La burbuja rota

Hace tiempo se aseguraba que la capital tenía una burbuja de seguridad, lo que la convertía en un oasis en medio de la sangre y fuego del interior del país

OPINIÓN

·
Técnicamente, tiene razón Miguel Ángel Mancera cuando insiste que el de Tláhuac no era un cártel en forma, pero sí una banda dedicada a la distribución de drogas. Para otros, da lo mismo que sea cártel, banda, pandilla u organización. La virulencia que demostraron el pasado jueves tras el operativo de la Marina en el que fue abatido Felipe de Jesús Pérez “El Ojos”, es razón suficiente para mantener la guardia arriba. Desde sus tiempos de procurador, Mancera se preocupaba por mantener fuera de la capital a los cárteles más grandes y violentos. Para tranquilizar a la población aseguraba que una de las razones por las que la ciudad está a salvo es que las principales bases militares y de policía federal están instaladas aquí. Pero en la capital, al igual que en buena parte del país, hay zonas marginadas y lo que no haga la autoridad para darle ingresos a los habitantes de esos lugares, lo puede hacer la delincuencia organizada. Bastó observar el sepelio de “El Ojos” hace dos días, cuando los asistentes lanzaron gritos y porras en favor del delincuente, lo que comprueba la base social de apoyo a su grupo criminal. El caso Tláhuac tiende a politizarse, toda vez que el delegado Rigoberto Salgado, de Morena, no ha dado la cara para explicar o desmentir sus ligas con la banda de “El Ojos”. En un territorio altamente disputado, es muy rentable relacionar al rival con actividades delictivas y es muy tentador comenzar a hacerlo a un año de las elecciones. Parte de la responsabilidad la tendrá el jefe delegacional, pero de él no dependen las instancias de seguridad y justicia. Las operaciones del grupo se extendían por otras delegaciones gobernadas por el PRD y PRI, por lo que no es el único que debe rendir cuentas. Hace tiempo se aseguraba que la capital tenía una burbuja de seguridad, lo que la convertía en un oasis en medio de la sangre y fuego del interior del país, ya que aquí solo había delincuencia común. Hoy esa burbuja está rota y ante la combinación de pobreza y la gran demanda de todo tipo de drogas en la ciudad, es posible que no se vuelva a formar. Contraseña: Al ya de por sí agitado ambiente en el tema de seguridad en la Ciudad de México, se suma la explosión ayer de una bomba molotov en la puerta de la sede de la Conferencia del Episcopado Mexicano, a media cuadra de la Basílica de Guadalupe. Se manejan tres hipótesis sobre el atentado. Una de ellas, que la bomba era para un personaje de la iglesia que no despacha en esas oficinas. También investigan la conexión con otro incidente de hace 12 días, cuando un jardinero perdió un dedo y resultó con quemaduras al abrir por error una caja metálica de galletas abandonada en la calle, que en realidad contenía explosivos. El hecho ocurrió en Avenida Insurgentes y Lindavista, a un kilómetro de distancia del estallido de ayer. La caja traía un mensaje: "Para la casa del señor con todo mi corazón". Columna anterior: Caso Duarte, esto apenas empieza