuando sean refutadas, parezca que se le ha derrotado. Imaginémonos al candidato de izquierda afirmando: “la redistribución de la riqueza debe ser justa y equitativa. Producir riqueza sin redistribución justa aumenta la brecha entre ricos y pobres”. A lo que el candidato de derecha responde: “tus ideas comunistas muestran que obedeces a George Soros y a sus planes de dominación mundial”. Las falacias de “hombre de paja” ayudan enormemente a engrosar las fantásticas teorías de la conspiración.
La democracia no madura corrompiendo el arte del debate con falacias y baladronadas. La democracia madura cuando la razón se impone a la pasión, cuando la verdad práctica se busca con sinceridad y las ideas pueden contrastarse con el fin de que los ciudadanos podamos realizar un discernimiento crítico y auténticamente libre.
POR RODRIGO GUERRA LÓPEZ
SECRETARIO DE LA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA
E-MAIL: RODRIGOGUERRA@MAC.COM
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