No al discurso del odio desde Palacio

Andrés Manuel López Obrador ya no es un candidato de oposición en busca de un cargo público. Es el Presidente de México

No es un buen ejemplo ni tampoco abona a construir un mejor país un discurso de odio señalando o inventando enemigos desde Palacio Nacional.

El Presidente de la República ha venido aumentando el nivel de descalificaciones a quienes considera adversarios o enemigos de su gobierno. Llamó pasquín inmundo al periódico Reforma, por haber denunciado un supuesto desfalco en el municipio de Macuspana en Tabasco.

De igual manera, arremetió contra Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze, a quienes calificó de intelectuales funcionales e insinuó que se vieron beneficiados con pagos en los anteriores gobiernos.

Lo correcto sería presentar las denuncias correspondientes, si él considera que existen elementos constitutivos de algún delito, pero no denostar, injuriar y, mucho menos, tratar de generar entre la población un sentimiento de odio dirigido a quienes considera que no han actuado con rectitud. El proceder de esta manera provoca en forma automática un linchamiento público que no ayuda en la construcción de un mejor país.

No puede, no debe, llamar un día a la solidaridad, a la fraternidad, a la unión entre los mexicanos, y otro día arremeter con calificativos no propios de un jefe de estado. “¡Viva el amor al prójimo!”, él mismo nos acaba de decir en la pasada ceremonia del Grito de Independencia.

Andrés Manuel López Obrador ya no es un candidato de oposición en busca de un cargo público. Es el Presidente de México. Detenta la más alta investidura a la que puede aspirar quien se dedica a la política y se debe comportar a la altura de tal responsabilidad.

Debe gobernar para todos los mexicanos, no solamente para el que él considera el pueblo bueno y sabio. Quien ya demostró, por cierto, en la “rifa” del avión presidencial que no va a ir a todas con él.

El pueblo no es tonto, como él bien lo afirma, y pronto podría empezar a darle la espalda si no mejoran las cosas en temas sustanciales, como la economía y la seguridad pública. La gente ha sido paciente en exceso, pero todo tiene un límite.

No se puede seguir perdiendo el tiempo con distractores, como el avión presidencial y el juicio a los expresidentes. Son temas a los que ya se les sacó lo que se les tenía que sacar, sobre todo en la reciente campaña política. Ahora es tiempo de resolver los verdaderos problemas que aquejan a los mexicanos, es el momento de comportarse como un estadista y no como un candidato más.

Lo que se hizo mal en anteriores gobiernos, que fueron muchas cosas, ya es responsabilidad de la actual administración. Ha transcurrido el tiempo suficiente para poner orden en la casa. No se puede seguir culpando de todos nuestros males a Salinas, Calderón, Peña y compañía.

El discurso del odio solo polariza a la población, no es un asunto de los buenos contra los malos, los liberales contra los conservadores, son tiempos de unidad y de jalar la carreta todos juntos.

Solamente unidos saldremos adelante, México no se merece un discurso de estás conmigo o contra mí. Es un país que debe ser inclusivo, solidario, que se debe transformar sobre la base del respeto a la ley y a las instituciones y ser empático con la gente que más lo necesita, sí, la que fue olvidada durante muchos años.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos un Presidente congruente en el discurso y en los hechos, un estadista que gobierne para todos y con todos, no alguien que desde la más alta tribuna llame al linchamiento social.   [nota_relacionada id=1257626]

POR EDUARDO MACÍAS GARRIDO

EDUARDOMACG@ICLOUD.COM

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