Formar pequeños viajeros

Tal vez un día nos animemos, quién sabe, pero mientras eso sucede tengo claro que tener hijos no significa renunciar a lo que nos gusta, especialmente, si es viajar

Recuerdo haber leído bastante intrigada un artículo sobre una familia española que lo dejó todo para viajar por el mundo a bordo de un camión tipo camper. No se trataba de un viaje de seis de años que realizaba solo una pareja, en total eran cinco, incluyendo a un bebé de un año y medio. 

A la mayoría, esta travesía nos podría parecer, más que complicada, casi imposible, pero desde que leí esta historia y otras -como una familia argentina que lleva 15 años en ruta con sus cuatro hijos y practican el homeschooling-, he fantaseado con salirme también del esquema “establecido” y ser yo, su mamá, la que les muestre a Matías e Inés el mundo en el que vivimos, para enseñarles desde pequeñitos que hay muchas realidades y formas de vivir y de pensar.

Tal vez un día nos animemos, quién sabe, pero mientras eso sucede tengo claro que tener hijos no significa renunciar a lo que nos gusta, especialmente, si es viajar. Al contrario creo que si tenemos hijos, deberíamos viajar, porque la calidad familiar en estas escapadas, fuera de la rutina y los tiempos justos, es invaluable. En nuevos paisajes, las pláticas, anécdotas y enseñanzas son únicas, y se quedan grabadas en la memoria de todos. Está en nuestras manos alimentar la curiosidad innata de los más pequeños del hogar, quienes pueden ser los mejores compañeros de viaje.

Más experiencias, más efectos positivos

Viajar desde una edad temprana aporta diversos beneficios, entre los que destacan: un desarrollo social y emocional, un pensamiento más racional y nuevos valores, habilidades y actitudes hacia la vida. Con estos viajes, lo que se busca es desconectarse de la rutina para conectarse con el resto de los integrantes de la familia.

No se necesita ir a un lugar remoto o recorrer el mundo entero para que notemos que nuestros hijos, escapada tras escapada, abran su mente, respeten la naturaleza y a las demás personas, y adquieran flexibilidad y paciencia. Aprenderá a manejar el miedo a lo desconocido al salir constantemente de su zona de confort y les enseñará a disfrutar de los grandes placeres de la vida: ver un atardecer, caminar entre el bosque, respirar aire fresco y puro, probar un platillo nuevo, conocer gente nueva, tener tiempo para uno mismo sin televisión ni tabletas. Es más, creo que un año lleno de viajes aporta más aprendizajes que todo un año escolar, porque vivirán de una manera más divertida la geografía, la historia, la biología, los idiomas.

“Que mejor que los padres para disfrutar con ellos del planeta más lindo del universo! Y lo mejor: para mostrarles que los sueños se pueden atrapar. No decírselo, sino mostrárselo”, son palabras que resuenan en mi cabeza desde que me enteré de Herman Zapp, padre de una estas familias nómadas que no lo dejaron todo sino más bien fueron por todo.

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POR ELSA NAVARRETE

@LETRASDESABORES

eadp 


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