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Napoleón Bonaparte y la ópera en Francia

En sólo una década, Bonaparte sentó las bases de una tradición que insertaría la ópera italiana como la fuente dominante de la cultura parisina

JEAN AUGUSTE DOMINIQUE INGRES. “Napoleón” en su trono imperial, 1806. Imagen: Wikimedia.es
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Este año 2021 marca el bicentenario de la muerte del que fue primer emperador de Francia, Napoleón Bonaparte (1769-1821). Murió desterrado en la remota isla de Santa Elena en el océano Atlántico, a los 51 años.

La ocasión conmemorativa ha generado un gran debate en Francia y los países que formaron parte de su imperio. Para algunos, el emperador de origen corso fue un brillante estratega militar y político; para otros fue poco más que un déspota belicista. Para la derecha es un héroe nacional cuyo liderazgo y legado pusieron a Francia en el mapa; para la izquierda fue un autócrata que apoyó la restauración de la esclavitud.

En el ámbito de la cultura, particularmente en el mundo de la ópera, la influencia de Napoleón fue mayúscula. En solo una década —desde su ascenso al trono imperial el 2 de diciembre de 1804, hasta su primera abdicación el 4 de abril de 1814— sentó las bases de una tradición que insertaría la ópera italiana como la fuente dominante de la cultura parisina, así como el abandono del clasicismo y la adopción del romanticismo.

Napoleón fue durante toda su vida un apasionado de la música, y en particular de la ópera. A pesar de su intensa vida militar y política, a decir de su biógrafo Louis Henry Lacomte, a lo largo de su vida vio 163 diferentes óperas y acudió a 319 funciones. Y de acuerdo con las memorias de la inglesa Betsy Balcombe, quien fue amiga de Napoleón durante su destierro en Santa Elena, a partir de su llegada en 1815, “expresaba una gran aversión a la música francesa que era, según él, tan mala como la inglesa, y que los italianos eran los únicos que sabían hacer ópera”.

JEAN AUGUSTE DOMINIQUE INGRES. “Cherubini”, ca. 1805. Wikimedia Commons.

Napoleón nació en Ajaccio el 15 de agosto de 1769, en Córcega, un año después de que la isla fuera cedida a Francia por la República de Génova. Bonaparte formaba parte de una familia noble de la isla y, aunque nació bajo la bandera francesa, nunca pudo sacudirse la influencia de la cultura italiana. Toda su vida habló el francés con un fuerte acento italiano.

En el mundo de la ópera en Francia, la lucha histórica entre quienes favorecían a los compositores italianos versus los franceses se había exacerbado desde los tiempos de la llamada “Guerra de los bufones”, de 1752-1754, entre los conservadores —que defendían la anticuada tragedia lírica barroca representada por Lully y Rameau— y los liberales enciclopedistas, encabezados por Rousseau, que defendían el más ligero, ágil y breve estilo cómico representado por el intermezzo bufo La serva padrona, del italiano Pergolesi.

La Revolución Francesa de 1789 acabó de barrer con lo que quedaba de la vieja tradición barroca. El género autóctono de la opéra-comique sobrevivió a la Revolución, pero los compositores que se habían consagrado en el género, como André Grétry y Nicolas Dalayrac, se volcaron a escribir piezas de propaganda patriótica para el nuevo régimen.

Durante la década posterior a la Revolución, el público parisino —cansado de odas e himnos grandilocuentes— empezó a exigir programas más ligeros. Eran muy populares las óperas bufas de los italianos Domenico Cimarosa y Giovanni Paisiello, y el entonces general Napoleón Bonaparte, después del golpe de estado que lo convirtió en primer cónsul (1799-1804), apoyó la ópera cómica italiana en contra del drama lírico francés.

Durante toda la década de 1790, los teatros proliferaron por toda la ciudad, pero cuando Napoleón fue coronado emperador, en 1804, redujo el número de teatros de ópera parisinos: la Opéra (para óperas serias en francés con recitativos y sin diálogos); la Opéra-Comique (para obras con diálogos hablados, también en francés); y el Théâtre-Italien (para óperas cantadas en italiano y sobre todo de carácter bufo). Los tres teatros desempeñaron un papel fundamental durante buena parte del siglo XIX.

Una nueva generación de compositores apareció, liderada por los franceses Étienne Méhul y François-Adrien Boieldieu, y el italiano Luigi Cherubini, que compuso su obra más famosa, Médée, en 1797, así como varias otras en colaboración con los franceses mencionados, en el estilo de la opéra-comique.

