Trump se queja de lo que provocó

El presidente Donald Trump se queja de que hay una cacería de brujas en su contra y tiene razón. El problema, dice el columnista estadounidense David Brooks, es que se comporta como una bruja. Y otra parte del problema es que su mismo abogado, Jay Sekulow, negó el domingo que Trump estuviera bajo investigación del Departamento de Justicia. Pero Trump parece disfrutar de la idea de hacerse pasar por víctima o de acusar a sus acusadores como para dejar pasar la oportunidad. De acuerdo con un número creciente de reportes, Trump está cada vez mas irritado por la investigación alrededor de los posibles vínculos entre su campaña presidencial y operativos cibernéticos rusos. Pero no hay duda de que al despedir a James Comey, el director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) que encabezaba la investigación, él mismo provocó la pesquisa, al dar cuerpo a sospechas sobre aparente obstrucción de la justicia. El actual presidente tuvo éxito en su actividad privada y tiene una cultura empresarial muy peculiar, con énfasis en la lealtad personal y la posibilidad de despedir a placer. Pero como mandatario, nominalmente el hombre mas poderoso del mundo, tiene una serie de límites que no entiende y que tiende a rechazar. Al mismo tiempo, a través de su historia laboral ha sido un ente litigioso, gracias en buena medida a las enseñanzas del que fuera su mentor, Roy Cohn. Que Cohn haya sido abogado de Richard Nixon, que haya participado en "cacerías de brujas" comunistas en los cincuenta y de personajes de la Mafia neoyorquina no parece ahora un dato fuera de lugar. En todo caso, se estima que Trump ha estado involucrado en más de cuatro mil juicios. En alguna medida ese es el problema. El imperioso anciano que ganó la presidencia de los Estados Unidos no entiende el sistema de balances y de limitaciones que imponen las leyes de su país. Trump, dice Mike Allen en Axios, "sabe que se encajonó política y legalmente" al despedir a Comey. Y era ese sentido sus mensajes de tuit no ayudan. Ahora, en su más puro estilo neoyorquino, se prepara a tratar de usar la opinión pública para atacar y desacreditar tanto a los participantes en el equipo de investigación como a la pesquisa misma. Eso, según al menos un analista político, es parte ya de su campaña de reelección en 2020. El presentarse como víctima de ataques por enemigos de sus propuestas juega bien con sus posiciones antisistema y parecería  al menos, que solidifica su base electoral, un sector que tradicionalmente parece inclinado a creer en complots y conspiraciones desde el poder. Pero sigue también otro patrón. El de no tomar responsabilidades ni aceptar que pueda equivocarse. Pero eso funcionó bien en sus tratos en el sector privado; el escándalo alrededor de sus tuits sirve como cobertura al adelanto de su agenda y la de sus aliados para alterar la sociedad estadounidense como la conocimos.   Columna anterior: Venezuela: el enemigo en el espejo

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