CÚPULA

Escribir: extensión natural del pensamiento

Artista no es el nombre de aquel que hace de las palabras su materia prima

OBRA. Angélica Enciso. Inside, 2018. Obra intervenida, acrílico y fibra de vidrio. Cortesía: Angélica Enciso.
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Ni siquiera podría atreverme a decir qué recuerdo cuándo empecé a escribir, peor aún, por qué. Y es que escribir siempre me resultó una extensión natural del pensamiento, pero no de ese pensamiento lógico y racional que nos dice lo que el mundo nos significa, sino de aquella rebanada de realidad que me parecía digna de reconstrucción, carente de lógica, dibujada entre los absurdos y las cosas mágicas. Quizá esa carencia obvia de magia era lo que me llevaba a la transformación y a pasar a las palabras llanas, bajo el tamiz de la poesía. Era ahí, justo donde la poesía cobra vida, el lugar donde cómodamente racionaba mi pedazo de realidad y la hoja en blanco me esperaba como un amante en celo.

CREADORA. Angélica Enciso. Foto: Sabrina Maytorena. Cortesía de Angélica Enciso.

Ese sinsabor de la inmediatez, entre la palabra y la vida, es lo que me ha estado revolcando el alma y el corazón desde que tengo memoria. Porque ser poeta no es escribir poesía, porque hacer canciones no es hacer música y cantarle a la vida, porque ser escritor no sólo es contar historias. Cuando las palabras se convierten en el agua de tu sangre, vaciarte en tinta, resulta insuficiente. Es ante esta realidad cuando la cátedra y la academia te resultan sólo el puente que hay que transitar y que sin duda hace que no mueras ahogado entre el intento, pero es eso, el incipiente puente por donde cruzas. No es el paso certero o tropezado, no es el camino, no es la herida que sangra las huellas… hacer, no es otra cosa que gritar tu existencia, una ególatra existencia que te escribe y te describe entre líneas. Entonces ser poeta, compositor, escritor… artista no es el nombre de aquel que hace de las palabras su materia prima, no es aquel que hace, es quien es, lo que es, lo que respira, llora, sueña y vomita, lo que le incita, aturde, duele, excita y teme. Esta andanza de palabras es el aliento de aquello que pensamos, sentimos, soñamos, intuimos… no es lo que hacemos, es lo que somos. Ponernos a merced del lector o del escucha, tal y como se pone un alma trémula ante el pelotón de fusilamiento, es la recompensa, y saber que aquel, como en un espejo se mira en nuestras palabras, es como mirarnos a los ojos sin saber siquiera que estamos del otro lado. Este oficio ciego de presencias múltiples nos hace renacer cada vez que se lee, se canta o se representa aquello que se ha creado. Y no puede ser alimentado más que con nuevas experiencias y un puñado de impredecible curiosidad. El acto de crear no puede gestarse en el vacío, en la retórica del conocimiento adquirido, en la mezcla intelectual de las influencias. El latido rítmico y la cadencia del verbo, la sensatez del adjetivo y la enmarañada gestión de los sintagmas, respiran sincrónicos con el dolor, con la esperanza, el amor, los sueños, y todo aquello que entre los huesos surge.

No puedo recordar cuándo fue que empecé a escribir, mucho menos por qué… acaso lo único que he podido descubrir, es cómo hacerlo.

Por Angélica Enciso

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