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Gloriosos veteranos

OPINIÓN

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Mentalizarse, sentir el peso del vestido con sus bandas y hombreras recamados, jugarse la vida cuando el tiempo ha pasado factura, todo representaba un enorme reto para Raúl Ponce de León (70 años), Miguel Villanueva (68) y Rafael Gil Rafaelillo (66), el sábado 31 de marzo en la plaza Ranchero Aguilar de Tlaxcala. “No es lo mismo Los Tres Mosqueteros que 20 años después”, pero cuando las canas cubren más que las sienes, o ni siquiera cabello queda, hay más cosas qué decir. Las vivencias se acumulan y se “cuentan” al torear. Sábado de Gloria con polvos de aquellos lodos. Qué deleite ver a los toreros entrados en años. Hubo en los lances y las chicuelinas de Miguel Villanueva un exquisito compás. Naturalidad sin afectaciones, con el oficio de un diestro que sabe coger y mecer el percal. Raúl Ponce de León, Divino Calvo del siglo 21, reminiscencia de Rafael El Gallo, demostró la grandeza y la dignidad de quien es torero y se enfunda un vestido de luces. En los albores de su carrera, Raúl lucía un “negro y óxido”. Es por eso que, en sesentera evocación, se puso un terno de ese color para tan señalada y morbosa cita. Con el traje oscuro y el alma resplandeciente, un tallón que era como una medalla en la mejilla izquierda, Ponce de León dio una sentida vuelta al ruedo junto a sus nietos, bajo las notas de “Las golondrinas”. Por su gitana parte, Rafael Gil Rafaelillo, blanca melena engomada, patillas de hacha y coleta natural, tragó paquete en un inverosímil pase cambiado por la espalda, para abrir una faena de muleta que poseyó duende y temple. El que tiene, retiene, y Rafael, que siempre fue un buen torero, ratificó las cualidades que advertían público y prensa de su época, y que alcanzó a ver una nueva generación de aficionados en aquella inolvidable faena en el Toreo de Cuatro Caminos, a un imponente cárdeno de Tenexac, allá por los años 90. Para alegría de todos, los toros de Tenopala y Felipe González colaboraron para que la velada resultara inolvidable. SESENTÓN En parecido tenor, aunque más joven que los tres gloriosos veteranos que se quitaron años de encima en Tlaxcala, Guillermo Capetillo cumplirá 60 “tacos” el próximo 30 de abril.  Ese día actuará en el festival nocturno en homenaje póstumo a Miguel Espinosa Armillita, su amigo y alternante de noches bohemias. Tenía tres años sin tomar una muleta, pero ya se prepara para llegar en buena forma al festival. A diferencia de su padre y su hermano, Guillermo toreó siempre con mayor clasicismo y verticalidad. Esa temeridad estilística, que permitió ampliar los horizontes artísticos de su dinastía, vino a confirmar que el artista está solo, con su intuición y sus herramientas personales para hacer frente al crucigrama que representa cada toro. Esteta frugal, dueño de un concepto llano e incorruptible, alcanzó pocos pero grandes e inolvidables instantes de excelsitud estética.