La marca ídolo

OPINIÓN

·
Estimado fan, en gustos se rompen géneros, pero el sentimiento va más allá del gusto y de la apreciación. El ídolo deportivo o de cualquier otro ámbito es un personaje que con su presencia sacude los sentimientos de las mayorías. No todas las figuras deportivas llegan a ser ídolos ni tampoco serlo debiera ser un objetivo de las mismas, porque esa etiqueta es puesta por las masas. Resulta absurdo decir que un ídolo es producto de la mercadotecnia. Un ídolo no se fabrica, aunque la imagen inspiracional de un prospecto de ídolo puede ser cuidada por profesionales para aprovechar todo su potencial. Vayamos con calma y desmitifiquemos. El marketing, es decir, las herramientas de la mercadotecnia aplicadas estraté-gicamente, trabaja sobre materia real, y no puede hacerlo sobre lo que no existe. Puede crear, mas no inventar. Por ejemplo, los políticos populistas, aún con los asesores más caros del mundo, no podrán ser ídolos del pueblo por el simple hecho de quererlo y gastar dinero. Hay un intangible presente en los ídolos, que es el carisma, el atractivo que no se crea ni se destruye, sólo se tiene y percibe. La empatía con la gente es un pegamento que adhiere partidarios. En la era de la convergencia tecnológica es más fácil llegar a más audiencia en menos tiempo. Por eso, son ejemplares y meritorios los episodios de arrastre masivo de astros deportivos del país en épocas distantes. Como cuando el gran campeón mundial de peso gallo, Raúl Ratón Macías, llenó el coso taurino de la Plaza Mé- xico, en 1954, contra el estadounidense Nate Brooks. Más de 50 mil personas constataron el hecho. Otros boxeadores también paralizaron la ciudad al colmar los escenarios deportivos que les servían de marco para sus proezas, como Chango Casanova, Kid Azteca, Huitlacoche Medel y Toluco López, entre los años 30 y 60; en los 70, El Púas Olivares; en los 80, Salvador Sánchez, y en tiempos más recientes Julio César Chávez, quien cimbró la catedral del futbol mexicano, el Estadio Azteca, en su pelea frente a Greg Haugen, el 20 de febrero de 1993, con el récord de 132 mil espectadores para una pelea de box. El futbol, deporte nacional, recibió el trayecto de gente como Horacio Casarín, Trompo Carreño y Luis Pirata Fuente en la mitad del siglo pasado, y en los 70, Enrique Borja. Quizás los últimos ídolos mexicanos del balompié se dieron en los 90, Jorge Campos y Cuauhtémoc Blanco. En ese entonces no había redes sociales y sus escenas épicas quedaron reseñadas en la memoria colectiva de manera mágica. El sentido de pertenencia es tal que al ídolo lo van a ver los propios fans y a los extraños que siguen a otras entidades y colores, pero no quieren perdérselos. Todos los ídolos mencionados poserían algo en común además del carisma, una capacidad de portento en lo deportivo que les hacían ser admirados. Por eso arrastraban multitudes. No basta el carisma sin talento, ni viceversa. La identidad es un factor que hace a las masas adoptar a sus ídolos, auténticas lovemarks. Liderazgo del sentimiento.