En la opéra, el compositor favorito de la emperatriz Joséphine, el italiano Gaspare Spontini, compuso 20 óperas durante sus años en Francia, coronado por La Vestale (1807) y Fernand Cortez (1809), que fueron representativos del llamado “estilo imperial”.

Las reformas musicales introducidas por Napoleón, y su apoyo tripartito a la ópera, dieron lugar a las tendencias que definirían la ópera francesa durante el resto del siglo XIX. Después de la primera abdicación del emperador, fue instalado nuevamente en el trono de Francia Luis XVIII, quien reinó durante la siguiente década, de 1814 hasta 1824 y, al morir, su hermano Carlos X asumió el trono. Ese año el Théâtre-Italien contrató al más afamado belcantista italiano, Gioachino Rossini, para que asumiera el cargo de director del teatro, quien fue acogido con bombos y platillos.

Rossini no sólo impulsó al Théâtre-Italien como máximo representante del bel canto, introduciendo obras de sus compatriotas Vincenzo Bellini y Gaetano Donizetti, sino que en la Opéra-Comique, la influencia de Rossini también se dejó sentir durante las siguientes décadas en las nuevas obras de Boieldieu, Daniel Auber, Ferdinand Hérold y Adolphe Adam.

Rossini también dirigió su atención a la Opéra, donde estrenó versiones francesas de dos de sus óperas serias italianas —Le siège de Corinthe y Moïse et Pharaon— y creó dos nuevas óperas francesas, su última ópera cómica, Le Comte Ory y Guillaume Tell (1829), que fue la última obra de Rossini para la escena, y una de las primeras que daría nacimiento a la grand opéra que prevaleció durante el resto del siglo XIX, a través de compositores como el propio Auber, Giacomo Meyerbeer, Charles Gounod, Ambroise Thomas, Jules Massenet, Camille Saint-Saëns, y hasta el italiano Giuseppe Verdi y el alemán Richard Wagner.

Los gustos de Napoleón influyeron en los estilos de la ópera del nuevo siglo XIX. Su compositor favorito era Giovanni Paisiello, a quien incluso invitó a París en 1801 como maestro de capilla, siendo todavía primer cónsul de Francia, y le comisionó algunas de sus últimas óperas (de las 94 que compuso durante su vida), notablemente Proserpine.

Y fue a Paisiello a quien Napoleón encomendó dos piezas sacras: un Te Deum y una Misa de Coronación para 500 voces e instrumentistas, que se interpretaron durante su ascenso al trono, en Notre Dame el 2 de diciembre de 1804.

Napoleón murió el 5 de mayo de 1821 en Santa Elena, pero ahí no terminó su historia. 19  años más tarde, el 15 de diciembre de 1840, a instancias del gobierno del rey Luis Felipe I, sus restos fueron repatriados y depositados en Les Invalides de París.

Durante el funeral, el día 15, se cantó el Requiem de Mozart, en un arreglo para 300 cantantes e instrumentistas. Y después de la misa se tocaron tres marchas fúnebres compuestas para la ocasión por Daniel Auber, Fromental Halévy y Adolphe Adam.

Otros grandes compositores de ese tiempo se inspiraron en la figura de Napoleón. Aquí solo mencionaré tres: Ludwig van Beethoven, quien le dedicó su Tercera Sinfonía, Eroica, cuando Bonaparte era aún primer cónsul (pero eliminó la dedicatoria cuando se coronó emperador).

LOUIS LEOPOLD BOILLY. “Boieldieu”. Imagen: Pinterest.com

Robert Schumann y Richard Wagner musicalizaron el mismo poema de Heinrich Heine: Los dos granaderos, el primero en alemán: Die Beiden Grenadiere, y el segundo en francés: Les deux grenadiers, ambos dedicados a Napoleón. Curiosamente, las dos canciones incluyen, hacia el final, referencias a La marsellesa, el himno nacional de Francia desde 1795.

Ahora que se está conmemorando el bicentenario luctuoso de Napoleón Bonaparte, vale la pena reflexionar en torno a la influencia que ejerció para darle forma a la ópera francesa del siglo XIX, así como escuchar algunas de las obras inspiradas por él y que hoy día prácticamente se desconocen porque han salido del repertorio.

Por Charles Oppenheim

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