Ganar no es lo mismo que triunfar

Yo fungía como Oficial Mayor, es decir, estaba a cargo de organizar a los nadadores en heats para salir a competir

Ganar no es lo mismo que triunfar

Hace unas semanas, en el triatlón de Santander, el español Diego Méntrida permitió que el inglés James Teagle, quién tras confundirse y desviarse a unos metros de la meta, lo rebasara de vuelta y recuperara la 3ª posición. Este acto dio la vuelta al mundo como un sensible gesto  de generosidad, conmoviendo e inspirando. Otros declararon que era innecesario, que perder la concentración es parte del deporte y que el inglés debió haber enfrentado su falla. Diego declaró que solo tuvo un instante para decidir, y lo hizo intuitivamente. “Para mi”, dijo, “fue una cuestión de respeto. Yo sé lo duro que todos entrenamos, consideré que él merecía la tercera posición”. Vivimos en una cultura obsesionada con ganar, a veces, al costo que sea, sin darnos cuenta que más importante que ganar, es cómo se gana y la persona que uno se convierte en el proceso. En la semifinal de los 50 libres femenil en la natación en los Juegos olímpicos de Beijing, comprendí esto con toda claridad. 

Yo fungía como Oficial Mayor, es decir, estaba a cargo de organizar a los nadadores en heats para salir a competir. Está posición me permitía ser un observador privilegiado de los comportamientos de seres humanos extraordinarios, en momentos de extrema presión. Recién había pasado la prueba de los 100 Mariposa varonil, una carrera que será recordada como una de las más competidas de la historia, en la que Phelps conquistó su 7º oro de esos Juegos, por una centécima sobre Milorad Cavic. Minutos antes, en ese cuarto de espera, la tensión podía cortarse con tijera, el silencio era abrumador y solo bizarros gemidos guturales y exhalaciones aquí y allá, lo perturbaban. La mirada de cada uno estaba puesta en su interior; algunos llevaban inmensos audífonos alrededor de sus caras recias, y cada cual, cargaba la presión como si estuviera solo sobre su espalda. Como dicen los americanos, “every man for himself!” 

 Conforme fueron entrando las nadadoas para los 50 libres, la energía de la habitación cambió, y no porque no comprendieran que estaban a punto de entrar a una batalla cruenta entre ellas, si no por que era evidente que su manera de gestionar la presión era distinta. Como si hubiera un entendimiento tácito, juntas, en comunidad, cargaban con el peso del momento. Entre ellas se buscaban los ojos, se sonreían, se saludaban, hablaban; como si más allá de todo lo que estaba en juego, nunca se olvidaran de “la otra”. En el aire se respiraba comunión, no solo desafío. 

De acuerdo con el programa de producción televisiva, a las 19:37 debía mandar a la alberca a la Semifinal 1. Ocurrió en tiempo y forma. Por el monitor instalado en la habitación, vimos la presentación, la salida y en escasos 25 segundos, todo había terminado. Tocaba el turno para la Semifinal 2. Les pedimos que se pusieran de pie y formaran una fila con el carril 1 por delante y así hasta el 8 y en ese momento, comenzó el ritual de ayudarse a cerrar los zippers. En esa época, aún estaban permitidos los trajes completos, estrechos y resbalosos, con cierre en la espalda, y que les tomaba unos 15 minutos ponérselo. Dado lo apretado que lo usaban, se esperaban hasta el último momento para cerrarlo. De pronto, … “¡ooohhh noooo!” gritaron, el traje de una de las nadadoras se había roto. Lo que sucedió a continuación fue maravilloso. Mientras yo les solicitaba que avanzaran, ellas se agruparon, revisaron la situación, y tomaron la decisión que una de ellas me comunicó: “we´re not going until she changes!” (no salimos hasta que ella se cambie). Por el walkie talkie la Juez Árbitro me pidió nuevamente que mandara a las nadadoras. Le expliqué la situación. Es una lástima, me dijo, pero la carrera debe seguir sin la nadadora del problema. Algo reticente, les indiqué que debían avanzar. La que había tomado el liderazgo, Dara Torres, negó con la cabeza, me sonrió y salió caminando hasta donde se encontraba la Juez. Después supe que le dijo: “si quieres, descalifícanos a todas, pero no salimos hasta que no estemos las 8 competidoras listas”. Luego, regresó caminando con calma. Para ella había mucho en juego. A sus 41 años, si ganaba una medalla, sería la mujer de mayor edad en lograrlo, y aun así, no titubeo. Como tampoco lo hicieron las otras seis finalistas. Al cabo de 10 minutos, las nadadoras se abrazaron, se desearon suerte y salieron a competir. 

Esa noche Dara clasificó a la final en 1er lugar y al siguiente día, llegó puntual a su cita con la historia, ganando la plata -una centésima detrás del oro- y con ello, alcanzó una cosecha de 12 medallas olímpicas, en 5 diferentes juegos, a lo largo de 24 años. A Dara Torres se le conoce por su impresionante palmarés, pero mas importante que sus logros, para mi fue su carácter -que sin duda el deporte ayudó a forjar-. En el momento que tuvo la oportunidad de dejar fuera a una competidora, estuvo dispuesta a arriesgar su propio resultado y antepuso la empatía y la solidaridad por otro. Y no solo ella, si no todo este grupo de mujeres valientes que tuvieron la fuerza y la lucidez para, en un instante, comprender que vale más perder en la alberca, que ganar dejando a una competidora en el banquillo. La realidad es que si solo una de ellas se hubiera presentado al banco de salida, el juez hubiera tenido que iniciar la carrera, y la historia sería otra. Al final, solo una ganó la medalla de oro pero todas ellas, en los términos que realmente importan, -los de su propia integridad- triunfaron.

Autor: Javier Careaga

Conferencista / Olímpico en Seúl ‘88 y Barcelona ’92


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