COLUMNA INVITADA

Redpocalipsis

El lunes las redes sociales pertenecientes a Facebook -la propia aplicación, más Instagram y Whatsapp- colapsaron. Nuestra dependencia de esas tres redes es alarmante

OPINIÓN

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Pedro Ángel Palou / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

El lunes las redes sociales pertenecientes a Facebook -la propia aplicación, más Instagram y Whatsapp- colapsaron. Durante prácticamente todo el día fue imposible para los usuarios acceder a sus datos. Si sumamos los usuarios de las tres plataformas tendríamos los habitantes del país más poblado del mundo. Los propios trabajadores de Facebook, según una analista de tecnología del NY Times, no podían acceder al lugar donde estaban los servidores porque sus tarjetas electrónicas tampoco servían.

Twitter sirvió como espacio para ventilar la frustración sobre lo ocurrido y también para una infinita cantidad de memes sobre el suceso. Alexandria Ocassio-Cortés, por ejemplo, escribió que ya que Facebook se había caído era una buena oportunidad para volver a hablar de democracia. Lo curioso es que el día anterior el programa 60 minutos realizó una extensa entrevista a una “soplona” que filtró al Washington Post y a los legisladores una serie larga de mensajes internos donde demostraba que a la compañía de Mark Zuckerberg no le interesa arreglar sus problemas y los que provoca en niños, políticamente, con desinformación sobre, por ejemplo, la vacuna de Covid, etc. La compañía en solo dos días se nos presentó como un gigante incapaz de modificar sus conductas e incluso sin posibilidades de arreglar un problema grave como su caída de internet. Muchas preguntas vienen a la mente, la más importante cómo es que sin regulación y sin competencia un oligopolio como el que mencionamos es capaz de controlar las vidas cotidianas de tantos millones de seres humanos. Nuestra dependencia de esas tres redes es alarmante. No solo para los individuos, pero también para las corporaciones y pequeñas empresas que viven de ellas.

Hace tiempo escribía esa preocupación diciendo que vivimos en el tiempo anunciado por Kafka; el momento de mayor riesgo, el momento donde se pasa de la muerte a la vida: esa es, curiosamente la experiencia misma de lo literario. Acabar con lo real banal que no es ya otra cosa que lo real mediatizado en esta sociedad que se ha instalado en su proceso de divinización espectacular, el que anunció Guy Debord. En Facebook presumimos lo que no somos para la envidia de los demás. Damos lo que no tenemos. En Twitter nos enfrascamos en debates que no lo son porque tememos discutir lo que realmente importa. No hay ideas nuevas. En Instagram colocamos fotos de nuestras comidas, nuestros gatos, nuestras banalidades.

Pero el testimonio de la filtradora, Frances Haugen, el martes debería ser en lo que nos ocupáramos. El centro de su declaración se basa en la idea de que Facebook hace daño a casi todos los aspectos de nuestra vida individual y social. Afirma que hay una broma dentro de la compañía que ante la pregunta sobre si quieres saber qué países estarán en crisis solo tienes que ver a dónde se ha expandido Facebook recientemente. Regular empieza a ser urgente, si no de vida o muerte para la democracia mundial.

Zuckerberg envió un largo email negando las acusaciones, pero otro científico de datos que trabajó en Facebook alrededor de 2007 publicó el miércoles una columna invitada en el NY Times corroborando lo dicho por Haugen y urgiendo a los congresistas a regular, pronto, a las compañías de internet, haciéndolas responsables, como propuso la filtradora, de lo que sus algoritmos provocan, mediante la modificación de un artículo de la ley vigente que se aprobó en 1996, la sección 230. El mismo autor apunta a un conflicto político que ha impedido tal regulación: los Demócratas piensan que hay que contener a las compañías y los Republicanos se quejan de la censura. Dentro de los limites constitucionales y los de la primera enmienda, es decir dentro de los límites de la libertad de expresión debiera cuanto antes pasarse una nueva ley. Por el revuelo del testimonio de Hagen sabemos que Instagram, por ejemplo, planeaba sacar una aplicación exclusiva para niños. Al enterarse los problemas de salud mental que su plataforma genera en los adolescentes -particularmente a las niñas a las que en muchos casos orilla a la anorexia- el proyecto de detuvo. Eso no quiere decir, sin embargo, que las propias compañías pongan un alto. Hacen negocio con nuestra seguridad, dijo Haugen. Ojalá pronto cambien las cosas.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU
COLABORADOR
@PEDROPALOU

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